17 Diciembre 2021

Juan María Segura

Especialista en Educación

El acelerado deterioro físico del ahora ex senador Esteban Bullrich, mi amigo, mi jefe en el Ministerio de Educación de CABA, me desgarra. Verlo perder primero su capacidad de comunicación oral, y luego, progresivamente, su autonomía, me hunde, aun cuando lo vea abrazado a la Virgen María. Yo también soy creyente y católico práctico, pero, tanto como él, amo la vida y la oportunidad de servir y de hacer el bien. Con Esteban nos une, además de la amistad y del club de rugby en donde juegan nuestros hijos, un profundo compromiso por la educación de nuestro país. Y, aun cuando lo vea devoto, aun sabiendo de su profunda fe, verlo así me conmueve hasta los huesos.

Este estado de perturbación que atraviesa mi cuerpo, creo, es el sentir de toda la sociedad, en especial luego de verlo asistir al Senado de la Nación a presentar su dimisión. Al verlo tomado de la mano de su esposa y, en ese gesto, de toda su familia y afectos, y sin poder contener el llanto, todos lloramos con él. Literalmente. Así se reflejó en todos los medios de comunicación, portales y plataformas de noticias, además de en las redes sociales. Todos resultamos especialmente vulnerables a su estado, y particularmente sensibles a su mensaje.

Así, agitados y conmovidos como estamos, me pregunto si su testimonio de fe y entereza nos lanzará en una nueva dirección, si su mensaje de fraternidad, humanidad y rectitud finalmente ayudará a la pacificación y unión de todos los argentinos. ¿Acaso estamos preparados para capitalizar adecuadamente el regalo del testimonio de Esteban, o permaneceremos impávidos cuando se aquieten las aguas, como lo hemos hecho hasta ahora?

Y digo que permanecemos impávidos, a propósito de los resultados del nuevo estudio regional de la UNESCO, el ERCE (Estudio Regional Comparativo y Explicativo, el cuarto de su tipo). Este estudio fue realizado en 2019, antes de la pandemia, y sus resultados se conocieron hace apenas un par de semanas. Cubrió las típicas áreas temáticas que en general son alcanzadas por estos operativos (lectocomprensión, matemática y ciencia) en los grados 3 y 6 de la escuela primaria, y dio pésimo (primera vez que medimos por debajo del promedio de la región). Las mismas áreas fueron cubiertas el mismo año, también antes de la pandemia, por nuestro propio Operativo Aprender, pero en los alumnos del grado 12. Ya sabíamos que en 2019 nuestros aprendizajes escolares eran una tragedia (solo el 28% de quienes finalizaban la escuela en ese momento -que son solo uno de cada dos alumnos- alcanzaban los niveles mínimos de matemática), ya nos habíamos escandalizado, ya había tocado estar conmovidos, para luego mantenernos impávidos. Una vez más.

Es importante recordar que los Operativos Aprender de 2018, 2017 y 2016 nos habían entregado información tan abundante como preocupante, frente a la que habíamos hecho poco, muy poco. Y antes habían sido los Operativos Nacionales de Educación. Con las nuevas pruebas del Estudio ERCE, de la UNESCO, estamos frente a la misma escenificación irritante. Nos rasgamos las vestiduras, simulando que recién ahora nos enteramos de que vamos cuesta abajo en materia de aprendizajes escolares, mientras algunos siguen colgados del argumento pavote de que hace falta un super ministro iluminado para traer cambio y prosperidad. ¿Estupidez, infantilismo, desconocimiento o cinismo?

Acepto que algunas situaciones conmovedoras puedan paralizarnos, pero solo por un instante. Personalmente he vivido situaciones paralizantes, como el fallecimiento repentino de familiares cercanos, o el despido de instituciones en donde tenía grandes expectativas. Pasados unos días, siempre, siempre, sobreviene la acción, la praxis, el hacer, el cambiar, el curar y andar. Como decían en las historietas de Asterix, luego de que el cielo se cae sobre nuestras cabezas, siempre sale el sol, siempre hay un sol que nos convoca a volver a una rutina, a crear una nueva rutina, que a veces demanda reconstruir, y otros veces requiere encontrar un nuevo propósito.

No estoy intentado equiparar el dolor de Esteban y su familia, con la situación de los aprendizajes escolares de Argentina, mucho menos con la nimiedad de una historieta de dibujitos. Solo deseo crear conciencia sobre un rasgo de nuestra cultura que nos empantana, que nos hace buenos guitarreros y guionistas, pero que nos muestra perezosos resolviendo problemas. Y en la medida en la que no logremos resolver los problemas que nos hunden, viviremos cada vez peor, aun cuando nos conmuevan mensajes y testimonios tan poderosos como el de Esteban.

Los aprendizajes escolares de nuestros niños y niñas están en terapia intensiva, no tanto porque no sepamos qué hacer, sino más bien porque no nos proponemos hacer juntos de una vez por todas. En el área educativa, y probablemente en otros aspectos de nuestra vida en comunidad, hemos perdido el propósito colectivo de hacer que la escolaridad sea útil para el proyecto de Nación al que aspiramos. Y, sin propósito colectivo, todo aparece como una pulseada, como un juego de sumas y restas en donde solo gano si gano lo mío, y solo de eso me ocupo. Así obra la política, el sindicalismo, el colectivo docente, el mundo pedagógico, el periodismo, el empresariado, la sociedad civil, y así estamos. Y así estaremos, sin destino, sin esperanza, sin escuelas, sin aprendizajes agregados de calidad, y sin virtud para poder utilizar positivamente mensajes tan, tan poderosos como el de mi amigo.

Por mensaje privado consulté a Esteban qué debía hacer por él, y me pidió que rece con tres emojis. Rezaré especialmente por su recuperación, conmovido como estoy, pero también rezaré para que Argentina se una de una vez por todos, y se ponga al servicio de los niños y las niñas. Vivimos en un país tan, tan maravilloso, hemos sido tan bendecidos por este cacho de planeta, que resultaría imperdonable que no sepamos honrar tal obsequio.

Esteban, ¡fuerza, amigo! Argentinos, ¡a laburar todos juntos, dale!

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