Soldados argentinos que ya no sólo son conocidos por Dios

Hace una década, cuando LA GACETA recorrió Malvinas, más de la mitad de las tumbas del cementerio de Darwin no estaban identificadas.

27 Mar 2018 Por Álvaro José Aurane
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EN 2008. Una de las 122 placas en el cementerio de Darwin, en las islas. la gaceta / foto de álvaro aurane

Hace exactamente 10 años, la ruta principal desde Puerto Argentino hasta Darwin estaba en buen estado. El suelo ripioso se encontraba bien consolidado gracias a las máquinas viales que trabajaban desde temprano, cuando LA GACETA emprendía el camino, a 26 años de la Guerra de Malvinas. A un lado y al otro, lo que más se veían eran ovejas y piedras. El archipiélago del Atlántico Sur, por momentos, parecía el lugar con más rocas de todo el planeta.

Pero a las 9 del martes 1 de abril de 2008 también se apreciaban las nubes lamiendo una prominente elevación del terreno, que los ocupantes del archipiélago llaman Usbourne Mountain. Mide unos 700 metros sobre el nivel del mar. Y las islas y el nivel del mar son, normalmente, una y la misma cosa. Pero el paisaje nunca alcanzaba a tornarse bucólico: en el trayecto hacia el lugar donde centenares de argentinos han encontrado sepultura se sucedían, casi como crueles alegorías, los alambrados que delimitan los campos con minas argentinas enterradas. Unas 20.000 trampas antipersonales aún esperan por explotar.

La muerte también supo adueñarse del horizonte, aunque sus marcas ya no estaban en la topografía, sino en la memoria histórica. Luego de media hora de viaje se divisa, a la derecha, la zona que los isleños denominan “Bluff Cove”. Allí, dos barcos de logística inglesa fueron bombardeados por la aviación argentina, en un ataque que les costó la vida a 50 soldados británicos. La traducción del nombre podría ser nada menos que “Ensenada fanfarrona”.

Viajaron a Malvinas para cicatrizar heridas

Hay que doblar a la izquierda para dirigerse a Darwin, por un camino que, hace hoy 25 años, no existía. A traviesa las montañas que los isleños llaman Sussex. Desde la cima se logran ver, difusamente grises, algunas siluetas de la isla Gran Malvina, que los actuales ocupantes llaman simplemente West Island.

Por fin, ahí está. No importa que los isleños llamen East Island a esta parte del archipiélago. Cuando se ven las cruces, esta tierra, más que nunca, se llama Soledad.

Una blanca cerca de madera delimita el perímetro del cementero de Darwin, que alberga 230 cruces clavadas en tierra doliente. En los mármoles al pie de 108 de ellas, podía leerse el nombre de cada fallecido. En las otras 122 tumbas estaba escrito “Soldado argentino sólo conocido por Dios”. Una expresión políticamente correcta, pero carente de certeza. El año pasado comenzó, justamente, el proceso de desenterramiento, identificación y nuevo enterramiento de esos compatriotas que dejaron en las islas todo lo que fueron, y todo lo que podrían haber sido. Por estas horas, los familiares de 90 de ellos están reencontrándolos en ese helado camposanto.

Por cierto, los cuerpos bajo tierra superaban a las cruces que se elevaban sobre ella. En total, eran 239 los argentinos enterrados en Darwin. Como marco, había 24 mármoles negros de fondo, ubicados a los lados de la Cruz Mayor. Contenían los nombres de 649 argentinos. El hecho en sí agrega otra cifra a la controversia sobre el número de bajas argentinas. No son ni los 653, ni los 694, ni los 750 de los que el periodismo nacional habló en periódicos y libros, ni tampoco los 655 mencionados por la prensa británica.

“El pueblo de la Nación Argentina en memoria de los soldados argentinos caídos en acción en 1982. Comisión de familiares de caídos en Malvinas e Islas del Atlántico Sur”, decía una de esas piedras oscuras, en el que muchas de sus letras grises eran difíciles de identificar por las manchas de humedad.

Hace una década, sobre las cruces de muchos de esos soldados cuyos nombres ignoraban quienes les dieron sepultura había plaquitas de bronce, flores frescas y también marchitas, y rosarios que le daban pelea al viento. Y a un lado de muchos de esos mármoles sin identificación, los parientes, los amigos y los compañeros de los fallecidos habían colocado tarjetas identificatorias, con los datos de su gente. No parecían estar ubicadas caprichosamente, sino que estaban acomodadas con absoluta convicción. Como si rigurosos exámenes hubieran determinado ya entonces quién era el argentino que yacía debajo. Porque existen cosas entre el cielo y la tierra que ni la propia ciencia puede explicar…

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