La esclavitud del pecado

28 Ene 2018

De Marcelo Barrion.-

“Entran en Cafarnaún; y, al llegar el sábado, fue a la sinagoga y enseñaba. Y quedaban admirados de su doctrina, pues les enseñaba como quien tiene potestad y no como los escribas. Se encontraba entonces en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu inmundo, y decía a gritos: ¿qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno? (Marcos 1,21-28).

El Evangelio de la misa de este domingo nos habla de la curación de un endemoniado. Y señala que lo hacía con autoridad. Jesús tiene una autoridad que le viene de su condición de Hijo de Dios, pero la ejerce con fortaleza para darnos a entender que debemos trabajar para tener autoridad desde la propia vida.

En el texto bíblico, la victoria sobre el espíritu inmundo (eso significa Belial o Belcebú, nombre que se asigna en la Escritura al demonio) es una señal más de la llegada del Mesías, que viene a liberar a los hombres de su más temible esclavitud: la del demonio y el pecado. Este hombre atormentado de Cafarnaún decía a gritos: ¿qué hay entre nosotros y tú, Jesús Nazareno? ¿Has venido a perdernos? ¡Sé quién eres tú, el Santo de Dios! Y Jesús le mandó con imperio: ¡calla, y sal de él! Y se quedaron todos estupefactos.

No se excluye, enseña Juan Pablo II, que en ciertos casos el espíritu maligno llegue incluso a ejercitar su influjo no sólo sobre las cosas materiales, sino también sobre el cuerpo del hombre. Debemos permanecer vigilantes, para discernir y rechazar las insidias del tentador, que no se concede pausa en su afán de dañarnos, ya que, tras el pecado original, hemos quedado sujetos a las pasiones y expuestos al asalto de la concupiscencia y del demonio: fuimos vendidos como esclavos al pecado.

“Toda la vida humana, individual y colectiva, se presenta como lucha -lucha dramática- entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Es más: el hombre se siente incapaz de someter con eficacia por sí solo los ataques del mal, hasta el punto de sentirse como aherrojado entre cadenas”. Por eso hemos de dar todo su sentido a la última de la peticiones que Cristo nos enseñó en el Padrenuestro: líbranos del mal, manteniendo a raya la concupiscencia y combatiendo, con la ayuda de Dios, la influencia del demonio, siempre al acecho, que inclina al pecado.

Hay un pecado que, de un modo reposado y con la cabeza serena, dice no a Dios. Es la postura de los instruidos de todos los tiempos y que J. Pieper ha expresado admirablemente: “Un Dios impersonal, ¡bien está!: un Dios subjetivo de los verdadero, bello y bueno detrás de nuestra mente, ¡mejor todavía! Una fuerza vital informe..., ¡eso es lo mejor de todo! Pero Dios mismo, vivo, que tira de la otra punta de la cuerda..., el Rey, el Esposo, ¡eso es algo completamente distinto!” Y viene el rechazo. Cuando Dios nos interpela en la vida no nos gusta y huimos para no cambiar. Este domingo es un llamado a dejar el Mal y pedir que se nos conceda una fuerte decisión por el Bien.

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