Las lecciones de Avellaneda para la Argentina de las grietas

En distintas oportunidades de su actuación pública, durante su breve existencia, el tucumano Nicolás Avellaneda (1837-1885) se mostró partidario de reconciliar las facciones que por entonces dividían a los ciudadanos o que en el pasado los habían dividido. Con su estilo pacificador y sus dotes de orador, Avellaneda pronunció discursos que interpelaban a los diferentes grupos políticos en pugna o que apelaban a dejar atrás viejos enconos, con el objetivo de restañar las heridas de antaño y hogaño.

01 Mayo 2022

El degollamiento de su padre, “el mártir de Metán”, tras la derrota del bando unitario en la batalla de Famaillá (1841), marcaba a fuego la personalidad del niño Avellaneda el mismo día en que cumplía cuatro años. Acostumbrado pronto a la dureza del exilio, supo de privaciones y de soledad como el resto de los proscriptos del régimen rosista, que había adquirido los visos de una dictadura. Sin embargo, su alma no albergó resentimiento alguno, sobreponiéndose a la adversidad.

Durante la presidencia de Sarmiento, se creó por ley el Parque 3 de Febrero (1874) en los terrenos de Palermo que habían constituido la morada de Rosas. En el transcurso del debate legislativo, Avellaneda -a la sazón senador por Tucumán- intervino a causa del empate producido y votó a favor de la sanción del proyecto de erigir allí el paseo público. Argumentó contra quienes sostenían que ese lugar traía el horrible recuerdo del tirano y que por eso nunca habían querido pisar su suelo, que «[e]l horror a la tiranía por sí mismo, sin ser vivificado por el amor a la libertad, puede convertirse en un sentimiento de destrucción». E insistió en que «[...] es santo, es bueno el horror de la tiranía, pero necesita ser vivificado por el amor a la libertad; y el amor y el espíritu de la libertad, como el espíritu cristiano, son espíritus conservadores, restauradores, purificadores y santificadores», en clara alusión a su catolicismo, que defendería con fervor en la controversia educativa de los años 1882-84.

En resumidas cuentas, para él la ominosa remembranza de la residencia del Restaurador en Palermo de San Benito debía sublimarse en el proyecto de un paseo libre en aquel mismo predio, cuyo nombre evocaba la derrota del déspota en Caseros, ocurrida el 3 de febrero de 1852.

Conciliación de partidos

Al promediar la década de 1870, cuando Avellaneda ya estaba sentado en el sillón de Rivadavía, el enfrentamiento entre alsinistas y mitristas desgarraba la vida cívica del país. Para remediar este trastorno que se sumaba a una crisis financiera que se abatía sobre su gestión, el presidente implementó la política de conciliación de partidos. Ante una multitud agolpada frente a la Casa de Gobierno, en 1877 anuncia “(...) que el Gobierno de la Nación no hace causa común con ningún partido local en sus luchas internas y que se apoyará sobre todos los partidos que dentro de la Constitución y de la ley le ofrezcan su leal concurso para que su administración sea obra de todos”.

El discurso que Avellaneda brindó en esa ocasión demuestra que “(su) elocución, notablemente precisa y fácil, expresaba el pensamiento con propiedad y eficacia perfecta”, según la descripción de Paul Groussac en Los que pasaban. Concluyó con estas palabras, que llaman a la concordia: “Tenemos por común la tierra que nos sustenta, que nos recibió en la vida y que nos guarda en la muerte, el cielo hermoso que nos cubre, y llevamos el amor de la misma patria dentro del alma. Tras de las discordias, tras de las guerras, con su humo y con su sangre; tras de las divisiones más profundas, llegará siempre un día en que nos volveremos a encontrar, argentinos y hermanos, en nombre de la tierra, de la cuna, del sepulcro y del patriotismo, fulgente como nuestro cielo”.

Pese a sus buenas intenciones, la conciliación propuesta apenas alcanzó a rendir frutos durante un año. Los autonomistas que procedían de Alsina y los nacionalistas que respondían a Mitre volvieron a tomar caminos distintos, aunque los republicanos -liderados por Del Valle y Alem- retornaron al tronco común autonomista.

Contienda

La agitación del civismo de esa época encontró pábulo nuevamente en la renovación presidencial de 1880. Se perfilaban dos candidatos: Tejedor, gobernador de Buenos Aires, y Roca, figura del interior; y los nombres postulados terminaron atizando el rencor que existía entre porteños y provincianos.

Envuelto en este conflicto al final de su mandato, el presidente Avellaneda debió afrontarlo para sortear la dificultad que se había generado. Se dirigió otra vez al numeroso pueblo ya congregado ante la Casa de Gobierno para manifestarse, y le comunicó su propósito de pacificación: “Mantener la paz es la obligación de mi empleo, a fin de que las leyes se cumplan rectamente y para que la transmisión del mando se verifique de un modo ordenado y pacífico”.

A través de su discurso, en medio de los aplausos, persuadió a los concurrentes de no avalar la desunión entre los argentinos: “Podéis consentir en que surja un gobierno en medio de las discordias de los partidos, porque ésta es la condición de la vida libre; pero no consintáis en que nazca un gobierno de las discordias entre los pueblos”. En su opinión, nada justificaba que la nación se descalabrara a causa de la contienda electoral: “Una cuestión de candidaturas no puede convertirse sino por un extravío funesto en una cuestión de Patria”; y se comprometió a que hubiera paz en la República, como era el deseo proclamado por sus conciudadanos allí presentes.

Sin embargo, aquella promesa de paz no pudo cumplirse porque la cuestión de la sucesión encubría la cuestión de la Capital Federal del país. Aunque aseguró que había querido evitar hasta el último momento que se produjeran conflictos sangrientos, Nicolás Avellaneda pensaba que Buenos Aires Capital era una imposición de la historia, y la fuerza de los acontecimientos obró en tal sentido, a toda costa.

© LA GACETA

Agustín María Wilde - Miembro correspondiente Junta de Estudios Históricos de Tucumán.

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