El bien común, el menos común de los bienes

El bien común, el menos común de los bienes

En medio de un presente convulsionado, crispado, violento, en donde la clase política, toda, demuestra cada vez más que no está a la altura de las circunstancias, en el mundo pasan cosas. Como suele decirse, “sigue girando”.

Los enfrentamientos por el estacionamiento medido en la capital tucumana es otra prueba contundente de que la política se mira el ombligo, lejos de los asuntos importantes, ignorando las graves carencias de la gente y las urgencias de una sociedad atosigada, sin rumbo.

La agenda está desquiciada. Las disputas entre intereses egoístas, partidarios y pseudoideológicos vienen ganando la centralidad del debate. Mientras, se menosprecian los desafíos trascendentales, si se quiere existenciales, como son la educación, la sustentabilidad ambiental, la contaminación creciente, el descenso de la calidad de vida, la juventud que clama por un futuro que entusiasme, el analfabetismo funcional que aumenta a gran velocidad, la caída del poder adquisitivo constante, el avance del narcotráfico y el desmembramiento del tejido social, entre otras insuficiencias estructurales.

La extensión de peatonales y semipeatonales en los centros urbanos, el estacionamiento pago en la vía pública, la ampliación de veredas y espacios verdes, la mejora del transporte público, la creación de ciclovías y la promoción de medios de movilidad alternativos al motor a combustión, forman parte de un mismo paquete: hacer de las ciudades lugares mejor habitables.

Es una tendencia mundial que avanza más rápido de lo que algunos suponen: que las metrópolis recuperen la escala humana perdida, sean más silenciosas, menos contaminadas, más sustentables, más solidarias con los peatones y más expulsivas para los vehículos.

Las ciudades ya no pueden organizarse en torno de los automóviles y de las motos para transporte individual. El Siglo XX nos ha demostrado que ese modelo urbano ha fracasado rotundamente. Costoso, insalubre y mortal.

Estos son algunos de los objetivos que persiguen los estacionamientos medidos en los sectores más congestionados, al menos en el mundo racional. Tucumán parece no estar dentro de ese planeta, excepto la ciudad de Concepción, donde este sistema funciona desde hace un año de forma casi óptima.

Al margen de los debates contractuales y recaudatorios, que deben darse, de cara a imitar los modelos más exitosos y beneficiosos para el Estado y su gente, estacionar en cualquier parte, ocupar un espacio público, ya no puede ser gratis, y aún más, debe ser costoso.

En los apenas 40 días en que funcionó este modelo pago mediante una aplicación tecnológica, se comprobó que comenzaba a mermar el ingreso de vehículos al centro y que empezaba, de a poco, a disminuir el caos en el tránsito. Era apenas el principio de un cambio que en otros lugares tardó años en consolidarse.

El fin de las naftas

El estacionamiento medido es sólo un platillo dentro de una batería de transformaciones estructurales, que van desde cuestiones de base, como el fomento de la educación vial, cívica y ambiental, la promoción de la solidaridad social, la tolerancia y la lucha contra la crispación y la violencia en el tránsito, hasta la mejora del transporte público y de la infraestructura para medios de movilidad alternativos, incluso el peatonal.

Luego vendrán, como ya está ocurriendo en numerosos países, medidas más contundentes y estrictas, como la prohibición del ingreso de vehículos particulares a ciertos sectores, o directamente la eliminación de los motores a combustible.

El Estado de California, con un PBI seis veces mayor al de Argentina, acaba de aprobar una ley histórica que prohibe la venta de autos a nafta a partir de 2035.

California, con 40 millones de habitantes tiene casi la población argentina, pero cuenta con un parque automotor que es más del doble: 30 millones de vehículos contra 14 millones que hay en este país.

Mientras en Estados Unidos el 4,4% de los autos son eléctricos, híbridos, o a celdas de combustible (hidrógeno), en California ese porcentaje de vehículos no contaminantes se eleva al 16%, y representa el 43% del total norteamericano.

La ley que aprobó el Estado californiano -una promesa de campaña del gobernador Gavin Newson- se implementará de manera progresiva y no tardará en comenzar: en 2026 el 35% de los autos nuevos tendrán que ser cero emisiones; en 2030, el 68%; y deberá llegar al 100% cinco años más tarde.

Los fabricantes que no cumplan esta norma podrán enfrentar multas de hasta US$ 20.000 por unidad.

Se podrán seguir adquiriendo autos con combustible en el mercado de usados o en otros estados.

La prohibición alcanza a autos, motos, camionetas y vehículos deportivos. Por el momento no incluye a camiones, utilitarios laborales de gran porte y embarcaciones, debido a las limitaciones tecnológicas actuales, pero estiman que ese cambio no tardará en llegar.

El principal objetivo de la medida es reducir las emisiones que producen los vehículos, como el dióxido de carbono, el monóxido de carbono, los óxidos de nitrógeno, y los hidrocarburos no quemados (plomo, anhídrido sulfuroso y partículas sólidas).

Las autoridades californianas estiman que para 2040 se habrán reducido a la mitad las emisiones de gases de efecto invernadero (los autos son responsables del 40% de estos gases) y que esta medida conllevará una revolución en la industria automotriz.

La ley aún debe ser refrendada por las autoridades federales, pero es algo que se descarta considerando la agenda ambiental de la administración Biden.

Incentivos y beneficios

Si bien California fue el primer estado norteamericano en prohibir los vehículos a nafta, Estados Unidos viene bastante retrasado respecto de otros países.

El Parlamento Europeo aprobó en junio un plan para prohibir la venta de vehículos a nafta y diesel en los 27 países del bloque para 2035. Y Canadá también tiene previsto lograr ese objetivo para esa misma fecha.

Las restricciones de circulación, el incremento de las tarifas por el uso del espacio público o la prohibición de ventas de vehículos no son las únicas medidas que se están tomando en el mundo.

Muchos países, incluso Argentina, otorgan beneficios arancelarios o impositivos para la importación o fabricación de autos eléctricos.

En Ciudad de Buenos Aires, por ejemplo, los vehículos no contaminantes no pagan patente durante los primeros cinco años.

Otros países están otorgando créditos muy favorables o directamente subvencionando a las automotrices para la fabricación de autos eléctricos.

No es sólo la emisión de gases. Estos vehículos no utilizan combustibles fósiles sino energías renovables, y tampoco generan contaminación sonora, que hoy enloquece a las ciudades y es tan perjudicial para la salud.

Falta de concentración, estrés, irritación y trastornos en el sueño son algunos de los síntomas que provoca el alto nivel de contaminación acústica.

La Organización Mundial de la Salud informa que, por encima de los 70 decibeles (dB), los sonidos ya resultan molestos y que si superan los 90 dB se vuelven dañinos.

Según mediciones de la Universidad Nacional de Tucumán publicadas por LA GACETA, en algunos sectores del microcentro y avenidas de la ciudad el nivel de ruido a veces supera los 120 dB.

Hemos naturalizado la tortura del estruendo de las motos o de los escapes libres en general o que las frenadas de los colectivos nos dejen al borde del infarto.

Un ómnibus urbano promedio, sin el mantenimiento adecuado, que es la mayoría, genera ruidos por encima de los 100 dB.

Durante el siglo pasado nos hemos olvidado del silencio saludable y hoy nos parece “normal” que los motores nos revienten la cabeza. Es que ya hay varias generaciones que no conocen otro modo de vida.

Silenciosa

Una anécdota personal. Hace un tiempo vino un pariente de visita a casa en su moto. Era una especie de modelo “Vespa”, sólo que más moderno y sofisticado. Fui a abrir el portón para que ingresara su vehículo y cuando salí le pregunté: “¿por qué apagaste la moto si tenés que entrarla?”. A lo que me respondió: “no la apagué, está encendida, sólo que es eléctrica”. Tuve que acercar la oreja hasta el motor para escuchar un imperceptible sonido y comprobar que efectivamente estaba encendida.

Y en modo pregunta acotó este pariente: “¿te imaginás lo que sería la ciudad si todos los motores fueran iguales, sin humo y sin ruido?”. Me quedé maravillado.

Volviendo al principio, aquí es donde nuestra política local, mezquina y sólo atenta a sus propias ambiciones, debería invertir, trabajar y fomentar, en vez de gastar tiempo y energía en chicanas, agresiones y calumnias, todos los malditos días. Ataques que horadan y dividen a una sociedad que asiste resignada a la mediocridad y a una parva de soluciones que no llegan.

Podríamos citar decenas de otros ejemplos de cambios estructurales que se están impulsando en el mundo para revertir los desastres que ha ocasionado el ser humano, al planeta y a su propia calidad de vida, sobre todo desde la Revolución Industrial en adelante.

Para muchas acciones no hace falta dinero, para otras sí. Sólo se necesita un poco de creatividad o imitar lo que se está haciendo bien en otras partes y, sobre todo, ganas de trabajar, y de trabajar por un bien común.

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