23 Abril 2021

Juan María Segura

Experto en Educación

Durante 2020 repetí en varias notas y escritos que la pandemia nos había enfermado, empobrecido y embrutecido. Ahora, nunca imaginé que esas tres nuevas condiciones afectarían tan pronto nuestras decisiones y reacciones colectivas. Política, educadores y sociedad, enfrentados en una contienda sin sentido, persiguiendo el problema equivocado, aplicando energía a la cruzada incorrecta. De pronto, y no es la primera vez que ocurre, parece que la educación importa. De pronto, mantener el aula abierta se convierte en un tema casi de vida o muerte. De pronto, la sociedad se moviliza sin pereza, se expresa con vehemencia, y hasta se dispone a desafiar las leyes a cara descubierta.

Es cierto que lo que llaman ‘presencialidad cuidada o responsable’, con protocolos y burbujas, es un sistema de emergencia que, al menos, saca a pasear a los chicos y restituye algo de la normalidad perdida. Niños y niñas, en especial los más pequeños, han sufrido especialmente la falta de libertad del año pasado, producto del confinamiento obligatorio y del cierre de todas las instituciones de base presencial. Sin embargo, también es cierto que la escuela argentina, esa anterior a la pandemia, estaba en terapia intensiva, con aprendizajes agregados calamitosos. Disculpas por el dato repetitivo, pero en las pruebas del Operativo Aprender de septiembre de 2019, solo el 28% de los alumnos de último año de la escuela secundaria de todo el país había alcanzado los niveles mínimos en matemáticas. ¡Solo el 28%! Y no estamos hablando de estar en condiciones de aplicar a Harvard, sino de alcanzar los aprendizajes ‘mínimos’ de la escuela secundaria, ¿se entiende? Si le interesa, busque en internet el tipo de ejercicios que se toman en estos exámenes y verá de qué estoy hablando.

Idealizar el aula de la escuela argentina sin más es una gran equivocación. Restringir el argumento del reclamo a una mirada histórica que solo incluye lo que ocurrió en 2020, es un gravísimo error, en el mejor de los casos. El aula de nuestro sistema educativo ingresó en pandemia con tremendas deficiencias de diseño, de funcionamiento y de rendimiento.

¿Acaso es esa el aula por la que ahora nos rasgamos las vestiduras? Cuando abrazamos el Palacio Pizzurno o la escuela de nuestro barrio, ¿acaso es porque reclamamos que devuelvan a nuestros hijos eso que no funciona? Y no me corran con el argumento de la sociabilización, pues la condición de ser sociables la otorga la genética, no la escuela, y está garantizada siempre que haya libertad e instituciones de base presencial, como el club, la parroquia, el potrero, la cooperativa, el parque público y la colonia de verano, por mencionar algunas.

El único objetivo distintivo, monopólico y constitutivo para el cual la escuela existe (como institución y como política pública), son sus aprendizajes. Tiene sentido político que el Estado esté involucrado en semejante despliegue de recursos, normativas y sistemas de control, si y solo si es capaz de garantizar que este objetivo primario se cumpla por encima de todos los demás. Y si no lo hace, la sociedad debería manifestarse. Sin dudas, no es lo que estamos testimoniando. Reclamamos presencialidad, pero no aprendizajes de calidad.

Este proceder de la sociedad, curioso e infantil en su reclamo por un aula en donde no se aprende, me hizo reflexionar sobre su sentir. Para explorar sobre el asunto, realicé una breve encuesta en línea (perdón…), indagando sobre el sentimiento que produce el cierre parcial de las clases presenciales a través de 4 sentimientos posibles (era el máximo de opciones que me permitía la plataforma): preocupación, enojo, incertidumbre o tranquilidad, en ese orden. Con casi 500 votos emitidos, el enojo se impuso con el 46%. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue que tranquilidad, sentimiento que pensé que no recibiría ningún voto, se alzó con la tercera ubicación con el 12% de los votos, superando a la incertidumbre.

Estos porcentajes me resultan sintomáticos de un momento en donde estamos atravesados por el sentir en sus formas más diversas, y ese sentir está condicionado por la situación personal desde la cual analizamos la coyuntura. Inclusive mi propio análisis seguramente lleve incluidos los vicios y afecciones de mi propio sentimiento actual, aun cuando haga un gran esfuerzo por ser balanceado en mi análisis y justo en mi juicio.

Mientras la pandémica siga asechando, deberemos aprender a decidir y argumentar sin permitir que nuestro sentir nos domine. Esto lo deberíamos hacer siempre, pero resulta que ahora estamos especialmente desafiados. No podemos permitir que el enojo nos enceguezca, o que el cansancio nos haga reclamar cualquier cosa. No debemos aceptar que nuestra angustia nos haga irracionales, o que los datos (de contagios, de aprendizajes o de inflación, lo mismo da) tengan el mismo valor que las opiniones. Las vacunas tardarán en llegar, de eso no hay duda. El último dato del monitor de vacunación del Ministerio de Salud de la Nación indica que solamente 800 mil personas recibieron 2 dosis, así que haga sus propias cuentas.

La proyección es penosa, las vacunas llegan al país en cuentagotas, mientras enfrentamos una segunda ola de contagios y nuevas cepas con los pies ya bien metidos en el otoño. No solo debemos ser fuertes, sino que además debemos estar especialmente atentos para pensar con claridad a la hora de reclamar.

El Presidente Fernández fue duramente criticado por manifestar que el sistema de salud de había relajado. Como se dice, se le vino todo el sector y parte de la sociedad al cuello. ¿Acaso no llevamos en educación años de estar relajados, permitiendo que los chicos gradúen sin los conocimientos mínimos y las herramientas necesarias para las etapas subsiguientes, y sin que nadie haga nada? El aula más peligrosa de todas es la que permanece cerrada, se dijo en otra conferencia de prensa en estos días. No hay una definición más incorrecta y sintomática del vínculo viciado que finalmente estamos logrando entre sociedad y gobierno. De tanto y tan mal que reclamados, tal vez nos recompensen con la misma medicina, tal vez nos devuelvan esa aula que resulta inocua para el desarrollo de una sociedad justa, equitativa y próspera.

El aula más peligrosa de todas no es la que permanece cerrada, sino aquella en la cual los niños no aprenden, no despliegan formas de pensamiento y comprensión elaboradas, no sienten las delicias del placer del aprendizaje, no logran autonomía, no se aventuran en el maravilloso viaje de la transformación de la conciencia de uno mismo. El aula no es un ‘lugar’, sino un proyecto, un anhelo que debería hacer confluir muchos de los apetitos y de las aspiraciones de los adultos para con sus hijos y para con el colectivo al que pertenecen.

Tal vez sea el momento de volver a hablar sobre las condiciones de la educación a distancia, ese plan B que el sistema educativo de base presencial necesita, en particular en tiempos de pandemia y encierro. La sociedad debe animarse a reclamar un sistema que garantice los aprendizajes que hoy (y ayer, y seguramente mañana) la escuela como lugar presencial no puede ofrecer, y que la política perezosa se resiste en impulsar.

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