Cuando escuchamos o leemos la palabra “feria” inmediatamente se nos viene a la mente una imagen positiva, alegre, festiva. Incluso si se trata de una feria de venta de frutas, verduras, carnes y otros productos gastronómicos o artesanales, la relacionamos con ofertas, mercadería fresca, orgánica, saludable o más barata.

En su etimología feria está vinculada a fiesta, a descanso, a jornadas de ocio, a cese del trabajo, a días festivos. Un feriado es un día de feria.

Cuando los tribunales suspenden sus actividades le llaman feria judicial o feria forense.

Desde su origen es algo feliz, optimista.

Este jueves le pregunté a Lola, mi hija más chica de nueve años, si quería ir a una feria. Dio un brinco de alegría con un síííí bien alargado.

Siempre da saltitos con los brazos en alto cuando está contenta. “En las ferias los ositos de peluche son más baratos, y también los chocolates”, me respondió.

No tengo idea cómo ella habrá ido construyendo en su cabecita su imagen de feria, pero es evidente que desde niños vamos relacionando esta palabra con algo divertido, donde hay juegos, espectáculos y cosas ricas.

Concretamente la estaba invitando a la Goût de France (gusto o sabor de Francia), un evento internacional que se realiza en simultáneo en todo el mundo y en Tucumán desde 2015, con interrupciones por la pandemia.

El objetivo es difundir la cultura y la filosofía de vida francesa, con foco en la gastronomía. Este año se llevó a cabo en la plaza Urquiza, sobre el pavimento de calle Santa Fe al 500.

Cuando llegamos, Lola recorrió con mucho entusiasmo todos los stands -es muy curiosa- donde había puestos de comidas y bebidas típicas de Francia, artesanías, perfumería, libros para grandes y chicos en un original camión de libros (book truck), varios artistas pintando retratos de la gente que pasaba -muy típico de la bohemia parisina-, exposición de autos antiguos y un escenario donde se interpretó música popular del país galo.

Esta feria fue organizada por la Fundación Cartier, la Alianza Francesa (brazo cultural de la Embajada) y la Municipalidad de la capital.

Hasta aquí las emociones. En la columna del debe, poca oferta para tanta demanda. Es decir, hubo demasiado público que colapsó las instalaciones y muchos se quedaron con las ganas de probar las exquisiteces o debieron esperar bastante para hacerlo.

Reflexiones urbanas

Esta feria nos disparó varias reflexiones que tienen que ver con el entorno urbano, la recuperación de la calle por parte de los vecinos, la enorme demanda que generan las ferias culturales y gastronómicas y los espectáculos públicos, mientras a la vez se incentiva el comercio y el trabajo de emprendedores, artesanos y artistas, y de pequeños productores. Negocio redondo.

Sacamos de la calle a los ruidosos y tóxicos vehículos por unas horas -y los reemplazamos por música y gente de a pie- en un contexto de comercio, difusión cultural, entretenimiento y una rutina que se rompe por el lado más lindo, hacer algo distinto en familia, en pareja o con amigos.

En 2019 asistimos a la Feria de Abril de Sevilla, una réplica de la que se realiza en España, que se desplegó por segundo año en calle Córdoba al 1.100.

Organizado por el Centro Andaluz Federico García Lorca, con colaboración logística del municipio, aquella vez se cortó toda la cuadra desde las 16 hasta la medianoche.

Más extensa en horas y más populosa que Goût de France, ese día se montaron diferentes espectáculos, desde danzas típicas andaluzas hasta la actuación de cantantes de coplas españolas.

También se degustaron comidas típicas de esa región, como paellas y tapas, dulces regionales andaluces y también hubo stands para chicos y grandes con productos expuestos por el Centro Andaluz y por artesanos locales.

En un país conformado por tantas colectividades, y Tucumán no es la excepción, este tipo de actividades podrían realizarse, sin exagerar, semanalmente en distintos puntos de la capital, del área metropolitana o en las ciudades del interior.

Si la colectividad francesa desbordó todas las expectativas, al punto que muchos se fueron insatisfechos porque no pudieron acceder a algunos productos, imaginemos lo que pasaría con los españoles -no sólo andaluces-, italianos, alemanes o de otros países europeos con bastante descendencia en la provincia.

Pensemos lo que sería un Goût de France en versión árabe, habría que cortar las cuatro calles de una plaza.

Solamente empujados por la degustación de una de las mejores gastronomías del mundo. Además de música, odaliscas, artesanías, ropa, tapices o literatura, entre varios otros productos de medio oriente.

Regreso a la escala humana

“Recuperar la calle” es un concepto urbanístico, pero también sociológico, ambiental y sanitario, que cobró otra dimensión a partir de la pandemia.

Sabemos que con las restricciones vehiculares hasta los animales regresaron a las ciudades. Algo bueno debe haber en eso.

Se habló también de cómo se habían silenciado los microcentros urbanos en todo el planeta y diferentes estudios confirmaron una caída drástica de la contaminación atmosférica e hídrica en las grandes metrópolis.

El mundo desarrollado avanza hacia la peatonalización, permanente o temporaria, de los sectores más congestionados. Y el resto de los países deberíamos imitar esta tendencia saludable.

A causa de la pandemia, varios locales gastronómicos sacaron sus mesas a la calle y a las plazas, cuando tenían una al frente. Esta práctica ya era habitual en muchas ciudades, sobre todo en las más turísticas.

No pocas ciudades cierran sus microcentros los fines de semana para que la gente ocupe las calles con actividades deportivas, recreativas, artísticas y comerciales.

En Lima, en el barrio Miraflores, los domingos se cierran unas 15 cuadras de una importante avenida. Allí los vecinos corren, andan en bicicleta, pasean animales, caminan con los niños, en medio de obras de teatro callejero, recitales, puestos de comida, juegos para chicos y oferta de numerosos productos.

Otra forma de recuperar la calle son los mercados barriales, que en la capital tucumana rotan por diferentes plazas, según el día.

En algunos lugares, como Ciudad de México, cortan calles enteras para este fin y son un éxito rotundo, porque en general los precios son más ventajosos ya que los clientes están en contacto directo con los productores.

Además de los círculos virtuosos que ya mencionamos de las ferias, ya sean de colectividades, de artesanías, de productos frescos o de actividades culturales o de entretenimientos -o de todo junto-, como su etimología lo indica, generan felicidad y mejoran el humor social.

Algo tan necesario en un mundo que viene castigado, y más en un país en ruinas y en una provincia aún más arruinada.

Si un domingo a la mañana o a la tarde cortan una calle para que toque una orquesta de cámara no caben dudas que mejorará el estado de ánimo de los vecinos.

Cambiar el insoportable ruido de las motos por la magia de los violines puede llegar a producir una explosión de endorfinas en la gente.

En lo personal, la alegría de Lola cuando le pregunté si quería ir a una feria vale más que todos los otros argumentos juntos.

Su sonrisa constante y sus ojitos curiosos saltando de un stand a otro no tienen precio mensurable.

Y como alguien dijo alguna vez, la felicidad de los niños es cosa seria.

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