Tiene 94 años y vuela en parapente para preservar la yunga tucumana

Stella Rosa Camposano unió el placer con la vocación por el ambiente.

PREPARATIVOS. Stella Rosa voló con un instructor y llevó su bolsa con bombas de semillas para reforestar. GENTILEZA ABIGAIL MASCHIO PREPARATIVOS. Stella Rosa voló con un instructor y llevó su bolsa con bombas de semillas para reforestar. GENTILEZA ABIGAIL MASCHIO

Cuenta que estaba rezando frente a la tumba de su madre, en el cementerio San Agustín, de Yerba Buena, cuando elevó los ojos al cielo y se quedó extasiada. No era un pájaro ni un ángel ni ninguna visión celestial lo que le estaba quitando la concentración. Era un parapente multicolor, que planeaba suavemente como un ave más. Stella Rosa Camposano sonrió y se preguntó como se verían los árboles desde allá arriba. Recordó que cuando era chica le encantaba subirse a la punta de los árboles frutales que había en el fondo de su casa, y cuando su madre la descubría, entraba en pánico. Su mamá ya no está para retarla, pero seguro que la hubiera reprendido si supiera que ayer su única hija se lanzó en parapente, a los 94 años, para confundirse con los pájaros.

“¿Sabés cómo se ve todo desde arriba? Como una gran ensalada verde”, grafica la abuela de cabeza blanca y ojos vivarachos. Lleva cerca de ocho cumpleaños trepada al parapente. El primero fue a los 86 años. “El viaje me lo regaló mi nieto mayor, Damiancito, para mi cumpleaños, porque sabe que me encantan las alturas. Toda la vida he deseado estar allá arriba, subirme a un avión para mirar por la ventanilla aunque sea nubes. Cuando yo era chica escalaba hasta los cogollos de los árboles y sacaba la cabeza por ahí. Mi mamá estaba a los alaridos porque tenía miedo de que me caiga”, recuerda divertida. Stella vivía entonces en la zona de la plazoleta Mitre, en un enorme chalet. Su padre era escribano y trabajaba en Tribunales.

Desde que supo lo que era volar en parapente, Stella no quiso otro regalo que no fuera ese para su cumpleaños. Salvo el año pasado, cuando se suspendieron los vuelos por la pandemia, lanzarse en esa nave desde el cerro Loma Bola, en compañía de un experto, se volvió una tradición. “Estar ahí arriba es hacerse uno solo con el aire. Es sentirse livianita y dejar que el viento te lleve. Es el placer más grande que tengo”, confiesa la abuela “voladora”.

Pero el de ayer no fue un viaje de puro placer ni por deporte. Llevó una misión: esparcir desde allá arriba las “bombas de semillas” que sus propios bisnietos formaron en el hueco de la mano, en el colegio, en el marco del programa “Guardianes del Planeta” de la fundación Conscientes. Tirar semillas de árboles autóctonos para devolverle al cerro un poco de lo mucho que se le ha quitado con la mezquina acción del hombre es la misión que se ha propuesto su nieto, Damián Rivadeneira, impulsor de la iniciativa.

“Yo le lloro al cerro. Cuando era chica, el San Javier estaba lleno de flores, las laderas estaban tapizadas de helecho cabito negro y los árboles, tapados con enredaderas dama de la noche. Ahora no es ni sombra de lo que era. La ignorancia, la indiferencia y el egoísmo de mi generación y de las pasadas han hecho mucho daño a la naturaleza. Con esta acción de mi nieto le devolvemos un poquito de todo lo que le hemos quitado al cerro”, se consuela.

Stella es de las que le pide permiso a la planta para cortarle un gajito. Ese mismo amor por las plantas y la naturaleza les transmitió a sus dos hijas, nietos y bisnietos y a sus alumnos de la escuela Nº 235 “Provincia de Entre Ríos”, de Leales, donde enseñó muchos años. A las nuevas generaciones les recomienda que cuiden el Planeta, “que no tiren papeles por la ventanilla del auto cuando vayan paseando. No le pido que siembren, -dice- pero, con solo dejar de tirar roña ya es mucho. Como decía mi mamá: mucho ayuda el que no estorba”.

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