El Ojo Crítico: “La innegable verdad”

Detrás del sufrimiento, el amor fraternal.

23 May 2020 Por Guillermo Monti
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DOS PERSONAJES. Mark Ruffalo interpreta a los gemelos Birdsey. Es un trabajo admirable.

BUENA

MINISERIE / POR HBO

Ese tratado sobre el sufrimiento humano que representa “La innegable verdad” no resulta sencillo de asimilar ni de digerir. Vale la advertencia para quienes estén dispuestos a ponerse al día en HBO Go y subirse a la miniserie que estrena mañana su tercer capítulo. La historia es devastadora por donde se la mire, no ofrece ni el mínimo resquicio para que el espectador tome un poco de aire. Es un mazazo detrás de otro, aplicados en una atmósfera gris, angustiante y opresiva. “La innegable verdad” habla del dolor y lo exhibe con la más absoluta franqueza.

La historia reposa sobre los hombros de Mark Ruffalo y si funciona se debe, en gran medida, a la descomunal entrega del actor. Ruffalo interpreta dos personajes: los gemelos idénticos Dominick y Thomas Birdsey. Diferenciar esos registros es un esfuerzo interpretativo admirable, que va desde lo gestual a lo estético (hasta uno luce un poco más gordo en pantalla).

Thomas es esquizofrénico, un paranoico de manual que irrumpe un día en una biblioteca, extrae un cuchillo y se corta una mano. Lo internan en un psiquiátrico y, como sucede desde que eran niños, es Dominick el que se hace cargo. Thomas le implora: no quiere que le reinjerten el miembro. Dominick le da la razón: “por primera vez en la vida está seguro de algo. Es dueño de esa decisión”, razona. Y le da luz verde a la mutilación. Ese es apenas el comienzo de “La innegable verdad”.

La voz en off de Dominick es la que conduce el relato, ambientado a principios de los 90 en Estados Unidos, época de la primera guerra del golfo. Los flashbacks van desnudando el devenir de los Birdsey, hermanos signados por un padre ausente e innombrable y un padrastro que los somete a toda clase de abusos. Si Thomas padece por culpa de la enfermedad mental, a Dominick lo jaquean las malas decisiones y las pérdidas. La muerte de su hijo lo aleja de su esposa (Kathryn Hahn) y de su profesión: de académico prestigioso pasa a pintor de casas.

“Mi hermano es un ancla para mí”, le espeta Dominick, furioso, a la psiquiatra que atiende a Thomas. A fin de cuentas, lo que está haciendo es culparse por quererlo tanto. Es que “La innegable verdad”, en su constante machacar sobre lo vulnerable de la condición humana, no deja de ser una conmovedora historia de amor fraternal.

El abuelo de los Birdsey ha dejado un manuscrito, una suerte de memoria personal, y Dominick lo recibe de manos de su madre (Melissa Leo), que está a punto de morir. El texto está en italiano, así que una académica visceral y conflictuada (Juliette Lewis) se encargará de traducirlo. En esas páginas se esconden respuestas, terribles, que empezarán a explicar todo lo que vino después.

Rob Huebel, Rosie O’Donnell, Archie Panjabi e Imogen Poots (encarna a la novia de Dominick, eje a la vez de otro doloroso arco argumental), forman parte de un elenco formidable. Dirige Derek Cianfrance, a quien no le falta recorrido si de dramas desgarradores se trata tras haber estampado la firma en “Blue Valentine” y “La luz entre los océanos”. El propio Cianfrance firmó el guión, que está basado en una exitosa novela de Wally Lamb.

“La innegable verdad” es como un túnel en el que jamás se vislumbra una lucecita al final. Pero quien se embarca en un viaje sabe que no puede frenar, porque el riesgo de terminar engullido por la oscuridad se percibe permanente. Es la clase de periplo que transita Mark Ruffalo en la doble piel de los Birdsey. Rendirse, aún a costa de tantos golpes, no puede figurar en su hoja de ruta.

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