La "oruga comeplásticos" tucumana va revelando sus secretos

Los hallazgos pueden ser parte de las estrategias para degradar plásticos, pero las investigadoras advierten que es necesario implementar una solución integral.

19 May 2020 Por Claudia Nicolini

El mundo humano casi se detuvo por la pandemia, y en contraposición los animales se atrevieron en lugares insólitos, y se limpiaron los cielos, y las aguas de ríos, lagos y canales. Pero las consecuencias de nuestro accionar sobre el ambiente siguen su curso, cada vez más profundo, literalmente. Y es muy preocupante. Allá lejos, en Europa, una investigación internacional reveló los niveles más altos de microplásticos jamás registrados en el fondo marino.

Aquí, en Tucumán, un equipo que integran científicos del Instituto de Ecología Regional (IER), de la Planta Piloto de Procesos Industriales Microbiológicos (Proimi), del Instituto Superior de Investigaciones Biológicas (Insibio), todos del Conicet, y de la Fundación Miguel Lillo intenta hallar remedio para ese problema.

Y, como voceras, Carolina Monmany y Agustina Malizia, del IER, y Analía Álvarez, de Proimi, contaron a LA GACETA -como impone la pandemia, en pantalla partida en cuatro- su trabajo con reparticiones oficiales y con comunidades, para ayudar a mejorar el manejo de los residuos sólidos urbanos (RSU), y cómo le buscan la vuelta a un hallazgo que hicieron el año pasado: la famosa “orugacomeplástico”.

El mar no está sereno

Más de 10 millones de toneladas de desechos plásticos llegan a los océanos por año; los que forman grandes islas se han hecho más famosos; pero son el 1%. Se calculaba que el 99% restante se encontraba en las profundidades, pero no estaba claro dónde. La investigación mostró, tomando como “laboratorio” el Tirreno, uno de los mares que bañan las costas de Italia, que las corrientes submarinas profundas funcionan como cintas transportadoras y concentran microplásticos en grandes acumulaciones de sedimentos. Y la cosa se agrava: “esas corrientes -explica Monmany- transportan también nutrientes directamente hacia los llamados “puntos calientes de biodiversidad”, o sea, de gran riqueza biológica, en el fondo del mar. Es probable que todos esos organismos estén absorbiendo esos microplásticos; es terrible”.

BUSCANDO RESPUESTAS. En el laboratorio crían y alimentan las orugas. y estudian su microbiota intestinal.

“Esos microplásticos son principalmente fibras de textiles y de prendas de vestir que las plantas de tratamiento de aguas residuales domésticas no filtran de modo efectivo -destaca el director del estudio internacional, Ian Kane, de Manchester- y entran fácilmente en ríos y océanos”.

“Los datos son escalofriantes -insiste Monmany-. Pero no hay que olvidar que los generadores de esos plásticos son los continentes. Y no estamos prestando verdadera atención al origen”.

“El manejo RSU es un problema en todo el planeta, pero en lugares como América latina, el Sudeste Asiático o África es realmente crítico, y los basurales a cielo abierto son la mayoría -resalta Malizia-. Los microplásticos llegan a los mares desde muy lejos; viajan por ríos, canales... Pueden llegar incluso desde Tucumán: aunque el Salí termine en Córdoba, sabemos poco sobre la dinámica de las napas subterráneas”.

Está claro que la Argentina también alimenta la gran isla del plástico del Atlántico Sur. Y no hemos rozado siquiera el tema de la “plastificación” de tantos otros ambientes.

En busca de soluciones

El abordaje de la contaminación por plásticos -destacan las tres tucumanas- necesita analizar dos dimensiones: la microbiológica (que es donde entra la oruga) y la socioecológica, que tiene que ver -explica Monmany- “con el estudio y la descripción de la dinámica de generación, utilización y disposición final de los plásticos”.

“Porque por más hallazgos que sigamos haciendo a partir de la oruga, la solución no puede quedar en manos de los microorganismos. Posiblemente puedan ayudar, pero nunca serán por sí mismos la solución a ningún problema de degradación”, resalta Álvarez. Los micoorganismos de los que habla son los que estudian para comprender qué hace posible que la oruga pueda alimentarse de un derivado del petróleo, “lo cual lleva inevitablemente a preguntarse por la microbiota de la oruga”, agrega.

“Hemos aislado algunas bacterias que demuestran ser capaces (también) de desarrollar su ciclo vital a base de plástico. Pero eso no es suficiente para afirmar que sean las (únicas) responsables de las capacidades de la oruga”, afirma, y explica: “la microbiota de la oruga está compuesta también por microorganismos que no pueden cultivarse en laboratorio, porque no conocemos qué medio necesitan; pero es muy probable que cumplan un rol muy importante en el proceso de degradación de plástico que logra la oruga”. Sin embargo, hay otro camino: identificar y ampliar trocitos del genoma de esos microorganismos con técnicas moleculares; concretamente PCR, la misma que se usa para el diagnóstico de covid-19.

Para esta etapa del trabajo, el equipo ha conseguido dos apoyos cruciales: financiero (de una petrolera interesada en solucionar problemas que el petróleo causa) y técnico/financiero, de científicos de la Universidad de Puerto Rico, encabezados por la microbióloga Filipa Godoy. De esa manera, están pudiendo comparar información del genoma de la microbiota intestinal de la oruga con un banco de datos internacional.

“Identificar qué grupos de microorganismos actúan nos permite avanzar en los experimentos con la oruga. Hay muy pocos datos al respecto”, señala Malizia. “Y somos el único grupo que trabaja en ello. Hay otro en China, pero sólo analizan bacterias alimentadas con polietileno”, agrega Monmany.

Prender y apagar

“Conociendo los integrantes del sistema -retoma Álvarez- podemos manipularlos, y averiguar si su ausencia o su presencia favorecen o no la degradación”. “Tenemos tres grupos de orugas -agrega Monmany-; unas las alimentamos con plástico, otras con telgopor y otras con cera”. “Vamos viendo si se ‘prenden’ o se ‘apagan’ determinados grupos de microorganismos, según la dieta - agrega Álvarez-. Y los comparamos con lo que sucede con los que sí podemos cultivar en el laboratorio”. “Estamos, como equipo, muy contentos con los avances -destaca Malizia-, pero voy a insistir: la mejor solución para la contaminación por plástico no es buscar eliminarlo, sino no producirlo. Y en ese sentido, todos somos responsables”. En ese todos se incluyen desde los ciudadanos, como consumidores, al Estado, con el control de basurales, pasando por los sistemas productivos.

Lo socioecológico

El manejo de los RSU, en este problema, es clave, y el equipo lleva tiempo -cuentan ente las tres- trabajando con comunidades y con reparticiones oficiales. “Hay un factor importante: qué entendemos por residuos. Es definitorio, por ejemplo, en el marco de la epidemia de dengue. Proponíamos descacharrar y mucha gente ni lo concibe; para ellos no es basura, ¡es ‘mercadería’! Cuando lo escuchamos sentimos como una bofetada...”, cuenta Monmany.

“En la provincia la Secretaría de Medio Ambientes regula y controla los lugares donde se instalan los basureros oficiales (no pueden estar cerca de lugares poblados, de ríos ni de zonas inundables) -resalta Malizia-; pero lamentablemente también hay microbasurales ilegales muy difíciles de erradicar”.

Esa es la realidad; ojalá la microbiota de la oruga pueda ayudar. “Pero la gran solución es el cambio de hábitos de consumo y, por sobre todo, de producción: eliminar los plásticos de un solo uso, lo no-retornable. Y que el eslabón productivo de la cadena asuma su responsabilidad para lograr una economía circular”, señala Monmany. Y en la pantalla sus dos colegas asienten.

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