La relación entre humanos y tecnología*

Por Yuval Noah Harari.

28 Nov 2021
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LA CUESTIÓN. Harari plantea que, según entendamos a la humanidad como consumidora pasiva o activa de productos, veremos a la tecnología como esclavizante o como liberadora.

Una cuestión central de nuestro tiempo es cómo entendemos la relación entre tecnología y seres humanos. Una posibilidad es que empecemos por asumir que los humanos son consumidores pasivos y que la tecnología puede ser usada para controlarlos. En este caso, la tecnología que producimos tendería a esclavizar a la gente y a limitar el potencial humano. También podemos partir de la idea de que los humanos son creadores activos y que la tecnología puede ser usada para empoderarlos. En este segundo caso, la tecnología que producimos tendería a liberar a la gente y a expandir su potencial. Esto suena como una idea complicada y abstracta, así que déjenme darles unos pocos ejemplos tomados de la historia.

Una de las más importantes invenciones de toda la historia fue también una de las más simples. 5.000 años atrás, en la Antigua Mesopotamia, se inventó la escritura. Fue una tecnología extremadamente simple. Todo lo que uno necesitaba para empezar a escribir era un pequeño palo y un poco de barro. Algún geek mesopotámico genial, quizás inspirado al ver pájaros dejando sus huellos en barro húmedo, tuvo la idea de usar un palo para imprimir signos en una tabla de arcilla. Esta simple invención cambió la historia. Antes de la invención de la escritura los humanos eran incapaces de establecer grandes ciudades, reinos o imperios. Porque para mantenerlos uno necesita cobrar impuestos y para esto se necesita tener registros. Esto era algo que los humanos no podían hacer en sus mentes. Nadie podía memorizar el cobro de impuestos de todo un reino. La evolución adaptó la mente humana para mantener mucha información. Sobre relaciones sociales, animales, plantas pero no respecto del registro de impuestos. Hoy a la gente le encanta recordar rumores pero a nadie le gusta recitar aburridas listas de impuestos. A la mente humana le gustan las historias narrativas pero no le gustan los números. La escritura permitió hacer lo que la mente humana no podía. Tercerizó el difícil trabajo de recordar números.

Para las personas ordinarias de la Mesopotamia, la escritura significó pesados impuestos que no eran usados para pagar educación o salud sino para pagar tropas y construir palacios y fortalezas. Los impuestos eran usados para sostener regímenes autocráticos que controlaban y esclavizaban a la gente. Los signos eran usados para contar bienes, personas y cargas. Hoy, al pensar en la escritura, lo primero que viene a nuestras mentes no es el registro impositivo sino la literatura. Por supuesto hubo quienes compusieron poemas hace 5.000 años, incluso hace 15.000 años, pero estas eran creaciones orales. Pasaron siglos para que se inventaran más signos que eventualmente hicieron posible la escritura de cartas, poemas y relatos históricos. El primer poeta de la historia que conocemos fue una mujer llamada Enheduanna, que vivió en el siglo 23 a.c. Arqueólogos encontraron muchos de sus poemas escritos en tablas de arcilla. Sus poemas fueron copiados en toda la Mesopotamia. Incluso algunos pasajes de la biblia hebrea, escritos 1.000 años más tarde, parecen influidos por Endehuanna.

Hoy me cuesta imaginar mi vida sin escribir y leer. Es lo que hago la mayor parte de mi día. Es la avenida principal de mi creatividad. Es notable que quienes crearon la escritura no fueran conscientes de su potencial y que hicieran imposible usar la escritura para cualquier otro propósito que no fuera el registro impositivo. Eso es porque los burócratas de ese tiempo tenían una visión muy estrecha de los humanos. Los primeros escritores trataban a los humanos como consumidores pasivos de bienes y el propósito de la escritura era controlarlos. Pasaron siglos para que la escritura empoderara a los humanos para ampliar su potencial.

En el siglo XXI, con la aparición de plataformas como YouTube, TikTok y Facebook, encontramos algo análogo. Cuando nació YouTube, en 2005, podía haber sido fácilmente comprada por los viejos gigantes mediáticos como Disney. Pero eran escépticos con el modelo de YouTube. Tenía la habilidad técnica para compartir millones de videos pero era inútil si no se tenían millones de videos para compartir. El problema era quién los produciría. Los viejos gigantes mediáticos pensaban en los humanos principalmente como consumidores pasivos de contenido. Era el paradigma básico de los viejos medios. Los consumidores consumían sentados en sus sillones contenidos que otros producían para ellos. Disney sabía que producir una serie o una película costaba millones. Aunque los tuviera, dónde conseguiría suficientes guionistas, actores, directores, etc.

En octubre de 2006 Google compró YouTube por 1.650 millones de dólares, lo que parecía en ese entonces una alocada suma de dinero. Hoy sabemos que terminó siendo un gran negocio. Resultó que los humanos del sillón podían levantarse y convertirse en creadores a los que Google no tenía que pagar ni un dólar por sus producciones.

Hay muchas críticas a estas plataformas. Yo mismo las he criticado. Pero hay un punto a favor que debe señalarse. Liberaron un flujo de creatividad humana. Veo a mis sobrinos que, en lugar de estar tirados en un sillón, saltan mientras hacen un video de TikTok.

Hay, sin embargo, un lado B. Con tanto contenido circulando en las plataformas, el contenido es ahora muy barato pero la atención es el activo más valioso. Lamentablemente, cuando las plataformas desarrollan herramientas para capturar y controlar esa atención, adoptan una visión muy estrecha de los humanos. Descubrieron que el camino más simple es oprimir el botón de la envidia, el miedo y el odio en sus mentes. Es un truco muy simple. Descubrir por prueba y error qué es lo que la gente teme, desea u odia y darles más y más de eso. Si hay un político que odio, Facebook me dará teorías conspirativas sobre él que me llevarán a hacer click en ellas. El resultado es que en lugar de expandir mis horizontes estéticos y políticos, mi visión del mundo se vuelve más limitada. Alimento mi mente con comida chatarra. Esto no es bueno para los individuos ni para las sociedades. Tampoco para la creatividad. A medida que la batalla por la atención aumenta, el espacio para la creatividad y la exploración se hunde.

Aplicaciones de citas

Un ejemplo interesante es el de las aplicaciones de citas. La mayor pregunta en este rubro es cómo concebimos a los humanos. Una opción es que los humanos son consumidores de parejas. Si pienso así de mí, pienso que hay en algún lugar del mundo una pareja perfecta para mí y lo que tengo que hacer es encontrarla. Es difícil porque hay miles de millones de personas. Para resolver el problema, tercerizo el problema en la aplicación, que me propone una pareja detrás de otra. Una me parecerá no suficientemente linda, o demasiado aburrida o con hábitos que rechazo. Entonces regreso el producto a la góndola y espero una mejor oferta.

Ese es un primer abordaje. Un enfoque alternativo es no concebir a los humanos como consumidores de parejas sino como productores de relaciones. Si pienso de ese modo, no puedo esperar que la aplicación haga ese trabajo difícil por mí. No importa lo que la aplicación encuentre para mí, todavía tendré que trabajar duro en la generación de la relación. Y eso probablemente signifique cambiar en el proceso. Mi comportamiento, mis patrones de pensamiento, mis expectativas. Una buena aplicación puede ayudarme pero no hacerlo por mí. No encontrará mi pareja ideal pero puede ayudarme a cambiar mis problemas de conducta o mis patrones de pensamiento.

* Fragmento de la exposición brindada en Converge, organizada por Globant.

PERFIL

Yuval Noah Harari (1976) es profesor de Historia en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Se especializó en Historia Medieval e Historia Militar, aunque sus investigaciones actuales se centran en los procesos macrohistóricos y en las relaciones entre historia y biología. Es considerado uno de los intelectuales más influyentes de nuestro tiempo. Su libro Sapiens. 

De animales a dioses fue un éxito internacional que vendió más de 21 millones de ejemplares en 65 idiomas. Recomendado por personalidades como Barack Obama y Bill Gates, alcanzó la lista de best sellers del New York Times y ocupó los tres primeros puestos de los libros más vendidos del Sunday Times durante 96 semanas. La continuación de su obra, Homo Deus. 

Breve historia del mañana, vendió más de 7,5 millones de ejemplares y se ha traducido a 50 idiomas. En 2018 publicó 21 lecciones para el siglo XXI, que en su primer año vendió 4 millones de ejemplares y fue traducido a 40 idiomas.

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