Sufrir el calor tucumano en 1928

Por Manuel Rivas.

29 Ene 2018

En enero de 1928 los tucumanos buscaron cualquier forma de evitar el calor; los bares eran el refugio para evitar los rayos del astro rey. Los ventiladores de techo daban sensación de frescura y causaban el beneplácito de los parroquianos. Helados y chops eran infaltables. Pero la forma más popular de refrescarse era el achilata y la aloja.

“Bajo los ardores del sol estival” titulaba nuestro diario la nota que presentaba cómo sufrían el calor los tucumanos de hace 80 años, allá por enero de 1928. En la bajada se anunciaba: “presionado por una temperatura asfixiante, Tucumán vive horas angustiosas. Las confiterías son el refugio obligado de los viandantes. El alivio del chopp y del helado. Achilata y aloja para los pobres”. Como vemos antes y ahora algunas formas de refrescarse se mantienen. El mayor cambio desde aquellas épocas es el aire acondicionado que hace más placentero estar en algún lugar.

Volviendo a ocho décadas atrás nuestro cronista expresaba: “sin deseo de magnificar los hechos, ni exageraciones de ninguna clase, Tucumán pasa hoy por momentos angustiosos por culpa del calor reinante; este año la estación estival se ha ensañado en esta bendita ciudad, convirtiéndola en su víctima propiciatoria”. El calor se asentaba en las calles, en las plazas, en las veredas y en todos los lugares que utilizaban cotidianamente los tucumanos. Para saber más sobre cómo se vivían esos momentos la crónica destacaba: “por lógica consecuencia, los habitantes sufrimos lo indecible; el sol estival, como fiera en pleno campo aguarda el instante en que el transeúnte, forzado por sus deberes o negocios, se lanza a la calle y, entonces le tira el zarpazo violento, rudo, con alevosía y sobre seguro”. En cuanto a los valientes que se aventuraban a recibir la luz solar sobre sus cabezas se indicaba: “pocos son los que pueden resistir estos ataques, mejor dicho ninguno; pues todos al minuto de hallarse bajo la férula de los rayos solares se baten en retirada, buscando el refugio ansiado en la mesa de un café o de una confitería”. Costumbres que los tucumanos no perdemos con el correr de los años y que sigue siendo la manera de morigerar las altas temperaturas.

La crónica es un relato sobre la vida de nuestros comprovincianos de tiempos idos. En el relato se informaba que desde las 7, “cuando se abren las oficinas públicas, empieza el ajetreo urbano”, comenzaba la circulación de personas que querían aprovechar la “pasividad del estío en esas horas”. Era el momento apropiado para hacer compras o transacciones comerciales, pero “para desdicha de todos, en estos días el sol no ha reparado en división de tiempo y se ha lanzado a calentar las cabezas y espaldas de cuantos se han atrevido a desafiar sus furores”. La crónica añadía que los días eran sofocantes, un calco del presente, “ya a las 8 de la mañana la gente se sentía asfixiar, y buscaba presurosa la sombra protectora de las aceras y el asilo de un establecimiento público”.

El mediodía

Las agujas del reloj marcaban ya el medio día, al tiempo que una multitud de empleados públicos, de comercio y de bancos “liberados de sus tareas, se vuelcan en la calle; pero es muy dura la prueba de cruzar las aceras soleadas y candentes; el piso abrasa, el viento de horno obliga a detener la respiración; se impone una tregua y esta se toma en el bar, donde como corolario viene el chopp ambarino y espumoso, diestramente tirado por el dueño del establecimiento, que, en esas horas se hace piola por atender a la numerosa parroquia”.

Los establecimientos de moda eran París, España y Tokio, que por su cercanía a la Casa de Gobierno eran la recalada obligatoria de los empleados públicos. En cambio, los bancarios se dirigían a los bares Santa Fe e Imperial, este último, ubicado en la “estratégica esquina de Maipú y Las Heras” (hoy San Martín), que eran como un imán.

El chop

El ajetreo en los bares céntricos, al mediodía, era total. Todos apurados. Todos impacientes. Todos acalorados. La espera del servicio se hacía eterna. El grito del mozo de saco blanco o delantal, con la mano levantada hacia el cliente, “un chopp” era el código entre ambos para recibir el refrescante líquido ámbar en la mesa. Las cartas o menús, con un movimiento de vaivén al influjo de las manos del cliente, se usaban como abanico para refrescarse. Los ventiladores de techo, con su lento y parsimonioso girar, movían el aire para hacerlo menos bochornoso. Esta situación se repetía en cada uno de los bares y “Tucumán adquiere, en la tregua meridiana, un aspecto digno de ser contemplado”.



Uno de los establecimientos más visitados era el Imperial, donde Francisco Pancho Uehara, “el de los ojos de ojal, escrutadores y ágiles, tira los blancos y los negros con pasmosa celeridad”.

La siesta

La siesta era definida por entonces como el instante muerto; cuando Tucumán deja de ser lo que es, una “ciudad activa, laboriosa, agitada; sus avances civilizadores sufren un receso y la urbe adquiere tonos de abandonada, dormida, como si a la par de sus habitantes se tendiera de espalda, cara al sol que la hiere, sañudo e infatigable”. Las actividades quedaban detenidas y por las calles se veía uno que otro transeúnte atravesando las calles calcinantes “sudando la gota gorda”. Se imponía un compás de espera en el bullicio citadino.

El achilata

Dejando atrás las zonas céntricas y dirigiéndose a las áreas aledañas se encontraban otras opciones más populares para enfrentar los calores. La crónica explica que aquellos que no podían acceder a un buen chop o a un helado tenían su manera de refrescarse, que consistía en acudir “a los cafetines de suburbio donde se fabrica achilata, en procura de este artículo aliviador de las torturas estivales”.

La noticia era una total descripción de la vida de nuestra ciudad, tanto en el centro como en los barrios alejados, de aquella década de 1920. El relato expresaba, con vivacidad: “otros y en particular el mundo infantil aguarda en la puerta de los conventillos y demás moradas el paso del achilatero, que desafiando las iras solares, recorre las calles de la población, atronando con sus toques de corneta que suenan en los oídos infantiles a clarinadas de redención”. El vaso de achilata costaba por entonces cinco centavos (un par de zapatos costaba 10 pesos y el diario, 10 centavos). También se criticaba el poco apego a las normas de higiene, que tenían algunos de los “achilateros” para evitar que “su mercancía sea un vehículo de males”.

La aloja

Otro refresco popular era la aloja. Esta bebida proveniente del algarrobo, refrescante y tónica, era consumida en grandes cantidades, se expendía en todas partes, “pero en especial en los suburbios y a la entrada de avenidas o parques”. La descripción del puesto de venta de aloja era: “mesa pequeña, cuatro bancas, botellas y vasos; he aquí el menaje de la alojera de arrabal; su parroquia es nutrida y variada; a su puesto acuden el peón, el empleado y el paseante; no es néctar delicioso ni mucho menos, pero calma los ardores del verano, refresca por dentro y eso basta.”



La higiene no era de las mejores “pero el público caluroso y sediento no analiza y bebe; las moscas forman nube y se posan sobre el mantel de blancura maculada”. Además la gran cantidad de insectos que sobrevolaban las mesas molestaban a los parroquianos y “se introducían en los vasos, naufragando algunas de ellas”.

Plazas y paseos

El fresco se salía a buscar en plazas y en paseos públicos, bajo las frondosas sombras de las arboledas. “Muellemente acomodados, con su imprescindible pantalla en constante movimiento, los ‘placeros’ pasan las horas con toda tranquilidad”, describía nuestro cronista sobre aquellos que no tenían otra forma de pasarla mejor. También informaba que mucho de ellos “vencidos por la modorra, se dormían y roncaban con toda beatitud boquiabiertos, sonoros, como bocina de auto acatarrada”.

El rondín

En medio “del fuego que llega a 40 grados, y pasa de ellos” se destacaba la figura del policía “a quien el deber obliga a estar firme en su puesto soportando sobre su cuerpo el plomo hirviente del exagerado calor estival”.

El cronista señalaba, entre otras desventuras del servidor público, “que cobraba 100 pesos”, en el mes de enero hacía su servicio diario “¡con traje de invierno!” Y en forma irónica se decía que la “frescura” de verdad no está en la ropa, “sino en los encargados de proporcionarla”.

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