“El tucumano es solidario; su ritmo de vida es lento y a la ciudad le falta infraestructura”, dicen quienes llegan a la capital tucumana desde el exterior

“Es como una ciudad que se quedó con una infraestructura para 200.000 habitantes, pero aquí hay más de un millón de personas" advierte la mexicana Leticia Moyers.

25 Feb 2018

Algunos dicen que lo mejor de los tucumanos es la actitud solidaria. Otros resaltan el valor que se le da, en estas tierras, a la amistad: por supuesto, también hay ciertas cosas para mejorar. Entre las falencias de vivir en esta ciudad, en especial, aparece la falta de infraestructura. “Es como una ciudad que se quedó con una infraestructura para 200.000 habitantes, pero aquí hay más de un millón de personas -advierte la mexicana Leticia Moyers-; por ejemplo, nunca hay suficientes cajeros automáticos, siempre se termina la plata, es algo inconcebible”, agrega.

Llegaron en distintos momentos y desde países lejanos, pero fueron acomodándose al clima, los sabores, las costumbres, la cultura de los tucumanos. ¿Cómo nos ven los extranjeros?, ¿Qué piensan de los tucumanos?, ¿Cuáles son las cosas que les agradan de la ciudad?, ¿Qué debería mejorar en esta ciudad según la visión de aquellas personas que, por diferentes razones, tuvieron que instalarse en esta provincia?, ¿Se acostumbraron a las comidas típicas?...

-“Híjole -responde el mexicano Abraham Gutiérrez Hernández-, me gusta mucho la humita al plato que le llaman ustedes”.


Nació en Tamaulipas, creció en Guadalajara y en Puerto Vallarta. La primera vez que llegó a Argentina fue en febrero de 2016. Fue a Mendoza, pero en un par de semanas se mudó a Tucumán, donde lo esperaba un amigo. “Mi primer día aquí no fue traumático, porque un amigo tucumano me invitó a participar en un proyecto con él y fue a recibirme en la terminal. Primero fue muy grato reencontrarme con mi amigo y de la mano de él conocí Tucumán -recuerda-. Me llevó a San Javier, a la cascada, que está arriba en el cerro. Me paseó por el centro. Tomamos el primer porrón y ahí empecé a descubrir lenguaje y las diferencias culturales, porque en México, al porrón le llamamos cagüama; eso y muchas cosas más, porque el tucumano tiene su propia jerga y tenía que ir descubriendo el lenguaje”.

Aprender ciertas palabras de uso cotidiano le llevó un tiempo y Abraham lo recuerda con mucho humor. “La primera vez que escuché al Oficial Gordillo (personaje que interpreta el humorista Miguel Martín) no le entendía nada sus chistes -dice- y tuvo que pasar casi un año para empezar a entenderle y me riera; así es que de a poco me fui acostumbrando”.

Respecto de las comidas también fue un gran cambio para el mexicano. Admite que, en general, le gusta la gastronomía local, pero resalta que el menú no es muy variado. “Tenés que comer lo mismo cada 15 días -remarca-; en un hogar mexicano no comes el mismo platillo, cuando cocina la madre, en un mes. Es tan variado que es raro que se repita el menú”.

La mayoría de los extranjeros se queja del calor en Tucumán. Les cuesta acostumbrarse, sobre todo por la humedad. En el caso de Abraham eso no fue un tormento. “No lo sufro tanto porque nací en la costa; entonces en México en donde vivo es selva tropical y es cálido y húmedo igual que aquí”, afirma,

-¿Pero ustedes tienen el mar en la esquina?

-Es cierto. Es muy diferente pasar el calor con una cerveza en la mano viendo el mar que acá, si cambia eso.

Lejos del mar

Está en Tucumán desde hace cuatro años. Jéssica Fratani da Silva llegó desde Río de Janeiro, con una beca otorgada por el Conicet para trabajar en el Instituto Miguel Lillo. “Lo que me gustó mucho de la ciudad es que podés hacer las cosas caminando -asegura-. Vivo cerca de donde trabajo, entonces voy y vuelvo caminando; hay muchas diferencias culturales con Brasil, que no son ni buenas ni malas, pero que me tuve a acostumbrar, por ejemplo, a la siesta, al horario cortado, a la diferencia de comidas, las cosas que aprendí también culturales del norte argentino -advierte Jéssica-, porque para nosotros en Brasil, decir Argentina es Buenos Aires y la Patagonia. El norte no sabía nada y me encantó paisajísticamente y todo lo que conocí acá y no me esperaba”.


Es bióloga, con una maestría y un doctorado. Estudia la musculatura y los tendones de ranas y sapos. Es una experta en analizar la manera en que caminan. Estudia ese grupo de vertebrados y su relación con el movimiento. Dice estar muy bien en Tucumán, aunque extraña el mar. “El hecho de no tener el mar me cuesta un montón. En realidad más que el mar, extraño ver mucha agua junta, no puedo explicarlo bien. Pero por ejemplo voy al dique El Cadillal o voy a Tafí del Valle, donde está el dique para mí ya es una experiencia linda también”, detalla.

Jéssica es una brasilera que estaba acostumbrada a usar la tarjeta de débito en cualquier lugar. “En Brasil, a cualquier lugar que vayas, si vas a comprar algo de un hippie en la calle y la gente tiene el posnet -plantea-; entonces es muy práctico en ese sentido y después la cantidad de gente que hay en el microcentro es una ciudad poco planificada. Ha crecido mucho más de lo que puede soportar -afirma-, es la sensación que tengo. Por lo demás tengo una linda experiencia en Tucumán con la gente”.

¿Qué es la siesta?

Nació en Ciudad de México. En 2011, Leticia Moyers cursaba una maestría en Biología y aprovechó una puerta para llegar a Tucumán por primera vez. Regresó a México y dos años después, en 2013, se postuló para una nueva beca que la trajo a Tucumán. Lleva casi cinco años en esta ciudad. “Al principio me costó un poco acostumbrarme al ritmo más lento -resalta-, me tomó unos meses entender la idea de que hicieran siesta, que yo no podía hacer los trámites en un día, me costó acostumbrarme, pero me di cuenta que yo tenía un nivel de ansiedad increíble, por vivir en una ciudad mucho más grande y mucho más caótica. A partir de eso -admite Leticia- acepté la burocracia, que todo tardara más de lo normal, eso me parece un lado de la moneda, en el cual el otro es una vida mucho más tranquila”.

Leticia nunca pudo dormir la siesta. Su horario laboral tampoco se lo permite. Pero dice que bajar el ritmo de vida le ha servido mucho. “Es un ritmo más tranquilo, con las distancia cortas, me da tiempo de hacer muchas cosas, por ejemplo, practicar yoga, que hoy es algo muy importante en mi vida -resalta-; en México nunca tuve tiempo de hacer yoga y aquí he podido hacer eso, más el doctorado, más una fundación que tenemos con un grupo de amigos y los domingos un poco a la fuerza uno tiene que descansar y eso no me pasaba en México. Esa bajada de ritmo -remarca- ha sido muy buena en mi vida”.

Muy pasionales

Con distinto ritmo, con grupos de amigos similares, con un trabajo cotidiano, cada uno de los extranjeros que llegó a Tucumán aprendió, a su manera, a amoldarse a la ciudad. La gente es lo más valioso que encontraron, según lo admiten. “Tal vez son como muy viscerales -dice Abraham-, pasionales, en el sentido de que así como pueden formar una amistad de la nada, también la pueden dejar por nada. Si algo les molesta te pueden hacer la cruz, mal y para siempre”.

Extrañan sus raíces, por supuesto, pero aprendieron nuevas costumbres, descubrieron lugares y sabores, inclusive, algunos se animan a decir que la idea de quedarse para siempre en Tucumán es una posibilidad que ronda en la cabeza; mientras tanto siguen el día a día, construyendo su propia tucumanidad. “Argentina y Brasil están pasando por un momento muy difícil en la ciencia -admite Jéssica-. Me gustaría quedarme no tengo ningún problema con Tucumán -resalta-, creo que viviría feliz aquí también”.

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