Libros, escritores y lecturas en un mundo en pausa

¿Qué pasa con la literatura en estos tiempos de pandemia? ¿Se lee más? ¿Se escribe más? ¿Se edita más? ¿Cómo cruza la pandemia lo que se escribe y se lee? Responden escritores, talleristas y editores.

11 Oct 2020
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Por Flavio Mogetta

PARA LA GACETA - BUENOS AIRES

La covid-19 arrojó sobre el mundo un nuevo escenario: el de una pandemia aunque con un ingrediente novedoso como el aislamiento social, porque por ejemplo hace diez años con la gripe porcina el planeta siguió girando, no entró en pausa.

Basta recorrer la historia de la humanidad para descubrir que cíclicamente una peste llega para estremecerla, de hecho ya aparece mencionada en los textos sagrados, y a partir de allí en numerosa literatura. ¿Catarsis? Es posible, pero lo concreto es que la peste está allí como un recordatorio latente de su capacidad de exterminio.

Ya Albert Camus en el final de su novela La Peste (1947) lanza el presagio: “Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás”.

Lo que resulta novedoso en estos días es el aislamiento y las restricciones para circular, algo de lo que también dio cuenta la literatura. De hecho el desenlace trágico de Romeo y Julieta (Shakespeare, 1597) se produce porque Fray Juan no logra salir de la ciudad hacia Mantua para avisarle a Romeo que Julieta no está muerta, sino que es un mero simulacro que posibilitará el reencuentro entre ambos: “Fui en busca de un hermano franciscano que había de acompañarme. Lo hallé en la ciudad, visitando enfermos. La guardia sanitaria sospechando que la casa en que vivíamos los dos estaba contagiada por la peste, selló las puertas y nos prohibió salir”. Confinamiento y prohibición de circular.

¿Y el aislamiento? Boccaccio también dio cuenta de él en el Decamerón (1353), donde un grupo de jóvenes florentinos decide partir a los campos escapando de la peste negra que azotaba Florencia, y para sobrellevar ese aislamiento comienzan a contarse historias. Entonces, ni el tema ni la situación son nuevas pero sí lo es que suceda en el siglo XXI. Desde que la covid-19 entró en escena buena parte del mundo pareció entrar en pausa y las vidas en un eterno stand by. Pero, ¿qué sucedió con la literatura? ¿Se lee más? ¿Se escribe más? ¿Se edita más?

Experiencias

“La escritura para mí nunca se gesta como acto tortuoso. No escribo para no morir, por así decirlo. Claro que en el medio de la escritura me pasan muchas cosas, pero no arranco a escribir una novela si no estoy con ganas de hacerlo. Si no espero que traiga cierto nivel de diversión y alegría. La covid-19 no ayuda con la predisposición y no tengo ganas de escribir un texto autorreferencial sobre el encierro. Respeto mucho a la gente que sí tiene ganas, pero a mí la realidad de la situación me aplasta y no quiero duplicarla escribiendo”, se sincera la escritora y cantante de jazz Tatiana Goransky, quien durante la pandemia vio publicada dos novelas -Quisiera amarte menos y La mujer poco probable- y que a pesar de no escribir no ha entrado en pausa, ya que ha estado “dando clases, haciendo acompañamientos de texto y editando y corrigiendo novelas para otra gente. Se podría decir que lo mío en pandemia es ayudar a otras personas a producir”.

Producir, escribir, no detenerse. Esas parecen ser acciones que se multiplican y de la que dan cuenta los talleres literarios, que también vieron alterada su dinámica, readaptándose a la virtualidad, con sus pros y sus contras.

El escritor y tallerista José Supera, autor de novelas como El chimento atómico (2012) y Los desiertos (2014) remarca que “se pierde el contacto con la gente, el contacto directo, el sentir las hojas del libro que pasan, la voz real de la persona”.

Esas palabras que van en sintonía con las de Carlos Ríos, también escritor y editor, quien señala que “se extraña la mesa llena de libros, los inéditos impresos, las lecturas en voz alta. Poner el cuerpo en la escritura y que eso sea observado en directo. Las pantallas alejan, aunque el contacto en las redes ayuda a repensar la escritura, a resituarla”. Contras que se suman a los problemas de conectividad y a las dificultades para adaptarse a la tecnología por parte de los asistentes de mayor edad. Aunque la nueva modalidad también tiene sus beneficios como “poder estar dando un taller en tu casa y tener alumnos en el sur, en Mar del Plata o en la otra punta del mundo”.

Dado el contexto, se podría pensar que en esos talleres predominan los escritos en los que la pandemia aflora de alguna manera. Ahí las opiniones no son unánimes. Ríos, autor de novelas como Manigua o Un shock póstumo y director de la editorial cartonera Oficina Perambulante, ve que “en las producciones de los talleres no aparece. En las redes, todo el tiempo. Poemas, cuentos, diarios que hablan de la pandemia. Es una escritura instalada en el presente y no sé qué irá a pasar con ella”.

Coincide así con el escritor y director de la editorial Mil Botellas, Ramón Tarruella, quien afirma que “la pandemia no apareció como tema, aunque tampoco yo la impulsé demasiado al dar las consignas en los talleres. No apareció salvo un cuento suelto, una especie de historia futurista con un guiño a esta nueva realidad”. En tanto Supera marca que “la pandemia termina apareciendo, sí se termina filtrando la realidad”.

En España

Los talleres adaptados a la virtualidad dan cuenta de que las personas siguen escribiendo y leyendo. Pero: ¿se sigue editando?

Ríos afirma que “no han dejado de salir libros durante la pandemia”. Mientras que Tarruella entiende que para las editoriales independientes “las ventas han bajado mucho”, al caerse el circuito de ferias de libros regionales, que generan “un ingreso fijo y la posibilidad de proyectar la editorial e impulsar a los autores. Eso obligó a repensar el plan editorial. Para 2020 teníamos proyectado publicar entre otras cosas tres novelas de Héctor Tizón y una traducción de una biografía de Antón Chéjov, pero nos vimos obligados a cambiar la estrategia. Eso ahora está frenado, esperando para ir a imprenta”.

La situación en la industria no parece ser muy distinta. La agente literaria española Mónica Carmona aclara que “las jornadas clave de Sant Jordi y la Feria del Libro de Madrid suponen una gran parte de la facturación anual, y su cancelación sin duda tendrá consecuencias negativas en las liquidaciones de derechos de este año. Eso tardaremos algo más en sufrirlo, pero llegará. Otro aspecto negativo es que los editores han tenido que suspender publicaciones varias y ha afectado a muchos autores. Los editores y los autores han hecho y siguen haciendo grandes esfuerzos de creatividad y también logísticos para mantener los libros a flote y lanzarlos y promocionarlos en las mejores condiciones, pero inevitablemente habrá algún descalabro”, todo en un contexto en el que “los lectores, en plena pandemia, seguían muy interesados en querer leer y de una forma u otra se han seguido vendiendo libros”.

Atentos a todo esto surge una pregunta: ¿es posible vislumbrar luz creativa al final del túnel? Y es Carmona, quien se atreve a ensayar una respuesta: “Es la grandeza de la cultura: el talento aflora hasta en las peores circunstancias”.

© LA GACETA

Flavio Mogetta – Periodista, escritor y músico.

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