El tucumano Facundo Acuña tiene el sueño de jugar en los cinco continentes

Le restan dos para cumplir con su objetivo.

24 Ene 2020

El sueño de Facundo Acuña Boss combina la pelota de fútbol con el globo terráqueo. El tucumano, de 25 años, tiene la obsesión de jugar en clubes de los cinco continentes en los cuales se practica asiduamente este deporte. Aunque dice que le queda mucho, lleva cumplido el 60% de su meta: ya pasó por América -jugó para Monterrey (México)- y por Europa -para Virtus Badolato (Suiza)-; y actualmente vive en Oceanía, donde integra el plantel de Waiheke United, equipo de la Segunda división de Nueva Zelanda.

Pero como ocurre en la mayoría de los casos en los que uno persigue un sueño, el camino no siempre resulta asfaltado y de bajadita.

El periplo del delantero arrancó en 2013. Jugaba con amigos en Campo Norte cuando un conocido se le acercó y le ofreció la posibilidad de jugar en México. Sin mucho divague, aceptó. “Ahí vivía con el que me había llevado y con su mujer, pero me sentía solo. Todos los días me tomaba tres colectivos para ir a entrenar; y algunas veces me perdí. Me afectó la cabeza estar muy solo allá”, recordó. Cuando decidió regresar, tras haber pasado allí la primera mitad del año, le ofrecieron llevarlo a Tampico Madero (grupo Pachuca). Pero su decisión de volver estaba tomada.

EN EUROPA. Jugó con nieve en Suiza.

“Durante la segunda mitad de 2013 jugué el Federal A con Gimnasia y Tiro (Salta), pero casi no sumé minutos. Tuve problemas disciplinarios: en la pensión, los más grandes me querían hacer pagar derecho de piso; yo soy temperamental y un par de veces las cosas terminaron mal”, contó.

Tras la mala experiencia salteña, en 2014 se sumó a San Martín, el club de sus amores. “Juan Amador Sánchez era el técnico; y quedé para el equipo de Liga. Estuve un par de años, durante los cuales nunca tuve oportunidad en el primer equipo. Ver que mis amigos iban debutando mientras yo no avanzaba me afectó mucho, y decidí dejar el fútbol”, dijo.

En 2017 sacó una visa de trabajo para Nueva Zelanda. “Viajamos con un amigo; allá laburé de bachero en un bar, durante una semana. Luego entré a un viñedo, para el cuidado y la selección de las uvas”, enumeró. Y entonces fue cuando el destino metió la cola: el viñedo quedaba justo al frente del club Waiheke United.

Facundo descolgó los botines y se cruzó para probarse. Tras dos semanas de ensayos le dijeron que quedaba. “Este club no le cierra la puerta a nadie. El año pasado había un japonés, hay chilenos, uruguayos y varios argentinos. Yo llegué de casualidad, y este será mi tercer año”, indicó.

Waiheke United presenta una particularidad, que convierte cada partido en una pequeña aventura. Queda en una isla a 40 kilómetros de Auckland. Sólo se entra o se sale de allí mediante transporte marítimo. “Cada vez que jugamos de visitante viajamos una hora en barco y, luego, entre dos y tres más en colectivo para llegar hasta las otras ciudades”, contó.

EN EUROPA II. Con el Virtus Badolato.

En febrero del año pasado tachó Europa de su lista de continentes donde jugar. “Una persona nos ofreció, a un compañero y a mí, que vayamos a jugar en Virtus Badolato, del ascenso de Suiza. No lo dudamos. El frío y el aburrimiento de esa ciudad no lo viví en ningún lado. Perdí todas las uñas de un pie por entrenar con el frío, nunca me adapté”, contó. El pronto retorno a Nueva Zelanda estaba cantado. “Un día perdimos un partido clave por el ascenso y le dije a mi compañero que no aguantaba más, y que me volvía; él estuvo de acuerdo”, dijo.

Cultura

Los viajes le dieron a Facundo la posibilidad de conocer cómo se vive el deporte en los distintos lugares. “El fútbol neozelandés es muy físico. Son muy fuertes, pero juegan sin mala intención. Aunque son apasionados, no son tan fervorosos como en la Argentina”, contó. El frío no fue lo único que lo “expulsó” de Suiza. “Allá ni se conversa en el vestuario. Los compañeros llegan con auriculares; cada uno en la suya. Incluso en Nueva Zelanda, como hay tantos latinos, siempre se oye música, cumbia, gritos; se genera un lindo clima que motiva. En los seis meses que estuve en Suiza nunca se juntó a comer todo el plantel”, señaló.

Pero no sólo observó el fútbol suizo. “Es un reflejo de la sociedad. Dentro del estadio es exactamente igual que afuera: la gente va, se sienta, mira el partido, grita el gol, aplaude; pero a los 10 minutos de haberse ido de la cancha ya se olvidó. Ni siquiera sabe si su equipo ganó, perdió o empató. En Nueva Zelanda, el fútbol es como el rugby en Tucumán: los estadios son chicos; y aunque no hay multitudes, siempre hay gente”, dijo.

Más allá de su plan de pasear su fútbol por el planeta, Facundo tiene otro pequeño sueño pendiente, que involucra al club del cual es fanático. “Quiero jugar en la cancha de San Martín; con esa camiseta o como rival, pero sería maravilloso entrar al césped con esa cancha llena. A mis compañeros de Waiheke United les enseño las canciones del ‘Santo’. A veces, incluso, las traduzco al inglés, para que entiendan”, afirmó, riendo.

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