Entre lo subliminal y lo grotesco. Uno de los mayores engaños con los que convive el ser humano es el universo óptico. Suponer que lo real se limita a lo que ve.

Hay quienes nacen y mueren sin haber llegado nunca a comprender cabalmente que apenas han conocido o reconocido una millonésima parte de lo que existe.

Aún extendiendo nuestra percepción al resto de los sentidos, más allá de las fronteras de la vista.

No existe un consenso final en las ciencias duras ni en las ciencias blandas sobre la cantidad de sentidos que posee el hombre.

Desde niños nos enseñan que son cinco. Más tarde descubrimos escuelas que hablan de un sexto sentido, de siete, de 12, de 13, de 27 y hasta se han llegado a clasificar 32, y aún más.

Los sentidos se dividen en dos grandes grupos, los exteroceptores y los interoceptores.

En el primer grupo están los sentidos que nos permiten percibir los estímulos externos y donde se ubican los cinco sentidos clásicos (vista, oído, gusto, tacto y olfato), más otros como el sentido del calor (termocepción), independiente del tacto en cuanto no es necesario tocar algo para sentir su temperatura, o el sentido del sonido y el sentido de la palabra ajena, que la antroposofía (filosofía que postula la existencia de un mundo espiritual objetivo, intelectualmente comprensible) los ha separado del sentido del oído.

El sentido del sonido nos sirve para percibir ruidos no producidos por la voz humana, y el sentido de la voz ajena nos permite escuchar lo que otra persona está diciendo y nos ayuda a evaluar y procesar su significado.

Entre los exteroceptores, quizás el sentido más interesante, enigmático y maravilloso es el de la sinestesia, un sentido que no desarrollan todos los seres humanos.

Es la percepción conjunta o interferencia de varios tipos de sensaciones de diferentes sentidos, como por ejemplo cuando sentimos un olor escuchando música o encontramos sabores en los colores.

Un sinestésico puede oír colores, ver sonidos y percibir sensaciones gustativas al tocar un objeto con una textura determinada.

Es decir, la sinestesia asocia elementos de los sentidos físicos con sensaciones internas: sentimientos.

También se la vincula con la metáfora, que es otra figura retórica del pensamiento, por la cual se expresa una realidad o concepto con otra realidad o concepto diferente, pero que guardan cierta semejanza o relación.

Entre los interoceptores hay varios llamativos y complejos de entender, como el sentido de propiocepción, que se refiere a la consciencia corporal, que nos provee un conocimiento inconsciente sobre dónde se encuentra cada parte del cuerpo, sin necesidad de verla o sentirla.

Por ejemplo, sin mirar o cerrando los ojos sabemos dónde están nuestros pies o nuestras manos.

En este grupo también están el sentido del equilibrio, el sentido del tiempo, o el de interocepción, que es la representación del estado de nuestros órganos, en la que cada uno de ellos se siente por sí mismo. Por eso sentimos nuestro ritmo cardíaco, o la sed, el hambre, la excitación sexual, las náuseas, los calambres…

Entre el hambre y el sexo

En la década del 60 comenzó a circular el mito de que había inserta publicidad subliminal en algunas películas, programas de televisión o propagandas audiovisuales o gráficas.

Tal vez este rumor -especulación propia- se originó en otro hecho no comprobado que decía que a fines de los 50 el famoso publicista estadounidense James Vicary había realizado experimentos que consistían en incluir uno o dos fotogramas por minuto con la marca que se deseaba publicitar. Algunos decían que se trataba de Coca Cola, otros que de una marca de pochoclos, y otros de ambos.

Este mito sostenía que el objetivo central del ensayo era que en los intervalos del cine la gente fuera a comprar Coca Cola y pochoclos.

Significó el primer debate masivo sobre subliminalismo.

Se considera publicidad subliminal a cualquier mensaje o imagen que se emite por debajo del umbral de percepción consciente.

El ser humano no es capaz de percibir de forma consciente cada una de las imágenes que se proyectan a una velocidad de más de 14 imágenes por segundo. Pero el cerebro sí es capaz de percibirlas, de modo que esas imágenes se registran de forma subconsciente.

Diversos estudios han demostrado que en las condiciones correctas la publicidad subliminal sí funciona, pero que para ello deben existir estímulos asociados previamente. Es decir, no funcionaría “la coca y el pochoclo” en alguien que no conociera o no hubiera probado esos productos.

Tanto funciona que en algunos países, como España o Noruega, la publicidad subliminal es considerada ilícita.

En la película infantil Bernardo y Bianca (1977) aparecía una mujer desnuda en una ventana, pero sólo era posible verla en cámara lenta.

Disney se defendió explicando que esa imagen se había agregado luego, durante el montaje que realizó una firma subcontratada. Como fuera, la compañía se vio obligada a retirar miles de copias del mercado.

Otro escándalo más reciente (2004) se generó por el controvertido logotipo de A-Style, una marca de moda italiana. Se trata de una A estilizada que parece simular un acto o pose sexual, vulgarmente conocida como “perrito”.

La firma italiana argumentó que “la mala intención” estaba en la mente de la gente y no en el logo. Este fenómeno psicológico se denomina pareidolia, donde “un estímulo vago y aleatorio se percibe erróneamente como una forma reconocible, debido a un sesgo perceptivo”.

Es la clásica “mente sucia”, donde la interpretación se traslada al observante y no se corresponde con el acto o a la imagen en sí.

Las trampas y sus variantes

Otra forma de mensajes engañosos o no del todo honestos es la “publicidad asociativa”. Ejemplos abundan: bebidas alcohólicas en reuniones o fiestas de jóvenes bien vestidos y contentos; marcas de autos con hombres exitosos, lindos y viriles; o productos del hogar usados por familias felices y completas, con madres, padres y niños en plenitud.

Otra técnica es la del “emplazamiento”, del inglés product placement (producto expresamente colocado).

Cuántas veces vimos en películas bélicas o de acción, autos militares, helicópteros o barcos de los “marines”, a su vez tantas veces mencionados en los diálogos, siempre con un sesgo positivo.

Es así porque ese cuerpo de infantería estadounidense es un enorme aportante a las producciones de Hollywood, lo mismo que la NASA o la Casa Blanca.

Hay filmes que abusan del emplazamiento. Algunos rodajes han sido enteramente producidos por una marca, un gobierno, una institución, una cadena de hoteles, una ciudad o un centro turístico.

La ciudad de New York, por ejemplo, una marca en sí misma, ha financiado cientos de películas y series para promocionar a esa metrópolis como la mejor ciudad del mundo.

Desde hace unos años están prohibidas las publicidades de tabaco en la vía pública, en los medios de comunicación y en las producciones artísticas o comerciales. Sin embargo, nunca se ha fumado tanto en el cine como ahora. Y los momentos donde se fuma son elegidos meticulosamente: felicidad extrema, éxito, tristeza, nerviosismo, consumo de alcohol, o momentos de melancolía o de meditación.

La industria conoce muy bien los talones de Aquiles de los fumadores.

Lo mismo con el alcohol. Cuando la pauta es positiva, su consumo irá asociado a un hombre rudo que bebe whisky como agua; a un héroe incomprendido que nos ¿identifica?; a una mujer sexy “comelobos”; a los millonarios que toman champaña en un yate. Parecido con las drogas “ilegales”.

Cuando el mensaje alcohólico o de drogas es negativo, porque así lo requiere la historia o no hay una marca que quiera decir lo contrario, estará relacionado a delincuentes, a gente del bajo mundo, fracasada, enferma, inadaptada, haraposa, violenta.

De todas estas técnicas de publicidad engañosa que hemos repasado muy sintéticamente -y existen muchas más- se sirve el mundo de la política.

En cualquier caso, la política es otro negocio más, un negocio que compra y vende poder. Siempre fue así, no es un fenómeno moderno.

Reyes, dictadores, sindicatos, partidos políticos o empresarios tejiendo en las sombras de la autoridad.

Desde tiempos inmemoriales la política ha sido una mercancía, mejor tratada a veces, pisoteada otras.

Existe infinita publicidad subliminal en política, o asociativa, o de emplazamiento, o de aparentar cumplir una ley sin obedecerla verdaderamente, como con el tabaco en el cine actual, que es más efectiva que mostrar una marca de cigarrillos.

Aunque no se muestre el atado y su etiqueta, todos quisimos ser Tom Cruise fumando un cigarrillo después de hacer el amor con la chica más hermosa del planeta. O aquella diva que en los 90, con un cigarrillo en la mano nos decía: “has recorrido un largo camino muchacha”.

Entre los tantos ejemplos de publicidad política engañosa, un caso de laboratorio es el de la reelección indefinida, prohibida constitucionalmente en Tucumán.

Si al mandato de Juan Pérez le sigue su esposa Marta, y luego de nuevo Juan, o su hijo Rolando, y otra vez Juan o Marta y así sucesivamente, nos estamos burlando de la ley y de la sociedad.

Se parece bastante a una monarquía maquillada.

Al igual que el tabaco en el cine, los héroes fuman como chimeneas pero, ojo, no pueden exhibir la marca del cigarrillo. Una trampa gigante.

Como en la publicidad subliminal, en lo cotidiano ocurren demasiadas cosas importantes que pasan a más de 14 cuadros por segundo y que nuestros 32 sentidos no son capaces de procesar.

Pero nuestro cerebro sí va digiriendo lentamente estos hechos.

Es por eso que a veces explotamos sin saber porqué, o la sociedad estalla sin razón o sin una causa aparente, concreta o identificable.

Entre lo subliminal y lo grotesco transcurre la vida, la verdad y la mentira, la confianza y el engaño, más allá de las fronteras de nuestra corta, muy corta vista.

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