Sin medicación lograron sacar a más de 200 chicos de la droga

En 16 años el centro La Roca asistió a unos 2.000 jóvenes de todo el país. Los internos hacen pan para vender y se rehabilitan mediante la fe.

21 Feb 2020 Por Magena Valentié
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PANADERÍA. Los jóvenes internos del centro La Roca viven de la venta de los productos panificados. la gaceta / fotos de osvaldo ripoll

Suben a los colectivos con sus grandes canastos blancos cargados de panes. También se los ve por las calles ofreciendo sus productos prolijamente embolsados. Son jóvenes y con mucha amabilidad explican que se están rehabilitando de las adicciones y que viven de la venta de los panificados que ellos mismos amasan. A veces desconciertan sus tonadas foráneas. ¿De donde provienen? De Salta, de Catamarca, del interior de Tucumán... de cualquier lugar que no sea donde están sus compañeros de “malas juntas”. Ellos necesitan cambiar de aire, sentir que empiezan una vida nueva, que se pueden despojar de sus viejas pieles para renovarse completamente como hacen las águilas.

Juan Cruz Orellana, de 19 años, es uno de los chicos que recorren las calles ofreciendo pepas, palmeras, alfajores de maicena y mantecados. Vivía en El Chañar, Burruyacu, hasta que un día, cuando tenía 12 años, sorprendió a un compañero fumando paco, escondido, en el fondo de la escuela. El chico le pidió que no lo delatara y, a cambio, le ofreció la pipa para probar. Fue un viaje de ida. Años después una tía de Juan Cruz se enteró de la existencia del centro de rehabilitación y capacitación La Roca, de Crisóstomo Álvarez 3479 y allá fue para pedir ayuda.

Un olor a pan tostado y vainilla abre el apetito apenas se abre la puerta. En el interior hay nueve jóvenes internos que decidieron, en una especie de retiro espiritual de algunos meses, entregarse a un equipo que los guía en el camino de una vida diferente. El centro trabaja en conjunto con la iglesia Roca de Salvación, de los pastores Miguel Siufi y Christian Calvetti.

“Mi vida cambió de un día para el otro cuando entré al hogar (es como le llaman al centro). Aquí encontré mucha ayuda. Mis padres dejaron El Chañar y se vinieron a vivir cerca de aquí para acompañarme y poder participar de las reuniones, porque siempre se trabaja con la familia”, cuenta el joven que piensa retomar la secundaria y después estudiar Educación Física.

“En el centro no usamos medicación pero contamos con profesionales, médico psiquiatra y psicólogo, que nos asesoran. Dos operadores terapéuticos acompañan a los chicos todo el día. Aquí viven como si fuera una casa, ellos hacen todo, cocinan, lavan su ropa y limpian. En las horas de devocional un pastor comparte con ellos valores tomados de la Biblia”, explica la directora del centro, Sara Carolina Yolde. En 16 años, la institución logró sacar de la droga a más de 200 jóvenes.

Carlos Esteban Orellana, de 43 años, fue uno de los primeros en recuperarse. Ahora es pintor y gastrónomo. Cuenta que vivió hasta los cinco años en la Sala Cuna. Nunca pudo ir a la escuela porque no tenía documentos de identidad. “A los 10 años fumaba, tomaba alcohol y vivía en la calle. Unos amigos de por ahí me enseñaron a escribir mi nombre dibujando con un palo cada letra en la tierra. Mi hermano entró en el hogar y después le seguí yo. Aquí aprendí a leer y a escribir, con la Biblia. A los 35 años, gracias a la abogada del centro, tuve mi primer DNI. A los 37 años fui por primera vez a la escuela”, sonríe.

En “hogar”, donde hasta ahora pasaron más de 2.000 chicos, Carlos aprendió “los valores de no robar y de perdonar”, dice. Volvió a su casa y se reconcilió con su madre. Nunca dejó de colaborar en el centro que lo ayudó a recuperarse.

En la pared del centro hay un águila dibujada. El pastor Christian explica: “esta ave pasa por un proceso de renacimiento, pierde las plumas, el pico y las garras. Sufre mucho dolor para deshacerse de esas partes viejas de su cuerpo, y cuando lo logra, vive por muchos años más”.

Valores aplicados a la vida cotidiana

“Para la rehabilitación de los jóvenes aplicamos los valores de la Biblia a la vida cotidiana de los jóvenes”, explica la directora del centro La Roca, Sara Carolina Yolde. “Los ayudamos a que puedan escuchar a Jesús, y tener un encuentro personal con él para tomar nuevas decisiones”.

El tratamiento tiene cuatro fases pero cada uno decide si está listo para egresar. “La primera es un período de adaptación y de desintoxicación de manera natural.

Antes de comenzar a vivir en el centro, la familia tiene un encuentro con la directora donde se explican todas las circunstancias que llevaron al joven a esa situación. Se le permite una prueba de cinco días antes de decidir si acepta o no ingresar al centro. Además el postulante debe traer una historia clínica y estudios médicos para conocer su estado de salud, y un certificado de buena conducta.

UNIDOS. Juan Cruz Orellana y Carlos Esteban Orellana, recuperados

La familia debe comprometerse a realizar una contribución solidaria mensual para los gastos de estadía del joven, que puede extenderse de un mes en adelante. Todo depende de la persona. Cuando se siente lista puede emprender su camino. 

En la segunda fase se trabajan las decisiones y el desarrollo del carácter y en la tercera el proyecto de vida. En la cuarta y final la institución acompaña al joven para dar los primeros pasos en una vida diferente, alquilar una casa, buscar trabajo, o comenzar estudios.

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