Las bibliotecas, lugares de encuentro en 1930

12 Mar 2018
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SALONES DE LECTURA. Las imágenes muestran los lectores usando las instalaciones de la biblioteca de la Universidad Nacional de Tucumán (arriba) y de la biblioteca Alberdi. Las acompañan viñetas de nuestro dibujantes Ricardo Saravia, alusivas a la lectura en distintos ámbitos.

Manuel Riva - LA GACETA

La trascendencia de las bibliotecas populares en las primeras décadas del siglo XX estaba dada en la gran cantidad de público que se acercaba a ellas para usar sus salas de lectura o para retirar libros que serían leídos en la casa. En esta línea nuestro diario presentaba una nota con las lecturas que los tucumanos de los primeros años de la década de 1930 tenían. La base de la crónica eran las estadísticas de pedidos de libros realizadas a lo largo de 1932 en la biblioteca de la Sociedad Sarmiento con ayuda de alguna información aportada por la Biblioteca Alberdi. Más específicas eran las lecturas de los estudiantes de la Universidad que usaban la Biblioteca Central de la institución.

La crónica hacía una valoración de esas instituciones por su apoyo a la promoción de la lectura. El cronista se preguntaba: “¿qué es lo que el público tucumano lee?” Quizás esta pregunta, en el presente, tuviera una respuesta en consultas a las editoriales y librerías que operan en nuestra provincia. En aquellos años se estimaba que la mejor información sería aportada por las bibliotecas públicas.

La información decía: para responder a esta pregunta no existen otros elementos serios de juicio que los que proporcionan las estadísticas que llevan algunas bibliotecas públicas. Ellas revelan aspectos interesantes de la preferencia del público lector por determinadas materias de la clasificación bibliográfica y de las épocas del año a que corresponde el mayor número de concurrentes a las salas de lectura.

La noticia agregaba: el público demuestra una predilección acentuada por la literatura según los registros de la biblioteca de la Sociedad Sarmiento que es la más concurrida de la ciudad que demuestran que de las 18.444 personas que recurrieron a sus anaqueles en demanda de libros, más de dos terceras partes, 13.300, solicitaron novelas, versos, narraciones y cuentos mientras solamente 1.270 estudiaron filología y el reducido número de 377, filosofía, materia esta que contó con la menor cantidad de lectores. Los datos correspondían al año 1932 y estaban discriminados por temas como literatura, artes, filosofía, filología, ciencias naturales, ciencias sociales, historia y geografía y ciencias aplicadas.

El cronista consideraba que quizás debido a la existencia de la biblioteca universitaria, los libros específicos se consultaban allí y no en las públicas. Debido al gusto por la literatura: la afluencia de público a la biblioteca fue mayor durante el otoño y la primavera, estaciones propicias para esta clase de lecturas que requieren una predisposición espiritual adecuada.

Una tabla detallada mostraba la distribución de lectores mes por mes. Agosto y julio tuvieron la mayor cantidad de lectores con 1.833 y 1.729, respectivamente. Octubre y abril tuvieron más de 1.600. Los de menor cantidad fueron febrero con 1.340 y mayo con 1.366. Las proporciones mensuales eran similares a la media anual en cuanto a que las obras literarias copaban las dos terceras partes de los pedidos.

En cuanto a las instituciones interpretaba que eran: centros de cultura que a pesar de las dificultades financieras provocadas por el retiro de algunos subsidios y el atraso de otros, las bibliotecas han continuado desarrollando su acción de difusión cultural en estos últimos tiempos en que, por raro contraste, ha aumentado el interés público por buscar en ellas los elementos de ilustración necesarios lo que traduce una inquietud espiritual plausible.

Las bibliotecas populares son centros culturales en cada zona y fomentan actividades paralelas, aunque lo principal sigue siendo la lectura. El crecimiento de las bibliotecas populares está asociado al crecimiento global del llamado “tercer sector”. Son fundadas por sociedades de vecinos y forman parte de una tendencia participativa y solidaria que involucra a las personas. Muchas funcionan en espacios donde además hay talleres, cursos y todo tipo de actividades recreativas y culturales.

La Unesco a través de su Manifiesto sobre la Biblioteca Pública (1994) dice: “La Biblioteca Pública es un centro de información que facilita a los usuarios todo tipo de datos y conocimientos”. Los aspectos más destacables son: estar sostenida por la comunidad (fondos públicos) y estar abierta a todos, sin ningún tipo de discriminación.

La digitalización de los libros abrió un nuevo espacio a las bibliotecas virtuales, accesibles desde cualquier punto del planeta. Es decir que un usuario de Internet puede acceder a la lectura de libros en dispositivos electrónicos.

Las bibliotecas populares son, como decía Domingo Faustino Sarmiento, “el medio auxiliar y complementario de la escuela, porque pone a disposición de las poblaciones lejanas libros útiles y atrayentes, generalizando los conocimientos donde quiera que haya un hombre capaz de recibirlos”.

En marzo de 1812 se inauguró la primera biblioteca pública en Buenos Aires. En 1870 se creó la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (Conabip) bajo la ley 419 impulsada por Sarmiento. En 1866 se funda la primera biblioteca popular en la provincia de San Juan.

La investigadora Alejandra Ravettino Destefanis destaca, en una ponencia presentada en la Jornada de Argentina Reciente, que hacia 1872 había 106 bibliotecas populares, en 1936 funcionaban 1477, en 1966 se alcanzaban 1645 y para 1999 existían 1863. El año del centenario mostró un gran crecimiento de las bibliotecas obreras de origen socialista, anarquista y de los círculos obreros católicos. En el período que va de 1976 a 1983 se cerraron 652 bibliotecas populares.

En nuestra provincia la sociedad Sarmiento es la más antigua. Se creó en 1882 y cuenta ya con 136 años. La Biblioteca Alberdi se fundó en los primeros años del siglo XX. En su primera etapa la que va de 1903 a 1911 funcionó en un local alquilado frente a la plaza Independencia. Se trasladó en 1911 a su sede propia en calle 9 de julio.

La nota de 1933 decía: algunas de las instituciones que mantienen esas salas públicas de lectura ofrecen asimismo un ambiente propicio a las especulaciones del espíritu polarizando las actividades intelectuales, artísticas y culturales de la ciudad y en sus salones se dictan clases de idiomas, se diserta sobre temas científicos y se realizan exposiciones.

La lectura proporciona un placer espiritual incomparable, al tiempo que contribuye a la formación cultural. De allí la importancia de las bibliotecas populares, que ponen los libros al alcance de todos. Quienes aprenden a frecuentarlas llegan a descubrir su enorme valor.

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