A veces completamente vacías (como una postal de inexistencia) y otras salpicadas de puntitos en movimiento, desde que Martín Cabrera (38 años) arranca su día, las calles tucumanas le devuelven una sensación extraña. Como cierta calma que, a su vez, actúa de memo: es abril del 2020. La covid-19 fue declarada pandemia y el aislamiento obligatorio se convirtió en una necesidad.
Con su moto Zanella azul oscuro, él forma parte de la brigada de 4.000 repartidores que exceptúan la cuarentena para transportar comida, paquetes y favores de un destino a otro.
En el registro de oficios, Martín se describe como “un gasista al que la vida hizo cadete” cuando -hace dos años- dejó Buenos Aires y regresó acá a cuidar de su mamá. La otra parte de la historia involucra el parchado de necesidades económicas con tres empleos.
Por la mañana, puede vérsele junto a una seguidilla de vehículos estacionados por Crisóstomo Alvarez al 3.000; lugar en donde funciona un servicio de recados. La locación cambia al mediodía, y Martín se transforma en delivery gastronómico de un local de minutas. En total trabaja 14 horas diarias, y disminuir esa carga no cuenta como opción. “Nunca sabés con cuánto dinero vas a volver a casa. Hay circunstancias en que hago cero pesos e igual gasto en nafta. Al comienzo de la cuarentena, la mensajería en que estoy había cerrado, pero ahora volvimos por la demanda. Son muchísimos los pedidos que llegaron durante la última semana y media”, manifiesta.
Durante esta jornada la lista de mandados es variopinta. Primero, cubre la entrega de un disfraz para una nena de dos años (víctima de los cumpleaños a cuatro paredes). Después va en busca de un blister de Tafirol a la farmacia (misión para una jubilada) y finaliza la transacción comercial de un joystick entre adolescentes.
Al menos una buena
Igual de alto que la necesidad de intermediarios entre los responsables confinados y las compras, es el riesgo de contagio. Al respecto, la respuesta de Martín es tajante. “Le tengo más miedo al tránsito y a los accidentes viales que al coronavirus. Siguiendo las precauciones adecuadas, el trabajo se volvió más ágil. No hay embotellamientos y se fue el temor a que te roben en las esquinas”, expresa.
Además, el conductor afirma que en esta época crítica su actividad adquirió una nueva mirada social. “En parte, pasamos a ser 'importantes' para incentivar la cuarentena. Sí o sí debe existir alguien que te lleve las cosas a cerca y te evite la exposición. Ese valor extra se nota con el cambio de ánimo de la gente al verte y el trato que recibís”, explica Martín. Al parecer la pandemia logró lo imposible: que se gestionen propinas y en los saludos aparezca un “muchas gracias”.
Conciencia a bordo
Son las 22 y recién Martín logra desentenderse de la cadetería. Llega al hotel en donde vive, deja la moto en el garaje y sube a su pieza para darse un baño. A la secuencia estructura de precaución le suma el cambio de ropa y de elementos sanitarios. Sólo ahí es cuando cruza los 500 metros que lo separan del edificio de su “vieja”. “Ella vive justo al frente. Para visitarla uso barbijo y guantes de látex; con eso manipulo las puertas y el ascensor. Soy bastante cuidadoso y extremadamente responsable en ese sentido. Si de repente me enfermara por coronavirus estaría mentalmente preparado, pero saber que podría contagiar a mi mamá (de 66 años) o a alguien más… eso no me lo perdono”, finaliza.
Reporte de suministros
Antes de la emergencia sanitaria, la rutina de Andrés Lara (29 años) consistía en administrar dos fotocopiadoras: una en el Instituto Técnico y otra en un instituto educativo. Con el cierre de ambas instituciones, ese tiempo se redireccionó de lleno a la cadetería.
Con un reconocible distintivo rosa salmón, Andrés viaja entre las cuatro avenidas siguiendo las indicaciones que una app despliega en su celular. “Vos te conectás a la hora que querés y hay flexibilidad. Cuando regresen las clases pienso seguir trabajando como cadete los fines de semana. No quiero que la aplicación me dé la baja porque ya estoy pensando en las vacaciones de invierno”, describe.
En su caso, prefiere pisar el acelerador a partir de las nueve. “Si hay muchos pedidos, me quedo trabajando hasta las dos de la tarde. Regreso a casa para comer, y retomo. La meta es hacer unos $ 800 o $ 900 por día. Después de eso me voy a cumplir con la cuarentena”, aclara.
Su opinión es que la epidemia modificó los hábitos de compra. En vez de hamburguesas a granel, las solicitudes van por farmacias, verdulerías y supermercados. Aunque hay encargos más insólitos. Por ejemplo, el envío de computadoras de escritorio, juegos de mesa, piletas inflables y hasta acuerdos de divorcio.
“Otra gente te pide que vayas a un kiosco y les compres una golosina o chocolate específico”, agrega el cadete de Rappi. Sin importar la orden, la seguidilla de pasos hace que en cada peldaño de gestión utilice alcohol en gel.
“Estoy menos alborotado que algunas personas. Me siento tranquilo porque mi recaudo va por la distancia. El pedido lo dejo en el piso -evitando el contacto físico- y espero a que el cliente lo agarre. La medida figura como opción cuando entrás a la plataforma, aunque no suelen pedirlo de antemano… No sé, es raro”, finaliza Andrés, con una frase que se volvió recurrente para describir el cúmulo de percepciones y de matices que hoy refleja la covid-19.
Lado B
Ante la ebullición de demanda, las responsabilidades deben maximizarse. En esta línea, Hugo Santucho, titular de la Asociación de Motociclistas, Mensajeros y Servicios (Asimm), asegura que el rubro de encuentra desprotegido.
“La exposición es constante porque los trabajadores circulan intensamente por las calles y carecen de los elementos de higiene necesarios. Las empresas, las aplicaciones y los restaurantes no les brindan barbijos, guantes ni desinfectantes. Necesitamos que los empresarios actúen como corresponde o que el Estado nos brinde una solución”, reclama el sindicalista.







