El eterno retorno

01 Sep 2018
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“Quien no conoce su historia está condenado a repetir sus errores”, citó en una entrevista el historiador británico Paul Preston, especialista en hispanismo.

Preston publicó trabajos muy sesudos y rigurosos sobre la historia de España, y, en ese contexto, también de parte de Europa y de la hispanoamérica tan influenciada por el Reino de Castilla.

En un reportaje que le realizó en 2005 Universia, red que reúne a 1.341 universidades de Iberoamérica, Preston explicó cómo las sucesivas dictaduras de Miguel Primo de Rivera, primero, y de Francisco Franco, después, aplastaron el desarrollo económico, social y cultural de España durante gran parte del Siglo XX, condenando a la patria de Federico García Lorca a la postración y a liderar el ranking de los países más pobres del viejo continente durante décadas.

La España que conocemos hoy, moderna, pujante, de constante progreso y desarrollo, pese a afrontar problemas como cualquier país normal, fue posible sólo gracias a una democracia que fue madurando y consolidándose con acuerdos políticos estratégicos. Contratos surgidos a partir de los famosos Pactos de la Moncloa (1977), que fueron básicamente dos: el “Acuerdo sobre el programa de saneamiento y reforma de la economía” y el “Acuerdo sobre el programa de actuación jurídica y política”.

Cuestiones de Estado que, en lineamientos generales, se respetaron durante las sucesivas administraciones, en un país varias veces más complejo que la Argentina, por su larga historia, porque comparte poder con las monarquías, por las sanguinarias guerras civiles que dejaron profundas grietas y por sus separatismos internos extremos.

La historia de los hijos

La historia de los errores argentinos es bastante simple, aunque ciertos sectores del poder interesado quieran hacernos creer que es complicada.

Es que si un problema se presenta como muy complejo, sólo algunos estarán en condiciones de guiarnos hacia la salida. Esta es una de las génesis de la corrosiva soberbia argentina, más acentuada en el puerto, que tanta mala fama nos ha dado a los argentinos por el mundo.

Nuestro problema de fondo no es distinto al de cualquier país del planeta, aunque a nosotros siempre nos guste pensar que somos especiales, y no es otro que la distribución de la riqueza (o de la pobreza).

En los países pobres, como el nuestro, la riqueza está demasiado concentrada o mal distribuida, que es lo mismo.

Porque a no dejarse engañar cuando nos repiten a cada rato que “Argentina es potencia”, o que tenemos todos los recursos naturales, los cuatro climas, que somos un país rico, o que podemos alimentar a 300 millones de habitantes, porque un país que tiene uno de cada tres habitantes debajo de la línea de pobreza es un país pobre.

La riqueza de una nación no se mide por sus recursos, sino por la forma en que los administra y reparte, es decir por por el ingreso de los habitantes que la componen.

Es una cuestión de perspectiva. Claro que hay quienes pueden decir que un indigente muerto de hambre sentado sobre un cofre de oro es rico.

El suelo puede ser muy prolífico, pero al no tener una distribución más equitativa todo se hace desigual. No es tan complicado.

Empresarios y políticos enriquecidos no paran de afectar un país en el que millones de argentinos no logran salir del subsuelo.

Desde 1974 Argentina arrastra una pobreza estructural del 30%, puntos más, puntos menos. Con deuda externa (FMI) o interna (inflación) este país viene financiando la fiesta de una política prebendaria en la que se favorecen pocos. “La patria financiera” o “la patria contratista” son rótulos que se acercan mucho más a la realidad que otros romanticismos como “la patria es el otro” o “la patria de San Martín y Belgrano”.

La patria no siempre pertenece a los que nacen en ella. Muchas veces termina en manos de quienes hacen negocio con ella. Como sugirió alguna vez Librado Rivera, un periodista y político mexicano.

Sin prebendas son muy pocos los políticos que llegan al poder. Así, los bolsos repletos de billetes se convierten en aportes fantasmas, cuyos orígenes van desde el narcotráfico o el lavado hasta la evasión y los sobornos. Dinero que sale de las oficinas de “prestigiosas” empresas y viajan hasta los despachos de funcionarios y candidatos. Dinero que luego financia al clientelismo, la corrupción, las adjudicaciones directas, o los sobreprecios en la obra pública que ejecutan las mismas empresas que llenan esos bolsos con billetes. Es un círculo que no termina jamás.

Qué nos pasó

Los más jóvenes quizás no saben que la participación de los asalariados en la riqueza alcanzó su máximo histórico en 1954. A partir del golpe militar del 55 comenzó a descender a índices anteriores al peronismo y volvió a alcanzar niveles similares en 1974.

Según se consigna en el libro del ex director de YPF, Eduardo Basualdo, “Estudios de historia económica argentina, desde mediados del siglo XX a la actualidad (2006)”, desde 1974 la tendencia ha sido -con grandes oscilaciones- decreciente, con niveles muy bajos durante la última dictadura militar, así como durante la crisis hiperinflacionaria de la década del 80.

“Si bien los años noventa representan una recuperación relativa respecto de la década anterior (gracias a la venta de empresas estatales), tras los primeros años del decenio la proporción del producto en manos de los asalariados volvió a descender sostenidamente”, afirma Basualdo.

En 1974 Argentina tenía pleno empleo y una pobreza apenas superior al 3%. Como en el 54, hubo una fuerte presión de las empresas para ampliar sus márgenes de ganancias que se habían reducido considerablemente y el brazo ejecutor para compensar a los poderosos fue el súper ministro de Isabel Perón, el anticomunista José López Rega, que le encomendó al economista Ricardo Zinn la tarea de idear un plan, más tarde conocido como “el Rodrigazo”, ya que lo implementaría en 1975 el entonces ministro de Economía, el ingeniero Celestino Rodrigo.

Rodrigo asume el 2 de junio de 1975. Venticuatro horas después anuncia un aumento en las tarifas de pasajes aéreos dejando varados a varios turistas a los que se los obligaba a reconocer los aumentos de los pasajes de regreso.

Al día siguiente, el 4 de junio, anuncia el plan de ajuste, que constaba de cuatro medidas principales: 1) devaluación de más de un 150% del peso en relación al dólar; 2) suba promedio del 100% de todos los servicios públicos y del transporte; 3) suba de hasta un 180% de los combustibles; 4) como contraparte anunció un aumento de un 45% de los salarios.

De esta manera, el salario perdía entre el 100 y el 200% su poder adquisitivo.

Luego liberaron las tasas de interés para los depósitos bancarios. El objetivo era reducir el déficit fiscal principalmente mediante el aumento de las tarifas de los servicios públicos.

Cualquier coincidencia con el presente seguro es pura casualidad.

Los primeros resultados no tardaron en llegar: la inflación comenzó una escalada que no paró hasta que 15 años después el país explotó y Raúl Alfonsín tuvo que renunciar.

Aumentaron las importaciones en la medida en que caían las exportaciones y la pobreza inició un ascenso inédito hasta alcanzar un núcleo estructural de entre el 25 y el 30%, con picos más altos durante las sucesivas crisis.

A partir de 1975 Argentina nunca volvió a recuperar los índices del año anterior y este modelo de ajuste de Rodrigo para financiar a la política prebendaria y a las empresas que hacen negocios con el Estado se repitió una y otra vez durante las últimas cuatro décadas y media.

Un dato de color que no muchos saben es que Zinn, el ideólogo del “Rodrigazo”, luego formó parte en la dictadura del equipo económico de José Alfredo Martínez de Hoz, quien estatizó la deuda privada de más de 70 empresas (entre ellas Socma, del Grupo Macri), inaugurando la famosa deuda externa impagable. Más tarde, como militante de la UCedé, Zinn fue uno de los encargados de elaborar los planes de privatización de las empresas públicas durante el gobierno de Carlos Menem. Murió en mayo de 1995 en un accidente aéreo junto con el entonces presidente de YPF, José Estenssoro.

Mientras algunos bancos internacionales que tienen aceitada relación con el gabinete actual compran los dólares de nuestras reservas (¿no será una devaluación encubierta ante la negativa de provincias y universidades de ajustar?), y empujan a seguir ese camino al resto de los argentinos con capacidad de ahorro (el 10%, según el Indec), la deuda externa alcanza niveles preocupantes, al punto que se pone en duda a la hora de prestarle a la Argentina, la inflación bate nuevos récords al igual que el dólar, y el poder adquisitivo de la gente de a pie se desploma.

Dirigentes cada vez más ricos en un país cada vez más pobre no es la causa, es la consecuencia de un modelo de distribución del ingreso.

Es que “quien no conoce su historia está condenado a repetir sus errores”. Como en la tesis del filósofo alemán Federico Nietzsche acerca del “eterno retorno”, en donde con resignación y angustia la historia se repite una y otra vez hasta el infinito.

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