La leyenda que cautiva a los tucumanos: el Familiar - LA GACETA Tucumán

La leyenda que cautiva a los tucumanos: el Familiar

Para algunos intelectuales, los mitos se construyen como una forma de dominación de unas personas sobre otras. Por José María Posse / abogado, escritor e historiador.

17 Ene 2021
2

DESCRIPCIÓN. El mito más difundido entre nosotros le adjudica a la bestia la forma de un enorme perro negro, de refulgente mirada de fuego y de largas uñas, capaz de desgarrar a un hombre con un solo zarpazo.

Para el investigador Adolfo Colombres, “Lejos de ser una superstición, el mito es un relato verdadero, anclado en la cultura. Es que el hombre, además de racional, es un animal simbólico. Al igual que el arte, el mito recorta un fragmento de la vida y apela a la máscara para iluminar lo oculto de las cosas, allí donde residen las claves de la realidad”.

Una de las creencias más difundidas en las regiones azucareras del país, es la del Familiar, embajador del demonio y guardián de los pactos que se celebran con él, tema que cautivó a diferentes estudiosos, entre los que destaco al referido Dr. Colombres, al Dr. Eduardo Rosenzvaig y a la profesora Alba Omil.

Al parecer, la leyenda comenzó a tomar cuerpo entre los zafreros hacia fines del siglo XIX cuando los dueños de ingenios se enriquecían rápidamente, gracias a esa fiebre del azúcar, que pronto los convirtió en verdaderos potentados. La imaginación popular elaboró a su manera el origen de estas fortunas, producto de la revolución fabril operada por las grandes maquinarias. Las atribuyeron a secretos pactos que el patrón hacía con el Supay (el diablo), a quien entregaba algún peón a cambio de riqueza terrenal. La ración variaba según el contrato, de no cumplir, él mismo debería entregar su alma.

Pronto el mito cobró fuerza; por las noches aterrados trabajadores juraban haber visto ojos de fuego que merodeaban por el cañaveral.

Raigambre universal

La imagen parece variar según la región; en los países productores de azúcar de Centro América, tendría la forma de una víbora de gran tamaño, con pelos y ojos encendidos. También la forma de un enorme jabalí con garras prensiles de extraordinario tamaño. Puede verse como un can fabuloso, que a veces camina en dos patas, quien posee además garras afiladas que pueden destrozar a un hombre en segundos. Incluso existe un tipo de espíritus Familiares con forma humana. En las fogatas campesinas caribeñas, se baja la voz al hablar de un europeo de lúgrube aspecto y ojos sin vida, vestido íntegramente de negro y que monta un caballo tuco. Él lleva el contrato que se firma con la sangre de quien acuerda con Lucifer.

El mito más difundido entre nosotros le adjudica la forma de un enorme perro negro, de refulgente mirada de fuego y de largas uñas, capaz de desgarrar a un hombre con un solo zarpazo. El engendro se alimenta de la carne humana y del espíritu de sus víctimas, a las que conduce al averno. Según la creencia, el Familiar vivía en los sótanos de las fábricas, oculto entre las bolsas de azúcar o en las chimeneas de los ingenios. Algunas noches, durante la cosecha, el patrón lo soltaba para que eligiera libremente a su víctima, o le indicaba tal o cuál obrero que le causaba problemas.

La forma de saber que el engendro anda cerca es por el penetrante olor a azufre y a carne podrida; también por el sonido de cadenas que se arrastran. Recorre los cañaverales siempre en línea recta y atraviesa cualquier construcción u objeto que se cruza en su camino. Nada puede detenerlo u herirlo.

Según el investigador Colombres, “nada le hacen al Familiar las balas ni el filo de los machetes. Solo retrocede ante la cruz del puñal, es decir, cede ante el poder del signo, no del arma”.

Es evidente que algún industrial (o al menos sus administradores o capataces), hacían uso del terror que causaba el Familiar para amedrentar a obreros díscolos que organizaban huelgas; se habla, incluso, de la misteriosa desaparición de algunos de ellos.

El ingenio Santa Ana

Según los estudios, la leyenda habría tenido su origen en el Ingenio Santa Ana, de Clodomiro Hileret. Este Francés, quién llegó a Tucumán en la segunda mitad del Siglo XIX como Ingeniero de Pozos de la empresa constructora del ferrocarril, hizo una rápida fortuna. En 1887, al adherirse a los revolucionarios que derrocaron al gobernador Don Juan Posse (no afecto al gobierno nacional), Hilleret fue beneficiado por los “créditos blandos” (que nunca se devolvieron totalmente), con los que el Banco Nacional premió a los partidarios del presidente Miguel Juárez Célman en la provincia. Gracias a ello pudo comprar las maquinarias con las cuales armó aquel colosal ingenio, como lo señala la historiadora Donna J.Guy.

Clodomiro Hileret era una persona de carácter frío y distante, no muy afecto a tener contacto con el personal de su fábrica. Se rodeó de capataces brutales, quienes hacían respetar sus órdenes, a veces de malas maneras. El francés tampoco confraternizó con las familias propietarias de los otros ingenios azucareros, quienes siempre recelaron de aquel extraño personaje.

Pronto comenzó a correr la voz entre los operarios del Santa Ana, que el patrón había formalizado un pacto con el propio Supay. ¿Cómo podía haber hecho éste extranjero sin fortuna, para adquirir tanta riqueza en esos pocos años sino por medio de algo sobrenatural? Ese era el pensamiento de aquellos trabajadores rurales quienes veían emerger en medio de la selva inculta, los edificios que cobijarían esas colosales maquinarias importadas de fábricas europeas. Quienes además escuchaban la música y las risas de las suntuosas fiestas con las que Hileret agasajaba a sus amistades, en su espléndido palacete cercano al Ingenio. También veían crecer en los jardines de aquella casa, plantas desconocidas y deambular animales y aves exóticas, en el lago artificial que había sido diseñado por paisajistas europeos. Algo sin duda prodigioso debía ocultarse tras todo aquel portento.

Para la cultura popular, los dueños de ingenios azucareros que hacían el pacto demoníaco, recibían poder económico y político a cambio. Ellos tenían la obligación de entregar en sacrificio, al menos un obrero por año. Tendría predilección por los trabajadores rebeldes a la autoridad de los capataces y que organizaban huelgas.

El industrial debía transmitir el legado en sus herederos, de no hacerlo, a su muerte el Familiar moriría a su vez de hambre y la fortuna familiar se perdería, quedando la familia maldita.

Cuando ocurría un accidente mortal en las fábricas, de inmediato los obreros decían que el Familiar ya se había cobrado su cuota. Si eran más de una las víctimas, significaba que el engendro estaba con hambre y que el año sería de gran provecho económico para el dueño del ingenio.

En el caso del industrial Clodomiro Hilleret, su muerte y las consecuencias de la misma, no hizo más que alimentar el mito. Falleció repentinamente a bordo de un barco, en viaje a Europa. En el chalet del Ingenio se veló durante días un ataúd cerrado, con una gran fotografía suya al lado, lo que atizó el misterio y las especulaciones acerca de que Lucifer finalmente había cobrado su deuda con la vida del propio industrial. Pocos años después, sus descendientes perdieron la fábrica y se marcharon de Tucumán.

En la década de 1930, el Ingenio Santa Ana quedó en manos del gobierno nacional, finalmente cerró en 1966, cuando la dictadura de Onganía determinó la clausura de buena parte de las bocas de molienda azucarera en Tucumán.

El Dr. Eduardo Rosenzvaig, realizó un extraordinario trabajo de campo en el ex Ingenio Santa Ana, en donde el investigador ávido de profundizar en el tema, puede abrevar sobre las historias de aquella desaparecida fábrica azucarera y los misterios que aún encierra.

Perdurabilidad del mito

La leyenda del Familiar sigue viva en esos pueblos dormidos, en donde a veces algún vecino cree escuchar arrastrarse cadenas en las noches sin luna. Se habla de ojos de fuego que aún deambulan, sin rumbo, como buscando un alma perdida o un sueño inconcluso.

Serapio Almaraz, antiguo peón del ex Ingenio Esperanza, que aún vivía en la zona, explicaba en una nota del diario "La Gaceta" de julio de 1971, que la riqueza de Esperanza (por entonces ya cerrado), dependía del diablo. Según Almaraz, desde que el ingenio fue paralizando en la gran crisis de 1967, el perro Familiar anda suelto, “porque ya que no tiene quien se haga cargo de él". Para este hombre,"los antiguos propietarios de la fábrica, eran hombres bien puestos, no le tenían miedo, se le paraban delante, y le hacían un contrato. “Si yo fuera más joven, ahora que ellos no están, le hubiera hecho frente. Algunos de los descendientes de don Wenceslao deberían venir y plantársele de frente; solamente así volvería la riqueza a Esperanza. Todo depende de alguien que quiera ser socio con el diablo, pero debe ser un hombre bien hombre".

Con los años, el mito fue perdiendo vigor. La industria azucarera actual atraviesa toda clase de problemas, y las grandes familias del azúcar fueron disipando su relevancia, hasta convertirse algunas de ellas en tan sólo páginas de un libro olvidado. El Familiar ya no señorea en los cañaverales y su presencia se fue esfumando, junto con la quimera del oro dulce que ilusionó a generaciones de tucumanos. Son otros los tiempos, son otras las gentes; ya nadie parece recordar aquellos pactos fantásticos que forjaron la primera industria mecanizada del país, y que éste año cumple doscientos años.

Nota:

El artículo está basado en un trabajo realizado para la plataforma del ministerio de Educación de la Provincia por el autor, en el programa DAPT 2020, con la Ilustración de César Carrizo, Docente Historietista. DAPT 2021.-

Bibliografía:

Dra. Donna J. Guy, (1981), “Política Azucarera Argentina, Tucumán y la Generación del Ochenta”, Fundación. Banco Comercial del Norte, Tucumán.

Dr. Adolfo Colombres (2009), “Seres Mitológicos Argentinos”, Edit. Colihue; Buenos Aires.

Dr. Eduardo Rosenzvaig (1988), “Santa Ana un modelo de cultura rural”; Instituto de artes plásticas-aguilares, Facultad de Artes de la UNT. Tucumán.

Profesora Alba Omil (2002), “Los Demonio en los Mitos del Noroeste Argentino”. Lucio Piérola Ediciones; Tucumán.

Comentarios