Mar del Plata, más allá del casino

26 Feb 2018
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BALNEARIOS. Los tucumanos, allá por 1928, coparon Mar del Plata para realizar otras actividades, como muestras las imágenes que ilustran esta página.

Manuel Riva - LA GACETA

La atracción de los tucumanos por el mar viene desde larga data. Las primeras décadas del siglo XX ya veían muchos habitantes del Jardín de la República paseando por la rambla de la Bristol, mojándose en las aguas del mar argentino que baña las costas marplatense o haciendo otros recorridos y viviendo las aventuras que la ciudad permitía.

Nuestro diario, bajo el título No sólo de ruleta vive Mar del Plata, allá por mediados de febrero de 1928, mostraba que la ciudad balnearia también permitía otras diversiones fuera de la mesas de ruleta, blackjack o póker.

El artículo, que era presentado con una buena producción fotográfica sobre lo que los turistas podían realizar en la costa, expresaba: los que pronosticaban que Mar del Plata no podría existir sin las emociones de la ruleta, principian a darse cuenta de su error. Cierto es que se experimenta una sensación extraña al llegar al balneario y no encontrar las salas de sus casinos en plena actividad, iluminadas “a giorno” y pobladas del “rumor de silenciosas muchedumbres”, ante la expectativa constantemente renovada , de la conocida advertencia del “crupier”: “no va más”... El cronista trataba de llevar la mirada hacia otras actividades aunque el casino era un imán importante para muchos turistas. A continuación expresaba la noticia: nadie se muere de aburrido durante la actual temporada marplatense. Los jugadores empedernidos han tomado rumbo a Montevideo, o no se han movido de Buenos Aires. Eso ha podido modificar una de las características del balneario, es verdad. En cambio, la enorme mayoría de los veraneantes se siente cómoda sin ruleta.

La crónica mostraba casi al pasar el cierre de los casinos en los años 1927 y 1928. La historia de las salas de juegos del país -entre las que se destacaba la de Mar del Plata-, se puede dividir en tres etapas, según cuenta Marcelo Pedetta en su trabajo “Los casinos de la Costa Atlántica entre la Nación y la Provincia, Disputa por el botín. 1944-1950”.

La primera etapa comienza en 1889, cuando se instala una ruleta en el hotel Bristol, que luego llega al Club Mar del Plata y al Club Pueyrredón. Esta etapa finaliza en 1936. Mientras las salas funcionaban en las instalaciones privadas, el Estado osciló entre propiciar el desarrollo de un juego rentable y la censura de una actividad considerada moralmente reprobable. Las ganancias no iban al Estado, quedaban en manos de los empresarios del juego y de los comercios del lugar.

Pedetta destaca que la importancia del casino como atracción turística quedó en evidencia en aquellas temporadas en las que estuvo cerrado, 1927 y 1928, y la afluencia de veraneantes disminuyó considerablemente.

La segunda etapa comienza con la llegada al gobierno de la provincia de Buenos Aires de Manuel Fresco, que tenía nuevos planes para la ciudad. Su idea era ampliar el espectro social del balneario, hecho que se vio plasmado con el desplazamiento de las élites veraneantes hacia el sur. Entonces el casino se transformó en uno de los más grandes del mundo a los que comenzó a ingresar mucho más turismo.

La etapa final se inicia con las acciones planteadas por las autoridades que habían surgido del Golpe de Estado de 1943, que determinaron que las cuantiosas ganancias debían beneficiar a todos los argentinos. Desde entonces el Estado se hizo cargo de administrar los excedentes que el juego dejaba.

La vida sin casino

Volviendo a la crónica tucumana se destacaba: en los clubes y los hoteles se hace vida social, más íntima y por eso mismo más grata. Y los que antes se pasaban las noches en vela jugado 20 pesos o sólo viendo jugar y haciendo combinaciones mentalmente, hoy duermen mejor, se levantan más temprano visitan las playas y la Rambla, juegan golf, o realizan excursiones a los sitios más amenos del balneario y sus contornos, donde abundan lugares pintorescos y atrayentes. Además se destacaba: la vida es menos ruidosa y es más saludable, más propia de una ciudad “de descanso” como debe ser una estación climatérica.

En coincidencia con lo expresado por Pedetta, nuestra crónica señalaba: el contingente tucumano resulta hasta ahora menor que los veranos anteriores. Se deberá ¿a la política? O ¿será resultado del mal año financiero? Y el cronista trataba de no cargar la vara, sobre el cierre de la ruleta para la decisión de muchos viajeros de esta provincia de no ir a la playa. Para expresarlo con cierta ironía decía: verdad es que el “fresquete” reinante contrasta demasiado con los 43 grados que se ha permitido gozar la capital del Norte mientras en el balneario los turistas tiritaban de frío.

La relación de LA GACETA con la ciudad balnearia es histórica ya que por aquellos años, con poco más de 15 años de vida, nuestros ejemplares ya se vendían en las playas. En 1928, el decano de los fotógrafos marplatenses, Mateo Bonnin, inauguró una sucursal en Playa de los Ingleses. Esta sucursal y su casa central sobre la Rambla Bristol 125 son bien conocidas por los tucumanos y demás norteños que visitan el balneario. Además el acto inaugural en Ingleses congregó a numerosos veraneantes. Ninguno de éstos escapó, naturalmente, al objetivo de Bonnin.

En la flamante sucursal el fotógrafo, que era corresponsal gráfico en Mar del Plata de nuestro diario y representante de revistas y diarios, se podía leer el nombre de LA GACETA entre otras publicaciones nacionales, como La Razón o Caras y Caretas.

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