Guantean desde el corazón

Buscan la gloria por noquear la indiferencia, el hambre, las drogas, la exclusión y la pandemia.

02 Ago 2020 Por Franco Vera

“El ritmo lo es todo en el boxeo. Cada movimiento que hacés comienza con el corazón”. La frase le pertenece a Robinson Walker Smith Jr., más conocido como Sugar Ray Robinson. Fue un boxeador profesional de Estados Unidos que combatió en los pesos medios y welter. Robinson hizo su debut profesional en octubre de 1940 ganándole por nocaut a Joe Echevarría. Logró en su carrera un récord de 40 victorias sin perder ni un solo combate, hasta que fue derrotado por Jake LaMotta.

Siguiendo las consignas de Sugar Ray está “El Profe”, como le dicen en el barrio. Es un reconocido púgil que empezó en el deporte desde muy niño. Subido al cuadrilátero supo guapear a base de jabs, ganchos, uppercuts y rectos a cuanto oponente se le cruzaba. Jorge Villalba se levanta todos los días y respira boxeo; sus victorias se cuentan entre parroquianos de esta vieja estación recuperada del barrio El Bosque, en Alderetes, donde lunes, miércoles y viernes, de 10.30 a 12.30, suben al ring llamado Escuela Popular de Boxeo, junto a los vecinos y vecinas, más los integrantes de la organización “Moncho Cuevas”, para darle batalla a la inclusión social. “La lucha social del corazón”, como ellos pregonan.

Muchos y muchas asistentes a la escuela. Vienen del asentamiento, de las barriadas populares que rodean el viejo galpón de chapa frente a los andenes de la antigua estación perteneciente al Ferrocarril Mitre, que supo estar llena de gloria y bullicio.

“Hoy sólo queda hambre y gloria. Gloria por noquear la indiferencia, el hambre, el consumo de drogas, la exclusión y la pandemia”, afirma Gianluca, de la MC90

Son las 11 en una ciudad atravesada por la pandemia; entre barbijos, uno y otro abuelo se acerca entre dudas, preguntando de qué se trata todo este movimiento. Hay mujeres jóvenes, niñas y adultas sobre el andén, tirando piñas continuas hacia un mentón imaginario. Jovencitos trabajando abdominales y flexiones de brazos entre las viejas venas de hierro de la estación. Niñas y niños sonriendo, intentando coordinar el uno-dos en punta con el gancho de izquierda. Algunos llevan envueltas sus manos con vendas; otros a puño pelado, muy pocos con guantes, protectores bucales y calzados con resortes.

Muchos se ven con sus únicas zapatillas, gastada por correr en los potreros del barrio. Y con la misma muda de ropa que aguanta el día. Todos y todas siguen muy concentrados las indicaciones del duro entrenamiento aeróbico de calentamiento, antes de calzarse los guantes.

La cola de espera es larga, porque sólo hay dos cabezales, uno rojo y uno azul y dos pares de guantes. Mirko toma la delantera y se calza el cabezal rojo; Javier, que también anticipó la jugada, ya había agarrado el azul. Johanna, Lorena, Jeremías, Ulises y Melodí esperan su turno.

El round dura tres minutos. “Son tres minutos en los que no sólo hay que esquivar los golpes, sino pensar una táctica para poder conectar un puño certero que mande a la lona a nuestro oponente. Tres minutos. La gloria es la de haber vencido al hambre, la exclusión y los maltratos. Tres minutos que están llenos de adrenalina”, cuenta Javier, que acaba de sacarse los guantes. También expresa todas las carencias que tiene la escuela, como bolsa para guantear, guantes, cuerdas y mancuernas. Pero no pierde la sonrisa de sentirse un luchador que sueña con noquear a la vida y arrebatarle un poquito de justicia para derramarla en la estación.

El sol se filtra por los pallets que hacen de portón del galpón. Isaac, sobre una gran rueda de camión, no para de soltar combinaciones. Izquierda-derecha, gancho izquierdo-gancho derecho, gancho-gancho, derecha-izquierda. Mantener los pies sobre la goma, la cabeza en equilibrio; concentrarse en mover las piernas y respirar profundo para soltar todo el aire junto al golpe.

Un galpón que en algún momento vio pasar a aquellos tucumanos que en grupo viajaban a los templos del boxeo en las grandes capitales, hoy se llena de hambre de gloria de un joven que con guantines de entrenamiento repite incansablemente sus ejercicios.

Suena la campana final de un día más de la Escuela Popular de Boxeo. Melodí pasa con una cajita celeste para aportar una moneda para la escuela. Algunos vuelven en dirección a sus casas en busca del almuerzo familiar; otros directamente van a los comedores de la “Moncho Cuevas”, porque ya sale la comida.

Villaba se calza su barbijo negro, sus gafas espejadas, bolso gris con guantes, cabezales y soga al hombro. Trepa a su moto, parte para la Banda del Río Salí a casa. Su abuela le mandó un audio con el menú de hoy. Luego, a seguir guanteando a la vida entre clubes, escuelas sociales, clases particulares, contagiando humildad, compromiso y hambre de gloria.

Un día más que se la pasa guanteando desde el corazón.

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