Volvió el amor (y una venganza) a la cancha de tenis

Una historia sobre el regreso a la actividad deportiva.

02 Jun 2020 Por Federico Diego van Mameren

No era un día más. Era especial. No había sido fácil dormir la noche anterior. Ahora, con el teletrabajo, remolonear en la cama es una actividad que ganó unas horas extras. Bueno, minutos extras.

Pero esta vez sonó el despertador y era imposible no saltar. El ritual parecía olvidado. A las 8 en punto entró por la puerta del club. El profesor ya lo estaba esperando: brazos cruzados y un barbijo negro -si no fuera que sostenía la raqueta en la mano se lo habría confundido con alguien de otra actividad-. “Vuelva; no puede entrar así”, fue el saludo con el amanecer despabilándose. “Sin barbijo no se puede entrar”, explicó, cortando la emoción de volver a una cancha después de 70 días.

Como en esas películas en las que el director grita “corteennnn”, todo volvió a empezar. Entraron a la cancha. Profesor para un lado; aprendiz, para el otro. El termómetro marcaba 6° C. El sol asomaba su cabeza en el horizonte. No calentaba, pero contagiaba energías. El frío no se sentía. Las ganas dan fuerza, dan calor y entusiasman hasta al más apesadumbrado por la pandemia.

Todo parecía conocido hasta que las pelotitas empezaron a saltar. La cancha y la pelota era una de las tantas parejas que no habían podido verse durante la cuarentena. ¿Se desconocerían después de tanto tiempo separados? La pelotita demoraba más de lo acostumbrado en rebotar. Cada vez que tocaba la cancha parecía que quisiera quedarse acurrucada en los brazos de polvo de ladrillo. Semejaban dos adolescentes. No tenía ganas de saltar de un lado a otro; se demoraba todo el tiempo del mundo, como esos enamorados que nunca terminan de despedirse…

“Che, las pelotas son nuevas pero hace tanto que no se las usan que perdieron presión”. Toda la emoción por este “nuevo debut” se vino abajo con la voz del profesor.

Fue inesperado descubrir que los músculos seguían en cuarentena. Lo más difícil era lograr que las piernas hicieran lo que el cerebro ordenaba. El profesor reía, y ralentizaba su trabajo para evitar que el entusiasmo y la aptitud física comenzaran su juicio de divorcio.

Después vinieron las voleas -entre elongación y elongación-; y luego de unos cuantos reveses se acabaron las pelotitas. Antes del Coronavirus (AC) ese era el momento de la distensión. Los profesores tomaban el celular y contestaban uno que otro mensaje de WhatsApp y los alumnos tomaban aire para el próximo baile. Pero esta vez tronó la música de la venganza. El protocolo dice que clarito que no se puede tocar la pelota.

Si el día había sido una gloria con un gran amanecer, si la vuelta a la actividad física se había convertido en un bálsamo, si el tenis y su encanto habían hecho el mejor hechizo de los últimos tiempos, verlo al profesor levantando pelotitas toda la clase fue el gran moño para este regalo deportivo.

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