“Tenía que elegir entre comer o pagar la luz, así que estoy a oscuras”

La crisis económica profundizó las carencias en las barriadas En Los Vázquez muchas familias en situación de pobreza llevan meses viviendo a oscuras porque no pueden pagar la luz. El comienzo de clases también los golpea: no pueden comprar útiles.

17 Mar 2019 Por Martín Dzienczarski

El niño de tres presume durante toda la charla con su mamá, María Eugenia del Valle Maltez. Muestra una botella cortada al medio, llena de tapitas de colores, probablemente todas de gaseosa. Juega tirándolas como si fueran autitos.

Las junta, se sube a un tacho dado vuelta para treparse a su mamá y de ahí salta para patear la montaña de tapitas que hacen la vez de autitos de juguete. Después enseña contento una pelota vieja, y vuelve a juntar todas las tapitas. Una y otra vez, para repetir el juego. Unos pasos atrás, las chicas mas grandes, de nueve y seis años, hacen torres de tierra: llenan otras tapitas, compactan el relleno y desmoldan el bloque para apilarlo. El más chico, de un año y ocho meses, se ríe mucho mientras acaricia a un perrito, que levanta el hocico porque entre los mimos y el sol parece que tiene todo lo que quiere.

Viven en una casilla de chapas viejas, madera y lonas. Piso de tierra. No tiene cloacas. Se cocina con leña o basura, y tiene agua de una manguera por una línea compartida. No tiene luz porque no podía pagar la boleta. No tienen heladera. Sin luz, tampoco tiene sentido.

Las nenas más grandes faltaron la primera semana a la escuela: no alcanza para comprar útiles. “Tenía que elegir entre comer o pagar la luz. Hace meses que estoy a oscuras. Apenas llegué a pagar los $ 520 de seguro en la escuela, pero me piden que pague también unos $480 de ‘ayuda escolar’”, dice la mujer desde el patio de su casa, en el barrio Los Vázquez.

La familia de María forma parte de las 5.309 que están bajo la línea de indigencia según la última medición del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (Indec), del primer semestre de 2018 en el conglomerado San Miguel de Tucumán-Tafí Viejo. Son 17.148 personas en situación de indigencia, es decir, que no tienen los recursos económicos necesarios para comer por mes: unos $ 10.197,53 de canasta alimentaria.

Si todas estas personas categorizadas por el Indec fueran a la cancha de San Martín o de Atlético, colmarían la mitad de las tribunas (los estadios tienen entre 30.000 y 35.000 localidades, según la Asociación del Fútbol Argentino). Si se toma el corte de las personas bajo la línea de la pobreza -que no pueden acceder a la canasta básica familiar mensual: $ 25.494- de las 886.897 que viven en el Gran San Miguel de Tucumán-Tafí Viejo, unas 214.750 se encuentran en situación de pobreza. Es el 24,5%: casi una de cada cuatro personas es pobre. Quienes el Indec considera pobres colmarían casi siete canchas de los dos grandes tucumanos. El jueves 28 el organismo publicará las cifras del segundo semestre de 2018 y el pronóstico es negativo: un nivel de pobreza de entre un 31% y un 32%, según los analistas privados. Más familias con carencias.

DISCRIMINADA. María Laura contó que le dolió cuando en la escuela una administrativa la maltrató cuando pedía ayuda para pagar el seguro.

Servicios caros

“La última boleta de luz que llegó era de $ 1.100 y tenía que elegir entre eso o tener para pagar la inscripción en la escuela a mis hijas. En la escuela Amado Nicomedes Juri me piden obligatoriamente que pague el seguro, que son $ 260 por chico. Además me piden sí o sí unos $ 240 de ‘ayuda escolar’, que dicen que es para comprar tizas y hojas. Son $ 1.000 para anotar a mis dos hijas”, cuenta Maltez.

Su bebé, de un año y ocho meses, tiene una cardiopatía (CIV). Los medicamentos deben estar refrigerados, así que los guarda en una vecina, a dos cuadras de su casa. Dos dosis por día las aplica a la luz de un encendedor. Por un problema administrativo, el bebé todavía no tiene DNI.

Maltez cobra la Asignación Universal por Hijo por tres niños, con lo que se aseguran un ingreso fijo. Su esposo, un joven adicto que se recupera en un grupo de Desarrollo Social, trabaja juntando cartón, plástico y metales. También hace changas, lo que sea que le garantice comprar, al menos, un poco de pan por día. Lleva buen tiempo trabajando extra para comprar útiles escolares. El problema es que la economía de los cartoneros está en su peor momento. El kilo de cartón se vende a $ 1. El de hierro, a $ 2. El kilo de botellas plásticas, a $ 2,50. El kilo de aluminio está a $ 14 y el de bronce, a $ 35. Hacer $ 200 en un día es cada vez menos frecuente. El oro, en Los Vázquez, se llama cobre: el kilo está entre $ 48 y $ 50. Los que juntan botellas o metales suelen venderlo los fines de semana. Como los comedores funcionan de lunes a viernes, los sábados y domingos son los días en los que no hay forma de resolver el hambre sin dinero en el bolsillo.

“Necesito mejores condiciones para mis hijos. En esa casillita -de tres por tres metros- dormimos los seis. Tengo una cucheta y una cama grande, bah es un marco que hice con madera. Ahí dormimos mi marido y dos nenes. Mis hijas duermen en las cuchetas. Cuando hace frío nos acostamos todos juntos para darnos calor porque no tengo colchas y el frío entra por todos lados”, sigue la mujer, de 28 años.

Cuando el boleto estaba a $ 15,50, Maltez tenía que ahorrar para llevar al bebé a control en el Hospital de Niños. Con la tarifa a $ 19,30, aseguró, ya le tocó ir y volver caminando: 60 cuadras.

Discriminación

Enfrente vive María Laura Sosa (38 años). En su casa son siete: dos adultos y cinco niños. También está a oscuras porque no podía pagar la boleta de la luz.

“Tengo cinco hijos. Los más chicos, de ocho, 10 y 13 años, cursan en la Amado Juri pero no los mando porque no tengo para comprar útiles. Los dos más grandes van a ir conmigo a la escuela de adultos, porque aunque tienen 15 y 17, no los quieren recibir en la escuela”, cuenta Sosa con las manos cruzadas. Y agrega: “no cobro AUH por ninguno, porque hace cinco años tenía que ir a renovar los papeles y no pude: no me alcanzaba para el boleto. Cuando los anoté a los más chicos en la escuela una administrativa me dijo que yo los anotaba sólo para cobrar la AUH. Yo cobro un plan, un Ellas Hacen, y lo trabajo. No sé leer ni escribir pero los mando a mis hijos para que estudien, puedan ser alguien y no vivan como yo. Por eso me dolió lo que me dijo. Es una escuela pública y te cobran inscripción, seguro, cooperadora y demás”, reniega la mujer.

En la familia se sostienen con el plan, con un carro para cartonear y algunos animales. “Quiero útiles para que los chicos estudien, como todos en el barrio”, dice, conformándose con menos de lo que necesita.

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