La rosca política: el juego predilecto de la UNT

La rosca política: el juego predilecto de la UNT

El electoral es el juego que fascina a la Universidad Nacional de Tucumán (UNT). Tan atrapada está la casa de Juan B. Terán en esa lógica interna, tan subordinada a la rosca política, que la aparición de dos fórmulas aspirantes al Rectorado motiva infinitamente más que cualquier proyecto académico. Atrapada en su laberinto, cómodamente adormecida desde hace ya demasiados años, la UNT transita meses de ebullición interna, ajena a la mirada de afuera, autoconvencida de conservar un prestigio que ella misma se ocupó de esmerilar. Durante marzo y abril mucha gente seguirá abocada a la lotería de cartones inaugurada el año pasado: el conteo de porotos, Facultad por Facultad, estamento por estamento. Sumando y restando. Midiendo, como en el truco, lealtades y traiciones. Al final del arco iris asoma mayo, pero no hay tesoros esperando.

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Por sobre todo el tema es la visión. La UNT nació para acoplarse a los cimientos de un modelo de provincia y de región. Había un rumbo económico, social y productivo trazado, al que la UNT se integró con la forma de un think tank formidable, proveedor de ideas y de recursos humanos de altísima calidad. Pasó más de un siglo y aquel modelo fue víctima de los martillazos propinados por la historia. El Tucumán de hoy, al extremo desnortado, pide a gritos una locomotora que lo ponga en marcha nuevamente. ¿Y quién podría conseguirlo si no es la UNT, principal usina de conocimientos del NOA? Sería el proceso inverso: en 1914 Tucumán avanzaba en una dirección y la UNT nació para echarle combustible al motor; hoy el desafío pasa por marcarle el camino a una provincia que sigue actuando y pensando como si el siglo XX jamás se hubiera extinguido. Eso se llama visión. Tal como está planteada la UNT hoy, estas cuestiones forman parte de un universo fantástico y lo más probable es que muevan a risa.

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A quienes no habitan el mundo universitario les resultaría casi imposible medir el gigantismo de la UNT. Quedarían pasmados. Es, a fin de cuentas, un Estado dentro de otro Estado, autónomo, y del que emana un poder que de simbólico no tiene nada. Es un poder real, tangible, efectivo y determinante, y que excede a quien ocupe el despacho rectoral. La dinámica del reparto de poder puertas adentro, para proyectarlo en la medida de lo posible hacia afuera, está por encima de cualquier debate académico o científico. Esa es la síntesis de una derrota: la de una universidad que se soñó con los pies en la tierra y la mirada en el cielo. Pero la claridad del diagnóstico pone en perspectiva, a la vez, la oportunidad de una mutación. Para eso habría que desarmar un aparato. No es una misión para cualquiera.

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La referencia inmediata es la de 2014, cuando Alicia Bardón superó a Eduardo Coletti (83 a 54 votos en la asamblea universitaria, más 16 que sacó Mateo Martínez). Además de ser ungida como la primera mujer que accedió al Rectorado -dato para nada menor-, con su victoria Bardón cortó una saga ininterrumpida de 28 años de rectores radicales. Y a la vez inauguró una mecánica de relojería: como era vice de Juan Cerisola (2010-14) Bardón no podía aspirar a un segundo mandato; lo propio sucede con el actual rector José García por haber sido vice de Bardón (2014-18) y en idéntica situación quedará -de imponerse en mayo- el actual vicerrector Sergio Pagani en 2026. Y un agregado, siempre en el escenario de un éxito oficialista: si Mercedes Leal pretende ser rectora en 2026 sólo tendría un período por delante. Y así hasta el infinito, tales los cálculos que se ensayan en las mesas de arena universitarias. Y un clarísimo ejemplo de cómo funcionan las cosas. Mientras, ni las Escuelas Universitarias (la de Cine y la de Enfermería) ni las Experimentales forman parte del proceso electoral. Son ámbitos que requieren mayor participación en la toma de decisiones. Esta clase de temas flotan por encima del “poroteo” y de la perspectiva de conformación del próximo Consejo Superior.

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Lo que se impone es un análisis minucioso y un chequeo de los datos tan o más riguroso que de costumbre, tal el nivel de operaciones y de versiones cruzadas que van proliferando al calor del verano. Todo un anticipo de lo que serán marzo y abril. Una proliferación de fotos de lo más “oportunas”, la mayoría desempolvadas de estratégicos archivos; certezas e incertezas sobre qué figura de la política nacional o provincial apoya a quién; en fin, más de lo mismo en ese juego de la oca que a la UNT tanto le gusta jugar, avanzando y retrocediendo, casillero a casillero. Y en el centro de esos spots, Pagani-Leal y Jiménez-Fernández.

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Hay muchísimo para solucionar y acomodar en el corto plazo, tanto que agota. Pero alguien, en algún momento, necesita pensar y proyectar la UNT para los próximos 30 o 50 años. Un tiempo en el que, condicionados por lo implacable de los ciclos biológicos, los actuales funcionarios ya no van a estar. De lo que se habla entonces es de legados. ¿Y qué clase de universidad están legando? ¿Se lo preguntan? El rector García esgrime como un éxito de su gestión haber “acomodado los números” para acabar con el déficit económico. Lo que está muy bien desde el punto de visto burocrático, pero no hace a la visión de un estadista. El déficit en las cuentas se soluciona con una contabilidad racional; el déficit de liderazgos es otro cantar y la UNT lo padece desde hace muchísimos años.

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¿Qué proyecto de universidad es el que viene? ¿Qué conviene mantener? ¿Qué conviene aggiornar? ¿Que conviene incorporar? ¿Qué conviene descartar? ¿Cómo se posiciona la UNT en esta realidad complejísima y cambiante? ¿Está dispuesta a quebrar su lógica interna de eterna rosca política? Y más allá, a la espera de la honestidad brutal en una respuesta, ¿realmente quiere la UNT ocuparse de todo esto? ¿Le interesa? ¿Le conviene a quienes la habitan?

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