Sociedad

Qué dicen los que mantienen el corazón de estudiantes

Qué dicen los que mantienen el corazón de estudiantes

De acuerdo con la escuela y con la época, la celebración del Día del Estudiante era diferente para cada alumno. Coloridas carrozas, desfiles y canciones son algunos de los recuerdos que todavía perduran en la memoria de los egresados.

21 Sep 2019 Por Guadalupe Norte

Primavera y juventud son dos conceptos que se llevan bien, sobre todo en un día como hoy en el cual la energía fluye por cada célula del cuerpo de esos organismos vivos llamados estudiantes. Una especie rara que habita entre aulas, exámenes y deseos de tiempo libre.

Para ellos el calendario guarda un día especial y, aunque la forma de celebrar la fecha cambió conforme pasaron los años, cada egresado conserva anécdotas inolvidables de su tiempo en la escuela o en la universidad. Es ahí, en la memoria, donde somos eternos.

Sin contar con el colorido cotillón y las fiestas nocturnas característicos de la actualidad, el Día del Estudiante es una celebración que en sus orígenes estaba más ligada a la educación que a las fiestas fuera de la escuela y con alcohol como suele ser ahora. De eso hablan nuestros entrevistados, a la vez que rememoran cómo eran las celebraciones décadas atrás.

Al hablar de aquella época, entre los recuerdos más dulces de la escritora Honoria Zelaya de Nader (80) está el entonar con el pecho hinchado de orgullo las estrofas de la “Canción del estudiante” (1920). “¡Estudiantes!... alcemos la bandera que ilustran los próceres de ayer, y florezca a sus pies la primavera del amor renovado en nuestro ser” sonaba en el patio de la escuela Normal de Monteros antes de dar inicio a la celebración y atacar los sanguchitos.

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A LOS 80. Honoria todavía se emociona con la “Canción del Estudiante”. LA GACETA / DIEGO ARÁOZ

“La concepción de la celebración era distinta porque no involucraba tomar alcohol o festejar en los boliches. Se trataba de un acto de respeto y unión; de honrar la posibilidad de recibir educación -comenta la exalumna de 5° A-. La fecha iba más allá del individualismo y, en su lugar, representaba un fraternal día de encuentro entre colegios”.

La mejor parte llegaba a la hora de los juegos, cuando los partidos de fútbol y las competencias deportivas enardecían al estudiantado. En un flashback Honoria puede verse sorteando obstáculos mientras mantiene con su dentadura de hierro una cuchara y un huevo tambaleante. “Al atardecer nos íbamos a las plazas a dar la famosa ‘vuelta del perro’, o la escuela organizaba viajes de fin de semana hasta la Quebrada de Lules para hacer picnics. El paisaje era hermoso y podíamos pescar, comer junto a los profesores y jugar a las escondidas entre los árboles”, relata “Baby”, que además de conservar el apodo de aquellos años también mantiene varios de los hábitos inculcados en el secundario, como la curiosidad científica.

Por eso, aunque haya pasado el tiempo, Honoria tiene en su departamento una habitación dedicada al estudio y la lectura. Espacio que -salvando las distancias- es también como aquellos escritorios de madera de su adolescencia: llenos de libros y de papeles a la espera de ser descubiertos.

“Los que son, los que lo fueron antes, los que, por suerte, tienen de estudiantes para toda la vida el corazón”, acompasa el bis.

El aguante de la ‘79

Además de forjar poco a poco nuestro futuro, a lo largo del secundario se crean vínculos capaces de perdurar a pesar de los años. Es así que -pese a los cambios en los festejos- las raíces de este día no se perdieron y todavía sigue brotando la necesidad de encuentro.

Tras un fallido intento al sobrepasar el cupo de alumnos inscriptos por la tarde, a la hora de cursar el último año de secundaria Carlos Alderete (59) debió entrar en el turno nocturno de la escuela Técnica 2.

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“Con 19 años yo era el estudiante más chico del curso, mientras que mis compañeros ya trabajan en alguna fábrica o en una empresa... y el más grande tenía unos 32 años. El sacrificio que hacían se notaba y cada ayuda que recibíamos del otro para las tareas o para los exámenes era importante”, rememora Carlos. Entre tanto, los otros seis miembros de la banda hacen chistes con igual vivacidad que en el pasado. “Antes las rejas no tenían puntas filosas, así que cuando nos queríamos escapar saltábamos por ahí y caíamos al otro lado. En uno de esos intentos, un compañero se rebanó el dedo”, agrega Manuel José Peralta, también alumno de la promo 1979.

En este viaje imaginario, el par de amigos regresa a los días en que se celebraba la semana del colegio: festejo que a su vez coincidía con el Día del Estudiante. “Nos volvíamos locos con los torneos intercolegiales de básquetbol, voleibol y atletismo. Además había corsos al aire libre y para muchos cursos los desfiles de carrozas eran importantes”, enfatiza Carlos sobre un tema en el que los antiguos estudiantes se jactaban de ser los mejores.

“Era como en los partidos de fútbol; cada equipo buscaba lucirse con sus habilidades y competíamos por crear las carrozas más impactantes”, aclara Héctor Ángel Rivero. Para lograr esa meta, grandes proyectos marcaron la historia de la institución. Entre ellos, el grupo recuerda la construcción de un trencito gigante,  el diseño de un engranaje de madera de tres metros de altura y el fatídico día en que -al acabar de diseñar un avión- debieron cortarle las alas porque no pasaba por la entrada.

Por suerte el pasado no siempre está enterrado y desde hace algunos años un click emocional hizo que los compañeros volvieran a unirse. “Cada tanto sale alguna reunión que nos sirve para cortar con la rutina y tener un cable a tierra. Lo curioso es que siempre aflora alguna anécdota novedosa de forma espontánea. Son cosas que vuelven a la mente y se disfrutan igual que en aquellos instantes de juventud”, añade Carlos, orgulloso de su reuniones de asado, vino y sesiones de truco. A fin de cuentas, 40 años de egresados no son nada.

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