No hay vuelta que darle, estamos verdes - LA GACETA Tucumán

No hay vuelta que darle, estamos verdes

08 Mar 2019 Por Guillermo Monti
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De repente, por obra y desgracia de un perrito atacado con brocha gruesa, todo se tiñó de verde. La mira telescópica de las redes sociales hizo blanco en la familia Assan, que ya venía apuntada por el nombramiento masivo de personal en la “Secretaría de Saneamiento y Mantenimiento de Espacios Públicos”. Mucho nombre para tan escaso resultado, teniendo en cuenta la mugre que circunvala la ciudad. La cuestión es que el pichicho terminó en el veterinario, operativo ampliamente difundido -también por redes sociales, qué duda cabe- por la propia familia Assan. Ya no exhibía rastros de pintura, lo que calmó por un rato la ira de quienes asomaban dispuestos a iniciar una cruzada digital para salvar a Macaco de un envenenamiento seguro. Total, por sobreactuar en Facebook o en Whatsapp nadie se pone verde.

El via crucis de Macaco desnudó la ola verde que recorre aquellos barrios sometidos a la influencia de los Assan. No aquella “Ola verde” de Flavia Palmiero, sino un extraño paisaje, entre onírico y bizarro, de árboles verdes, postes verdes y casas verdes (“hermoseadas”, al decir de Sara, hija y heredera dinástica de “Alito”). No es el verde tupido de las yungas ni el verde plácido de los valles (los nuestros, de sangre calchaquí, o aquellos de “Qué verde era mi valle”, gran película de John Ford). El verde Assan es más claro, destellante, casi fosforescente. Imprescindible para hacerse notar en un territorio multicolor, en el que pescan Germán Alfaro, Armando Cortalezzi, Christian Rodríguez y todo un ramillete de punteros con trajes de zapadores. Al sur de la avenida Roca está prohibido mostrarse verde en política. Literalmente, te comen crudo.

El “macacogate” le vino de perlas a una siesta de miércoles. Lo importante en estos tiempos es encontrar temas que alimenten las conversaciones digitales y ese hallazgo (¡mancillaron la pureza de una mascota!) fue un pase gol que, como corresponde a estos tiempos, terminó convertido en un tsunami de memes pintados de verde. Bien por Macaco, que tuvo sus 15 minutos de fama warholiana y, si bien no llegó a sentarse en el sillón presidencial como Balcarce, perro de cabecera en la Casa Rosada, posó como un profesional en fotos y videos.

La anécdota hace al folclore de un Tucumán en el que nadie se pone verde, por más que la envidia lo carcoma. El rojo nos descubre la vergüenza y el blanco, un buen susto. El amarillo revela alguna enfermedad y el marrón, una panzada de sol. El azul corre por las venas de aquella aristocracia tan propia de Jane Austen o de Billiken, una construcción cultural orientada a figurar diferencias físicas para justificar las diferencias sociales. El negro es el abismo, ese blackout inevitable que nos aguarda y en el que nadie quiere pensar. Y mientras tanto, ¿qué hacemos con el verde?

Habrá mucho verde en las marchas que se multiplicarán hoy, subrayando conquistas y visibilizando reclamos, en otro aniversario del Día Internacional de la Mujer. Hasta ayer, contando desde el 1 de enero, se habían registrado en el país 47 femicidos. La estadística de violaciones y de violencia doméstica, sin ser precisa, da cuenta de una curva que nunca deja de ascender. Hay más campañas, hay más voces que se hacen escuchar, hay más denuncias, pero la sociedad sigue demasiado verde. Y cada segundo que demora la madurez ciudadana es tiempo que a una mujer en peligro se le va de las manos. A todo esto, el crimen de Paulina Lebbos, un símbolo de los pañuelos verdes, sigue impune.

Verdes son las esmeraldas y verde es el dólar, que ayer rompió la barrera de los 43 pesos y no exhibe motivos para tomarse un respiro. El petróleo será el oro negro, pero para los argentinos no hay como ese oro verde que no es la soja, sino el billete con la cara de George Washington (o si es posible, la de Benjamin Franklin, que engalana el billete de 100). El dólar sube hasta ponerse rojo porque no sabe hacer otra cosa en estas tierras y la sociedad se angustia, por más que la amplia mayoría jamás haya tenido un fajo de los verdes en la mano. “Ya no sirve vivir para sufrir”, decía Charly García en aquella canción que empezaba con una queja/confesión: “estoy verde, no me dejan salir”.

Pensar que Tucumán es el perro verde de la realidad nacional es un autoengaño. Sentirse excepcional, por más que se hable más de rareza que de virtud, agiganta el ego. El perro andaluz es fiel y seguidor, el perro familiar es el más tucumano de los monstruos, el perro verde -que era además el título de un programa de entrevistas conducido por Jesús Quintero- es una anomalía. Y no hubo nada anómalo en Macaco, apenas un brochazo de verde ignorancia. Ni perro verde ni el gato negro al que estigmatiza una racha de mala suerte, siempre será mejor pensarnos como parte de un todo para entendernos mejor.

Se supone que la esperanza -que va de la mano con el optimismo- luce un verde deslumbrante, como el césped recién cortado. La esperanza puede olerse, palparse, hasta disfrutarse como una ensalada de hojas verdes o un puré de palta, en esos momentos en los que tanta falta le hace un poco de color a la vida. Hasta que llega la boleta de la luz, o hay que cargar nafta, o la tarjeta Ciudadana queda en cero y en el horizonte asusta un boleto de ¿24 pesos? Entonces las góndolas del súper, con toda esa oferta multicolor, parecen la vidriera de una joyería. ¿Qué queda en el carrito? Naranja Fanta. No, la vida está lejos de ser un lecho rosado.

Pero a la vuelta de la esquina hay elecciones y la zona de promesas se activa. Habrá muchos “macacogates” durante las próximas semanas, así que a nadie le sorprenda la policromática paleta de salvajadas, chicanas y revelaciones tan propias de una campaña que jamás es verde, sino bien oscura. Los exotismos irán mucho más allá de un simpático perrito al que la pintura le borró la sonrisa. Nada que no se haya visto en Tucumán, donde los problemas de fondo son los de siempre y, como el burro atado al arnés, damos vueltas tirando sobre lo mismo. Será porque creemos que las sabemos todas, pero lo cierto que seguimos estando bien verdes.

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