“Ankito” Gutiérrez, el árbitro de la gente

Su personalidad en la cancha le devolvió el clásico entre San Martín y Atlético al arbitraje tucumano.

09 Feb 2018

En tiempos en que el referato del fútbol argentino se encuentra permanentemente cuestionado, es difícil imaginar a un árbitro paseando por la peatonal Mendoza, saludándose con hinchas de todos los equipos o tomando un café con colegas y futbolistas en alguna galería del microcentro tucumano. Pero sí, pasa, y está bien que sea así.

Así es el presente de Julio César Gutiérrez, uno de los pocos árbitros de la provincia que logró dar garantías en el partido más difícil del norte: el clásico entre San Martín y Atlético. Su personalidad y credibilidad dentro de la cancha bastaron para no tener que llamar a un forastero a dirigir un partido que forma parte del acervo cultural de los tucumanos.

¿Qué es lo que lleva a una persona a querer ser árbitro? “En realidad, yo quería ser futbolista. Llegué a la Primera de Atlético Concepción; toda mi vida jugué ahí”, relata Julio, quien compartió la camiseta de los “Leones” con su hermano el “Grillo” José Luis.

Así como la titularidad, también se le fue negando incluso lugar en los entrenamientos. No obstante, no quedaba totalmente al margen: su entrenador ponía en su mano un silbato cargado de responsabilidad.

No pasó mucho hasta que en 1967 fue invitado a dirigir en la liga bancaria, no oficial pero muy poderosa. Bastaron pocos partidos para que impartir justicia se transformara en una pasión. Al año siguiente terminó el curso en la Federación Tucumana de Fútbol y recibió su primer uniforme: era completamente negro, lo que contradecía la tradición de lucir elegantes pantalones largos blancos y camisas del mismo color.

Dirigió nueve clásicos oficiales, uno de ellos en 1977 que fue el que abrió el camino al arbitraje tucumano. “Los jugadores eran protagonistas y ayudó su comportamiento ejemplar”, recuerda Julio, concido como “Ankito”.

Cuando se quitaba el uniforme de árbitro, se ponía el de su trabajo en el ingenio. “Me perdí de muchos momentos felices por mi carrera, sobre todo a la par de mi esposa, mi principal apoyo”, recuerda emocionado a Benita Fidelia Rocha, ya fallecida. Fue una reconocida modista, quien siempre entendió la pasión de Julio y por eso siempre le transmitió tranquilidad y respaldo. “Me ayudaba muchísimo y me protegía”, confiesa Gutiérrez.

Hacer cumplir la ley en una cancha de fútbol requiere no sólo conocer el reglamento sino también de estar físicamente preparado y atento. “El día en que se casó mi hermano sólo pude acompañarlo en la ceremonia de la iglesia. Al otro día tenía partido y tuve que irme a descansar”, relata. Gajes del oficio.

El paso del tiempo fue diezmando su grupo de amigos. Hoy disfruta cada momento con sus hijos: Julia, Gabriela, Irene, Elio y Rocío. Con esta última pudo viajar a Europa y conocer muchas ciudades. Su principal escala eran los estadios más importantes del mundo como el Camp Nou (Barcelona), Stamford Bridge (Chelsea) y el Santiago Bernabéu (Real Madrid).

En 1986, la Liga Tucumana de Fútbol le dio la dirección de la escuela de árbitros. Consideraban que era el indicado para formar al arbitraje y le brindaron todas las herramientas y capacitaciones que necesitaba. La principal enseñanza de Julio César a sus alumnos es: “no pretendan vivir del arbitraje, sino para el arbitraje”.

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