Sociedad

Lebbos, el hombre que nunca estuvo solo en su lucha por justicia

CULPABLE. Lebbos cree que el ex gobernador Alperovich, hoy acusado de abuso sexual, es uno de los culpables de la muerte de Paulina. LA GACETA / FOTOS DE DIEGO ARÁOZ

Lebbos, el hombre que nunca estuvo solo en su lucha por justicia

Desde que se formó la Comisión de Familiares de Víctimas de la impunidad hace casi 14 años, pasaron más de 750 marchas, pero pocas respuestas de las autoridades que deberían proteger a los tucumanos.

19 Ene 2020 Por Leo Noli

El primer concepto fuerte de Alberto Lebbos, el hombre que jamás se sintió solo en la lucha por conocer a los verdaderos asesinos de su hija Paulina, aplica a una verdad tan gigante como dolorosa: “nadie está preparado para enterrar un hijo. Podés convertirte en viudo, viuda, huérfano, huérfana; ¿pero qué sos cuando te quitan a tu hijo? El vacío es imposible de llenar”.

Lebbos reniega de verse ante la consideración mundial como un cruzado. Lebbos es un familiar más entre los 520 de víctimas de la impunidad que no descansarán hasta saber la verdad.

Pasaron casi 14 años desde que Paulina desapareció (26 de febrero de 2006) de la zona del ex Abasto y luego fuera encontrada muerta a la vera de la ruta 341, el 11 de marzo de 2006.

Victoria, hoy ya mayor de edad, perdió a su madre para siempre. Pero como dice su abuelo y también padre feliz de sus hijos, y del menor, Pedro Leonardo, de ocho, la lucha es lo que los mantiene vivo. Él es quien ha sido el puntal para que en Tucumán se lleven transcurridas más de 750 marchas (todos los martes sin falta). Todas pidiendo justicia.

Alguna vez el ex Gobernador José Alperovich, hoy denunciado por abuso sexual por una sobrina, le dijo que no iba a necesitar volver a trabajar. Fue el día del entierro de Paulina. Lo abrazó y le pidió que no se preocupe, que “iba a cobrar todos los meses”. “Yo creía en esa gente, porque soy confiado. De Alperovich, un degenerado, ahora todos se sorprenden, poro yo no. Ahora es fácil pegarle, pero había que estar en la plaza en su época de Gobernador cuando te mandaba los matones a hacerte cagar. Y sabés qué, jamás nos dimos ni nos daremos por vencido. Nuestra fuerza es saber que no aceptaremos un ‘no’ como respuesta”, Lebbos cree que la construcción de un futuro, del mejoramiento de una sociedad tucumana acallada durante años por el miedo, vendrá a partir de una revolución cultural. Una revolución de la palabra, de visibilizar las causas. “Con armas no se gana. Con la palabra, con educar a los jóvenes, sí. Toda revolución lleva su tiempo. Hay que seguir”.

Da gusto escucharlo.

Da gusto ver a un tipo que a los 65 años no se cansa de ir para adelante.

No le molesta, y de hecho se ríe, de todas las veces que quisieron ensuciarlo. Que quisieron amedrentarlo. “Yo era el que cobraba 50.000 mangos de todos lados. Sería millonario ahora, mirá. ¿Por qué no somos ONG, no tenemos personería jurídica? Porque no queremos nada. Solo pedimos justicia”.

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CON ALEGRÍA. Así recuerdo Alberto a su hija. Su luz nunca se apagará.

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 “Como decía (Néstor) Kirchner, ‘tenés que tener plata para tener poder’. Los políticos creen que con el poder pueden hacer lo que quieran, pero ¿sabés cómo se descolocan cuando aparece una chica como la denunciante de Alperovich? Hay que protegerla, contenerla. Esa es una voz que hay que escuchar”.

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Ser autorreferencial es algo incómodo para Lebbos. Prefiere ayudar, visibilizar, insiste. “Qué puede haber sentido la madre de esta chica de Garmendia que estuvo desaparecida y que después de un ‘tiemmmpoooo’ un comisario recordó un posible caso y fueron a exhumar cinco cadáveres al cementerio hasta dar con esta pobre chica que tenía un hachazo en la cabeza. El crimen había prescripto, pero la lucha de su madre no”.

“A Don Agüero, que hace 20 años le mató el hijo un policía, nadie lo para. Sigue dando vueltas en la plaza”.

La Comisión de Familiares de Víctimas de la Impunidad comenzó a gestarse días después de lo de Paulina. “Ella desapareció un domingo. El lunes salta la noticia y el martes se origina la primera marcha. El miércoles, otra. Todas salidas desde la facultad, con compañeros de Paulina. El jueves aparece un tipo con un cartel que decía, ‘justicia por David Acuña’. Y bueno, así empezó a aparecer más gente que hasta ese momento era invisible. Cuando me incorporo yo, nos empezamos a organizar, primero en la plaza Independencia, después en La Royal”, cuenta Lebbos, el hombre que acepta no creer en la felicidad plena pero sí en disfrutar de  pequeños chispazos de alegrías de la vida.

“La primera necesidad básica que tenía la gente era hablar, contar su historia. Cómo era su hijo, qué le había pasado, cómo había sido el hecho; la situación. Era tremendo. Por eso, el fenómeno que se da todos los 26 de febrero, es único”, festeja Alberto, tercera generación en venta de materiales eléctricos en su Alderetes natal.

Siendo amigo de gente muy poderosa, Lebbos admite que el miedo pudo más. Por eso las marchas del 26 son uno de los grandes momentos del año. “Se transformó en una tribuna muy grande. Empezó a venir gente de Santiago, Salta, Catamarca, La Rioja. Recuerdo a una familia de Jujuy que vino a contar cómo la organización de Milagro Sala violaba chicos. Organizaciones con prácticas mafiosas”, si esta gente vino de tan lejos a la marcha de los 26 es por lo que dice Alberto. Sienten que su caso puede tomar otra dimensión.

“Un día se me arrima un señor en la calle y me cuenta que habían violado a su nieto y que tenía un problema con el juez de familia que llevaba la causa. Le dije, ‘mire, señor, tiene que visibilizarlo, animarse a contar la historia. No está bien que sea así, porque nosotros tenemos que tener respuestas de la justicia. Por eso el rol del periodista es importante en esto”.

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SIEMPRE AHÍ. Religiosamente, cada martes los familiares marchan exigiendo justicia frente a Casa de Gobierno.

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“Nadie puede sentirse abrumado por sentir que no puede cambiar el mundo. Solo no vas a poder”.

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Retumban unas líneas referenciales hacia los tentáculos del poder y su poder para generar miedo.

Retumban en él los recuerdos vivos sobre la última noche, sobre la última charla con Paulina. “Le dije que se divierta, que se cuide. Todo lo que un padre le diría a un hijo. Ella era una gran persona, muy atenta, servicial. Así la recuerdan sus compañeros, nosotros. Victoria es igual a ella”.

En este andar de bandera verde en busca de la verdad, Lebbos traza con ejemplos cómo fueron cambiando las formas de apoyo hacia los familiares de las víctimas.

1- “Un día me agarra un tipo a los abrazos. Lloraba desconsoladamente y me decía que quería ir a las marchas pero que en su casa no lo dejaban. Era empleado público y tenía miedo de perder su trabajo. Tenía una pena muy grande, ese hombre. La gente tiene más miedo de perder su trabajo de que la maten. Otra realidad que sirve para tapar la voz del pueblo son los casi 150.000 empleados públicos de la provincia. Todos tienen miedo de manifestarse, todos tienen un pariente”.

2- “Viene otro y me dice, ‘Lebbos, en todas las marchas estoy con usted. Voy y me siento en la esquina del bar y de ahí, firme’”.

3- “La secretaria de Derechos Humanos de la provincia de Tucumán, Erica Brunotto, tiene su oficina en casa de Gobierno y jamás se cruzó siquiera a preguntar qué necesitamos. Que no hablé conmigo, pero sí con esta gente. Tiene un jefe que tampoco la manda (por el gobernador, Juan Manzur)”.

4- “A (Hugo) Sánchez (ex Jefe de la Policía de Tucumán) me lo crucé varias veces en la calle, y me decía: ‘seguí con tu marchita’. Se me cagaba de risa en la cara. ‘Voy a seguir, porque algún día vas a estar en la cárcel’. Dicho y hecho”.

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JUSTICIA. Los familiares nunca bajarán los brazos, mientras buscan respuestas.

Ejemplos de dolor

El tiempo pasa volando, tanto que la tarde se despide y entramos a jugar contra reloj. En la plaza esperan otros familiares para comenzar una nueva marcha. LA GACETA acompaña a Lebbos y al resto. Entre ellos está Oscar Forté, un hombre pasado de años, menudito, muy amable. Desde hace 45 años Oscar y su familia buscan conocer la verdad sobre qué pasó en la Maternidad. A Oscar y a su esposa les robaron su bebé.

Mientras caminamos, antes de repasar el nombre de cada una de las víctimas, Alberto recuerda el caso de Cucky, una señora a la que describe con un amor y una bondad única. Cucky estaba casada, tenía un hijo que era amigo de uno de los hijos de Alberto. La familia tenía un pequeño negocio en Alderetes en una zona medio complicada. “La droga le hizo daño a la zona”. Tres delincuentes pasados de rosca, uno con un revólver, entran al negocio a robar. El marido de Cucky, un tipo corpulento, pide calma. En eso, su hijo intercede y se pone delante de su padre. Ese chico de 18 años fue asesinado a sangre fría.

Cucky empezó a marchar, como tantas otras mujeres, mientras intentaba luchar contra el dolor de saber que su hijo ya no está. Que se lo llevaron joven. “Esta comisión está llena de mujeres y eso tiene una explicación. El hombre no puede con la sensación de saber que perdió su rol de protector, que no pudo proteger a su familia”.

La muerte violenta de un hijo se compara con una bomba atómica. “Destruye todo”, reconoce Alberto. La familia perfecta de Cucky, lamentablemente se quebró. Ella terminó por su lado, su esposo por otro.

Estuvo mal, ella. Lo perdió todo, hasta que pudo empezar a salir de nuevo. Cambió su vida tanto al extremo que le pidió empleo a una florista del cementerio de Alderetes.

 Quería estar cerca de su hijo.