La creciente de El Blanquito: Un monstruo que arrasó con todo

14 Ene 2022 Por Gustavo Rodríguez

La Pachamama lo había advertido en dos oportunidades, pero nadie la escuchó. El 21 de enero de 1987, el apacible e insignificante arroyo El Blanquito se transformó en un monstruo que escupía lodo, agua, piedras, vacas, caballos y árboles. Una bestia que tenía más de un metro y medio de alto (otros dicen que llegó a alcanzar más de cinco en algunos lugares) que destruyó todo lo que encontró a su paso y que cambió el paisaje de Tafí del Valle. “Vos te sentás a tomar un café en el bar de La Quebradita y ves un zanjón de unos 10 metros de profundidad. Eso antes no estaba”, comentó Raúl Martínez Ribó. Pocos se olvidaron de ese acontecimiento. Pero lo que es más grave aún, habitantes permanentes y habituales, desarrolladores inmobiliarios y funcionarios municipales y provinciales no entendieron el mensaje de la Madre Tierra. En otras palabras, no aprendieron la lección y están haciendo hasta lo imposible para que se repita el desastre.

El año 1986 estaba finalizando. Fue un cierre atípico por la cantidad de precipitaciones que castigó a la provincia. El 17 de diciembre, la creciente del río Tafí cortó la ruta 307 a la altura del kilómetro 73 interrumpiendo la comunicación con Amaicha del Valle. El aluvión también destruyó la toma que distribuía agua “potable”. Antes de fin de año, en El Mollar, se produjo otro acontecimiento similar. Si bien es cierto que se trataba de otra cuenca completamente diferente, un aluvión generó importantes daños en esa villa. El 19 de enero, El Blanquito tuvo una importante creciente que sorprendió a todos. Dos días después, una fuerte tormenta hizo que el nombre de ese insignificante arroyo quedara grabado a fuego en la historia de la joya turística de la provincia.

OTRA PRUEBA. La creciente de diciembre de 1986 se llevó puesto parte de la ruta 307 entre Tafí del Valle y Amaicha.

“En Tafí del Valle los ríos volvieron a crecer, arrastrando toneladas de piedra y lodo que trazaron un itinerario de destrucción. Muchas viviendas fueron arrancadas de cuajo, viéndose sus ocupantes precisados a refugiarse apresuradamente en los lugares más próximos que le brindaron el abrigo necesario”, fue la primera crónica que publicó LA GACETA en su edición del 23 de enero. También relató: “Angustiosos momentos vivieron los tripulantes de varios vehículos que se aventuraron por la ruta 307 desde y hacia la villa serrana, al quedar bloqueados por los desprendimientos de los cerros que flanquean el camino. Los derrumbes mayores se produjeron en los kilómetros 10-23 y 36-40. Equipos mecánicos de Vialidad Provincial, trabajaron afanosamente para despejar la calzada, pero a las 23 debieron suspender la tarea, al conocerse por una persona que descendió a pie, que el turbio líquido había roto un puente a la altura del kilómetro 37”.

Nuestro diario publicó que la DPV habilitó los campamentos para refugio de los damnificados. También consignó que el ingeniero Luis Arechaga -inspector vial- le dijo a LA GACETA que ese día a las 16.30, la lluvia semejaba una catarata y que gruesos chorros de agua saltaban desde los cerros sobre el camino, provocando grandes derrumbes. “El río Blanquito fue el primero en desbocarse nuevamente, reincidiendo en los destrozos de la anterior crecida. La violencia del meteoro alcanzó la culminación entre las 17.30 y las 19.15, al punto que arrasó con la casa de la familia Román Figueroa provocándole importantes daños”, añadió. “En la villa, el problema se agravó porque los municipales que estaban en huelga, se negaron a permitir la salida de las máquinas. Se aguardaba de un momento a otro, que el ministro Miguel Ángel Torres que a la hora de la tormenta se había reunido con la intendenta María Helena González, tomara medidas drásticas contra los huelguistas”, destacó nuestro diario.

En esos tiempos, el titular de la Dirección Provincial del Agua, Jorge Castro, en una conferencia de prensa, brindaba un dramático informe: “Si continúa esta cantidad de lluvia, como se vienen produciendo en los últimos días, la provincia seguirá teniendo problemas como los que está sufriendo, pues estamos arribando a los límites más altos registrados en los últimos 50 años”, explicó. “El Gobierno está haciendo todo lo que puede hacerse en estas circunstancias, pero no se puede asegurar que solucionarán los problemas en los próximos días, pues depende que la naturaleza nos permita usar a pleno el personal y maquinarias a nuestra disposición”, explicó. El funcionario había calificado como un “acto de necesidad” el decreto de emergencia hídrica firmado por el gobernador Fernando Riera.

LIMPIEZA. Un vecino limpia el lodo que llegó y casi tapó su vivienda.

Amargos recuerdos

Han pasado 35 años del desastre y hasta hoy se escuchan los relatos de las personas que fueron testigos del aluvión. “Estábamos jugando en el living de la casa. De pronto sentimos que el suelo comenzaba a temblar un poquito, no era el movimiento característico de un sismo. Una de las tías gritó: ‘eso es un río crecido’. Y así fue”, recordó Cecilia Raya. “Salimos a ver lo que estaba pasando y nos dimos que el lecho venía con todo. Un grupo de hombres se juntó para rescatar a una familia cuya casa quedó cercada por el río”, añadió.

“Eran como las 16 o 17. Se sintió una explosión y después se vieron pasar enormes piedras y árboles como si fueran papeles. Nunca me voy a olvidar que a la llamada Casa Blanca le salía el barro y los pastos por las ventanas. Fue impresionante. Nunca me voy a olvidar que los vidrios comenzaron a sonar, como si se tratara de un temblor”; contó Elisa.

Próspero Lavergne agregó: “fue impresionante la cantidad de agua que llevaba. Estaba en la ruta con mi papá un poco más arriba. Y de repente, vimos para arriba cómo se movían unos pinos para todos lados. Empezaron a gritar que nos vayamos de la calzada porque venía el agua. Todos los ocupantes que estaban en sus autos observando lo que pasaba, empezaron a subir por el puente de Los Suspiros y unos minutos después pasó la creciente. Nunca más volví a ver algo así”.

“Este tipo de desastres naturales son impredecibles. En este caso, El Blanquito avisó. Por ese motivo algunos vecinos hicieron algunos trabajos para frenarlo. Si no hubiera sido así, hoy estaríamos hablando de otra cosa”, relató Luis Vallejo. “Estaba a 300 metros de la ruta y observé como el agua arrastraba animales y hasta lanchas. Hay que tener en cuenta que el arroyo tenía un ancho de 10 a 20 metros como máximo, pero con la creciente llegó a los 700 metros”, comentó en una comunicación con LA GACETA. “Fue muy triste observar los terrenos de las casas tapados de piedras o salir por la ventana el lodo que les había ingresado. Sus propietarios las restauraron, las vendieron y no volvieron más”, explicó.

Desde Buenos Aires, Roxana Stefani planteó otra realidad. “El Blanquito nos tenía acostumbrados a ser un cauce muy pequeño y cristalino. Cuando éramos niños y adolescentes lo elegíamos para refrescarnos o hacer retozar a nuestros caballos. Pero ese día fue tremendo y lo que quedó, peor”, relató. “El paisaje por las márgenes del río crecido, con árboles caídos, barro, piedras de todos los tamaños y destrozos, que afortunadamente no generó ninguna víctima. El impacto que generó descubrir ese desastre aún me dura”, detalló.

GRAVES DAÑOS. Muchos habitantes y veraneantes perdieron sus pertenencias en el aluvión.

Un trabajo

María Marta Sampietro, desde que era muy joven, se enamoró de Tafí del Valle. Cursó sus estudios en la facultad de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de Tucumán. Se recibió y logró el doctorado en arqueología. A través de un convenio firmado con la Universidad de Zaragoza junto a su colega español José Luis Peña Monné, investigaron el fenómeno. Su trabajo, “Dinámica geomorfológica y riesgos de inundación del río Blanquito (Tafí del Valle, NW Argentina)” fue publicado en la revista “Journal of South American Earth Sciences”, en 2018.

Con muy poco, pero con el esfuerzo de años, los profesionales encontraron las explicaciones de por qué se habría producido este desastre, sin dejar de dar algunas recomendaciones para evitar que se repitiera. Sin embargo, los consejos hasta el momento no fueron tenidos en cuenta por las autoridades municipales y provinciales. “Se trató de una creciente producida por una lluvia localizada en la cuenca alta del río, de corta duración y alta intensidad. El estado de degradación de la cuenca, debido a su mal manejo -quemas, sobrepastoreo y tala indiscriminada, entre otros-, favoreció la saturación del sustrato de la zona y fue arrastrando todo el material aluvional hasta villa”, explicó la investigadora de CONICET que fundó el Laboratorio de Geoarquelogía de la UNT. “En otras palabras, cuando la gente piensa en inundación, piensa en agua, pero en estos casos no lo es. Son sedimentos saturados que forman un flujo denso (llamado flujo de detritos formado por barro y piedras) que a medida que va avanzando va arrastrando todo lo que encuentra en su camino”, señaló.

Sampietro agregó: “cuando el material arrastrado colmata la capacidad del canal por donde el río naturalmente escurre, genera que se desborde hacia los costados porque no tiene cómo fluir, lo que hace que el flujo de detritos arrastre todo lo que encuentra en su paso. Sólo se detiene cuando cambia la pendiente por una sola razón: pierde fuerza”. “En este caso hubo una realidad. No hubo víctimas fatales porque el hecho se registró durante el día. La gente pudo escuchar y ver lo que estaba ocurriendo y por eso tomaron todas las precauciones”, comentó.

La especialista también desmintió una vieja creencia que fue transmitida de boca en boca durante más de tres décadas. Según los comentarios, en algún lugar, se formó un dique natural que estalló por las fuertes lluvias que se registraron en esos días. “Analizamos imágenes que se tomaron de la cuenca de El Blanquito antes de que se produjera el desastre y nunca encontramos ni una evidencia de que ese haya sido el origen”, señaló.

En el trabajo publicado por la revista internacional, los autores del trabajo, fueron contundentes en su conclusión: “Durante enero de 1987 lluvias de alta intensidad produjeron dos inundaciones con flujo de detritos. La localidad de Tafí del Valle y sus rutas fueron gravemente afectadas por estas inundaciones. Este antecedente, junto con mapas y el trabajo de campo, nos permitió establecer el comportamiento de El Blanquito. El resultado más importante es que existe peligro de que se registre una nueva inundación”. “No se trata de generar temores. Simplemente es un estudio en el que se descubrió que no se hizo ningún mantenimiento a los trabajos de sistematización de cuenca que se realizaron después del episodio”, concluyó la investigadora.

Esta nota fue anteriormente contenido exclusivo, sólo accesible para suscriptores.

 

Comentarios