Entrevista a Pedro B. Rey: “Los libros tienen que hacer su camino”

Primero vino Katsikas, un conjunto de relatos con los que la editorial Leteo inauguraba su catálogo. Tres años después llegó Trieste, un relato que tiene por protagonista a Katsikas y muchos elementos de su libro anterior. De hecho, aunque mantienen su autonomía, forman parte de un todo, un proyecto narrativo al que el autor bautizó La Lira Argentina. Y Trieste es un relato ensamblado, donde su protagonista, un escritor y traductor, guardado en un departamento prestado durante el invierno del 77, está escribiendo un texto de ciencia ficción, mientras lee las cartas que le llegan de un escritor argentino que vive en Trieste, al que vio una sola vez en su vida.

02 Ago 2020
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LITERATURA Y EXILIO. “La idea de lo argentino como horizonte tiene esa contradicción: cómo estamos marcados por ese ir y venir permanente de los escritores”, asevera el autor de Transcripciones y traslaciones.

Por María Eugenia Villalonga

PARA LA GACETA  BUENOS AIRES

-¿Por qué el nombre “La lira argentina” para tu proyecto?

-Tiene que ver con que me di cuenta que siempre escribo cosas que transcurren cerca de mí geográficamente, por lo tanto, es como darle una unidad de lugar a las cosas que escribo. El nombre, por supuesto, viene de la antología que hace Echeverría, por los años 20 del siglo XIX, es como un chiste sobre lo fundacional. Pero además, la diversidad de lo geográfico de nuestro país siempre me fascinó, esa extrañeza que provoca.

-Nuestra literatura, dijo alguien, comenzó en el exilio, que es un tema central en tu libro. ¿Hay en tu proyecto una intención de revisar la tradición literaria argentina?

-La idea de lo argentino como horizonte tiene esa contradicción: cómo estamos marcados por ese ir y venir permanente de los escritores. Lilienthal (el autor de las cartas) encarna un poco esa idea de cómo se van construyendo nuestros mitos literarios, aunque no se refiera a nadie en particular.

-Y el protagonista será tanto narrador, como autor y lector, en un relato donde aparecerán dos distopías como en espejo: la última dictadura militar y el futuro imaginado por Katsikas en su libro: una realidad doble en la que la sociedad está bajo el dominio de una red o malla donde viven, con un chip implantado, los integrados y su reverso, donde están los incendiarios ejecutando actos de sabotaje. Pero hay un tercer tiempo que es el de la lectura que hoy es el de la pandemia, otra distopía anunciada. ¿Es posible hoy, con el triunfo de las tecnologías digitales al servicio de un mundo unipolar, la existencia de una organización clandestina?

-Más allá de que hay muchos guiños a la realidad actual, yo escribí hace mucho la historia de Katsikas y después la fagocité, que es algo que hago mucho. En el cuento, el sistema está tan seguro de sí mismo que nadie se preocupa por los que quedan afuera. Viéndolo desde hoy se puede pensar que la transgresión es posible pero no bajo la forma de una rebelión tal como la conocíamos.

-En cuanto al trabajo con los nombres, algunos son traducciones literales, como Jaime Alegri (un paneo de James Joyce) otro, como Katsikas que evoca a Kafka y de un cierto espíritu mitteleuropeo, junto con nombres muy marcados de la Argentina de los 70 como Polara o Torino, hasta el nombre de Tristania, esa ciudad retrofuturista, que es una suerte de espejo de Trieste. ¿La elección de los nombres también está hablando de un tránsito literario entre Europa y Argentina?

-Con respecto a los nombres, para mí son casi una obsesión. Su poder de evocación me interesa mucho y a la vez, lo arbitrario que son y cómo hablan de la procedencia de cada cual en este proyecto que es la Argentina.

-Cuando el protagonista termina de escribir su novela la tipea en una máquina de escribir a la que le falla la letra “e”, que es la letra del lenguaje inclusivo. ¿Qué está pasando en nuestro campo literario con estas luchas políticas y discursivas?

-En primer lugar, la cuestión de la “e” es un guiño a una novela de Georges Perec que está escrita sin la letra “e”, a esas experimentaciones de la vanguardia. Por otro lado, te digo que vivo cotidianamente con los temas del feminismo y creo que la discusión es muy interesante pero me parece que hay mucha intolerancia y eso obtura la argumentación de un tema de por sí muy rico.

-La visibilización de situaciones de desigualdad tiene un lado oscuro, que es la corrección política que impide distinguir al autor/a de la obra.

-A mí los comisariados de cualquier orden me resultan terribles y en ese sentido no me interesa, si algo está bien escrito, si lo escribió un hombre o una mujer. Por otro lado, tenés a esas grandes empresas a las que jamás les importó el racismo y echan a su personal por algún dicho racista como un tributo a la corrección política.

-¿Esto puede llegar a producir una literatura lavada?

-Sin duda. Lo que yo veo que hay ahora es poca crítica, pocos lugares donde se puedan analizar los libros en profundidad. Digamos que en general se escribe mejor que antes, por decirlo de algún modo. Quizás porque ya no está el prejuicio de que hay que escribir bien como hace 40 años, donde el horizonte estaba puesto en Borges, entonces no resultaba muy productivo. Yo lo que creo fervientemente es que los libros tienen que hacer su camino, tienen que respirar y eso lo da el tiempo.

Perfil

Pedro B. Rey nació en Buenos Aires, en 1967. Es periodista cultural, escritor y traductor. Trabaja en el diario La Nación. Tradujo a Artaud, Salinger y Frank O.Hara, entre otros. Es autor de Transcripciones y traslaciones, Círculo vicioso y Katsikas. Trieste es su último libro.

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