Tucumán, una capital virtual

La designación de nuestra provincia como Capital de la República durante el 9 de Julio viene significando, en los hechos, nada. Sin embargo, este año, la pandemia hará que la fecha, finalmente, se convierta en toda una metáfora.

05 Jul 2020 Por Federico Diego van Mameren
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Conversar con ella tiene sus pros y sus contras. A veces sus frases certeras, simples pero agudas, se convierten en un estiletazo que hace retorcer al interlocutor. Otras, es una dulce reflexión que acaricia y endulza al receptor. La penúltima vez que la vi era el momento exacto en el que se presentaba el libro del fiscal Federico Delgado y lanzó su pregunta: ¿Por qué este hombre se viste siempre con remera y de negro? La pregunta ayudó a terminar el diálogo con el fiscal que tuvo Irene Benito al ponerle la otra mirada al intríngulis judicial. Ayer la volví a ver y le comenté que se venía el 9 de Julio y que Tucumán volvería a ser capital de la república. “Me parece que antes de esa decisión éramos más capital que ahora”. Lanzó su estiletazo y no volvió a hablar del tema. Y, todos los interlocutores se quedaron pensando…

¿Qué significa ser capital de la Argentina un día? Nada. Ni siquiera es una metáfora donde el sentido figurado ayuda a hacer más fuerte, más emotiva o más linda una mirada o una expresión. Para los tucumanos ser Capital de la República es recibir visitas, que por lo general son funcionarios nacionales que toda la vida mantienen distanciamiento social (lo hacían aún cuando no existía el coronavirus) y que insisten en una actitud protocolar. Una vez que concluyen las ceremonias, se van como si nada hubiera sucedido (en realidad, nada sucede) hasta el año próximo.

Los tucumanos nos vestimos y nos preparamos para ser los mejores anfitriones, nos sentimos orgullosos de ser Capital de la República, pero cuando llega el 10 de julio confirmamos que no sirvió de nada. Sirvió alguna vez. En 1991, el entonces presidente Carlos Menem firmó ese decreto con la intención de que Tucumán estuviera en la mirada de todos los argentinos y que, al mismo tiempo, se transmitiera un calor nacional que mostrase que el peronismo tenía una causa en Tucumán. En aquella primera vez como Capital estuvieron cuatro presidentes de naciones vecinas. La única intención de Menem en aquel momento era que Antonio Domingo Bussi no ganara en Tucumán. Que no se convirtiera en gobernador democrático. Menem lo hizo. Ramón Ortega se convirtió en mandatario provincial y cuando se fue con todo el peronismo peleado, en 1995 los tucumanos sentaron a Bussi en el sillón de Lucas Córdoba con los votos. Ser Capital de la Nación, al fin y al cabo, no había servido ni siquiera para el fin principal. O, en todo caso, sólo duró cuatro años.

El próximo jueves volveremos a ser Capital de la República. No vendrá el Presidente a vernos. Él nos verá y hablará desde una pantalla de la residencia de Olivos. Desde Buenos Aires. El gobernador Juan Manzur hablará con Alberto Fernández virtualmente. Pero esta realidad a la que nos expone el asesino invisible hace que por primera vez el 9 de Julio sea un metáfora. A 204 de la declaración de la Independencia se confirma la virtualidad de las provincias unidas del Río de la Plata. Nos independizamos de España, pero no del poder central de Buenos Aires.

Tucumán, por lo menos, vive un federalismo virtual. Hoy (pero durante muchos años también) no puede pagar los sueldos si desde la Casa Rosada no mandan algo. Para que funcione algo tan simple e imprescindible como son los ómnibus es necesario que Buenos Aires envíe fondos. Ni hablar si hay que hacer una ruta o construir viviendas. Durante el alperovichismo fue más patente que nunca: hasta para hacer un sencillísimo cordón cuneta hace falta que manden unos pesos desde el poder central.

Para que las cosas funcionen en esta comarca hay que ir a Buenos Aires. Pase lo que pase. No alcanzan las videoconferencias. Siempre fue así, incluso cuando no había computadoras. Hubo un gobernador a quien, en los peores años del alfonsinismo, pasaron a llamarlo “hormiga vieja” porque iba y venía de Buenos Aires sin un palo. Esa humillación llegó a padecer Fernando Riera. Ya en épocas de celulares, Néstor Kirchner, por teléfono, ¡bajó la designación de un vocal de corte elegido por Alperovich y todo un Poder Legislativo!

Manzur, que se autodenomina gran amigo del Presidente, sabe que una comunicación por Zoom o Meet es un hallazgo interesante para recrear las amistades, pero tiene muy claro que el dinero o la obra se concreta con los papeles firmados. Sólo se consigue algo mano a mano, pero en Buenos Aires.

La mayoría de los presidentes argentinos fueron del interior del país, pero nunca cambiaron el sistema: como si Buenos Aires tuviera un virus letal para el federalismo, que se instala en el mismo momento en el cual el titular del Poder Ejecutivo recorre la avenida de Mayo para llegar a la Plaza de Mayo. Los diputados y los senadores también suelen contagiarse. Unos representan a los ciudadanos y otros a las provincias; pero ya sentados en el Congreso, la mayoría termina defendiendo al partido... o al espacio, como se dice ahora, cuando los partidos también se volvieron virtuales.

Actualmente, en las sesiones virtuales no se escuchan las propuestas de cambiar el sistema. ¿Qué significaría eso? Modificar la Ley de Coparticipación para que desaparezcan las dádivas y los gobernadores dejen de ser mendigos. Pero para eso las provincias deben mirarse a la cara, debatir y ponerse de acuerdo. Casi un imposible. Mejor es seguir teniendo un federalismo virtual.

Matrimonio por conveniencia

Mientras la provincia parece condenada a vivir atada a un largo cordón umbilical (y monetario) que llega hasta el puerto porteño, los protagonistas de la vida pública parecen también predestinados a una vida turbulenta con inestables encuentros y desencuentros como si estuvieran presos de la adolescencia.

No sabemos si existió amor entre los contrayentes, cuando se conformó el matrimonio entre Juan Manzur y Osvaldo Jaldo, que pulverizó en las urnas el prolongado reinado de la anterior pareja real conformada por José Alperovich y el mismísimo Juan.

Si hubo amor, la falta de comunicación y las deslealtades compartidas fueron desgastando y mellando ese vínculo hasta provocar las públicas reyertas que estallaron en la cuarentena. Sin embargo, cuando hay poderosos intereses comunes entre ambos cónyuges, a veces las cabezas frías reprimen los sentimientos. Así lo entendieron los contrayentes y sellaron un tácito acuerdo de paz, porque son conscientes de lo nocivo que sería una ruptura prematura del vínculo. La provincia sería ingobernable.

No sabemos si antes hubo amor, pero está claro que ahora somos testigos de un matrimonio por conveniencia, al que no le caería bien el divorcio. Por eso bajaron los decibeles de las discusiones y todo parece seguir como al principio, cuando acordaron olvidar a José. Sin embargo, hay cuerdas sensibles en esa relación que se rompieron. Oscar Wilde solía citar la célebre aserción de Madame de Sevigné que decía: “las infidelidades se perdonan, pero no se olvidan”.

¿Sucederá eso finalmente entre los dos hombres fuertes del peronismo tucumano? Imposible saberlo. Pero está claro que, en lo inmediato, no habrá ruptura y los eventuales conflictos sobrevendrán a posteriori de la elección de 2021.

Por de pronto, ambos saben que el gobierno nacional –otra vez Buenos Aires y sus caprichos- no les perdonaría que por rencillas domésticas se pusiera en riesgo el triunfo en los comicios del próximo año. Ya se vio en 2019 que la instancia nacional no aprueba las fracturas electorales y Alperovich lo sufrió en carne propia cuando Cristina le retiró el apoyo para garantizar un buen resultado de Manzur. Así que todos los indicios –el poder central, principalmente- llevan a concluir que el desafío electoral de medio término los encontraría unidos. Después, será otro cantar.

En realidad, la debilidad opositora podría generar un escenario en el cual, entre el oficialismo del gobierno provincial y una oposición local a Manzur, pero afín al gobierno nacional, la Casa Rosada termine recolectando casi la totalidad de los cargos parlamentarios en disputa (tres senadores y cuatro diputados nacionales). O sea que, aunque el gobernador y su vice se pongan de acuerdo, puede igual surgir un brote peronista disidente, diferenciado de Manzur, que arme lista propia eludiendo las PASO.

Hay quienes vislumbran en el incipiente diálogo entre el gobernador y su otrora irreconciliable adversario, el intendente capitalino Germán Alfaro, un trasfondo de estas características. Alfaro, el zorro del desierto como le llama un tierno colaborador, tiene una fuerte vocación de poder que muy difícilmente lo inhiba de protagonizar el 2021, convencido que puede ser el trampolín para la gran pelea de 2023. Una de dos: o Manzur le abre al espacio de Alfaro un lugar de importancia en las listas del PJ (Beatriz Avila como la segunda senadora) o acepta, sin que la sangre llegue al río, una competencia donde entre ambos se diriman los dos primeros lugares el año próximo.

Pero aún si Alfaro desistiera de esa voluntad de protagonismo, igual puede erigirse esa opción por fuera de las listas de Manzur. Sectores kirchneristas podrían estructurarse para competir con el gobierno provincial, del cual son críticos. Desconfían de Manzur, al que le han visto ya demasiadas idas y vueltas desairando lealtades.

Son todas suposiciones, pero esta vida virtual a la que nos acostumbró la historia -y la pandemia- le dan un barniz de realidad como a Tucumán, que el jueves será Capital de la República, aunque no sirva para nada.

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