Preservar la palabra

18 Ene 2019 Por Gustavo Martinelli

Esta columna tuvo una génesis singular. Comenzó primero con la idea de hablar sin concesiones sobre la degradación de nuestro lenguaje cotidiano. Pero, de pronto, una historia difundida por el diario español El País hizo que el tema tomara otro rumbo: un rumbo menos combativo y más reflexivo. La nota en cuestión relataba un hecho real, que ocurrió hace un tiempo en una escuela experimental de Guaratinguetá (Brasil). La protagonista era una maestra que, cansada del fracaso de muchos escolares, decidió alfabetizar creativamente a los niños de una precaria zona rural. Y el método no pudo ser más prodigioso: utilizó semillas y versos, que se sembraron al mismo tiempo en el jardín de la escuela. La estrategia consistía en lo siguiente: los chicos tomaban una semilla, hacían el agujero en la tierra y depositaban el grano junto a un poema que ellos mismos elegían después de haberlo leído y analizado a conciencia. Cuando la simiente brotaba, los versos se convertían en flores y en hojas de palabras. De pronto, una semilla de azucena brotaba y mostraba sus hermosas flores amparada por un poema de Clarice Lispector. O una planta de mango, era capaz de dar frutos bajo el armonioso influjo de Fernando Pessoa. Así se hizo el milagro: con este llamativo sistema, aquellos niños de familias pobres aprendieron a leer antes de la edad promedio. Genial y sorprendente ¿no? Aquella maestra peculiar logró hacer lo que muchos consideran imposible: rescató el valor de las palabras hasta convertirlas en elementos vivos y palpables. Un efecto que sólo algunos poetas (Neruda, Rilke, Mistral, Vallejo o Benedetti, entre otros) consiguieron provocar con sus versos. En este caso, la docente brasileña utilizó una estrategia realmente conmovedora. En portugués, el agujero que se hace para colocar las semillas se llama “cova”, que significa pozo y evoca la sepultura. Empecinada en inculcar en sus alumnos la idea motriz de vida en vez de la de muerte, la maestra tuvo la sorprendente idea de cambiar aquella palabra por el término “berço”, que quiere decir cuna. Entonces, les dijo a los niños que para colocar las semillas (de las que nacerían nuevas vidas), debían preparar una “cuna” en vez de una sepultura. Y bastó ese cambio de palabras para que los chicos mostraran otra actitud. Los niños empezaron a remover la tierra con mayor cariño. Hacían el agujero en forma de cuna, acariciaban sus bordes y se notaba en sus manos que estaban preparando algo precioso, para colocar en él a un recién nacido. Porque la semilla no iba a morir en ese agujero; iba a renacer en esa cuna. Y no iba a renacer sola, sino acompañada por aquellas palabras que ellos mismos habían seleccionado a conciencia.

Esta insólita experiencia permite reflexionar no sólo sobre lo equivocada que suele estar toda nuestra pedagogía -anclada aún en estereotipos y modelos decrépitos-, sino que también rescata la verdadera dimensión de las palabras. Hoy, en esta Argentina pretendidamente inclusiva, el lenguaje de todos los días está perdiendo su dimensión trascendente, se está empobreciendo y embruteciendo a niveles alarmantes. Y buena parte de esa degradación está incitada por nuestros mismos dirigentes y referentes sociales. No es sólo las malas palabras o los insultos. Desde los programas de televisión hasta las declaraciones de personajes públicos, pasando por los mensajes en las redes sociales y -sobre todo- en las publicidades televisivas, el predominio del lenguaje vulgar es, a todas luces, un claro síntoma de que algo anda mal. ¿No será que se está fallando en la manera de enseñar el lenguaje? ¿Acaso se ha dejado de exigir la responsabilidad que se le debe al uso de las palabras? Porque, a través de las palabras nombramos la realidad. Y, al nombrarla, las cosas existen, como pasa en el primer verso de las Sagradas Escrituras: Dios crea a través de la palabra. Ahora bien, si lo que dicen las escrituras es real... ¿por qué nos empecinamos en hablar cada vez peor? ¿Por qué incomprensible razón los términos más vulgares se han convertido ya en vocablos comunes que repetimos como mantras a toda hora y en cualquier lugar? No se trata, claro está, de caer en una pacatería infantil. Pero tampoco es cuestión de abandonar aquello que nos legaron. Porque -aceptémoslo de una buena vez- la palabra no es sólo lo que se oye, sino también lo que se ve, lo que se huele y hasta lo que se toca. Los chicos de esa escuela brasileña lo saben muy bien: la palabra tiene vida y se debe preservar.

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