La importancia de recuperar el espíritu de la Navidad

24 Dic 2017 Por LA GACETA

A lo largo de los siglos, la festividad fue ganando adeptos de otros credos, aun de aquellos que no profesan ninguno. Todo nacimiento es una alegría porque es una vida nueva que echa a rodar por el mundo. La Navidad es junto con la Pascua y Pentecostés, una de las fiestas más importantes del Cristianismo porque celebra el nacimiento de Jesucristo en Belén. La fiesta es evocada el 25 de diciembre por la Iglesia Católica, la Iglesia Anglicana, algunas otras iglesias protestantes y la Iglesia Ortodoxa Rumana.

La Navidad comenzó a celebrarse en el año 440 de nuestra era. Se escogió el 25 de diciembre como fecha de la celebración del nacimiento de Jesús, ya que la Biblia no dice el día exacto de su nacimiento. En esa fecha los romanos celebraban la fiesta del Natalis Solis Invicti (la festividad del Sol Naciente Invencible) y los cristianos la hicieron coincidir con la celebración del nacimiento del Señor.

La Nochebuena que se celebra hoy, víspera de Navidad, fue tradicionalmente un momento de encuentro entre los seres queridos y los amigos. Era el momento propicio para reflexionar en voz alta sobre el sentido de la Navidad y si el clima familiar lo permitía, se ensayaba una suerte de autocrítica. Pero en los últimos tiempos, la festividad se fue comercializando cada vez más y la reunión, donde la cena que era un pretexto para compartir un momento espiritual, adquirió demasiada importancia y alcanzó en muchos casos la categoría de banquete, marcado por excesos gastronómicos y alcohólicos.

Sería importante si en esta ocasión, intentáramos mantener o de recuperar ese espíritu de fraternidad para conversar con los seres queridos acerca de los problemas que nos agobian, y pensar en algunas soluciones posibles. Como señalamos en alguna ocasión, sería positivo reflexionar acerca de la intolerancia, la falta de respeto a la ley y al prójimo, sobre la necesidad de comprometerse con actividades colectivas, relacionadas, por ejemplo, con la solidaridad. Vivimos tiempos cada vez más difíciles, con flagelos como la inseguridad que ataca a todos, y la droga que tiene como blanco principal a los chicos. La incomunicación, la soledad que sienten muchos jóvenes, cuyos padres están siempre trabajando (paradójicamente para generar un mejor bienestar familiar), los llevan a ser víctimas de los vendedores de estupefacientes.

Sería interesante si al promediar la cena, adultos, jóvenes y niños conversaran acerca de la importancia de esforzarse para lograr un objetivo en esta sociedad de consumo que alienta lo contrario, es decir la obtención de un éxito fácil y también efímero, y que estimula lo superficial. Del mismo modo, sería muy fructífero si nuestra clase dirigente reflexionara sobre la responsabilidad que la sociedad les ha dado para que trabajen en pro del bien común y que antepongan los intereses de la comunidad antes que de los personales.

En lugar de criticar permanentemente a los que hacen, podríamos abandonar las palabras y participar activamente. Pensemos en ser mejores ciudadanos. Sería hermoso, si por un instante pudiésemos dejar de encontrar culpables y nos miráramos un instante en el espejo interior e hiciéramos un mea culpa. Pensemos qué puede aportar cada uno para que nuestra sociedad sea mejor; una ciudad, una provincia, un país se construye con el aporte de cada uno.

Pensemos que en miles de hogares no habrá banquetes ni regalos. “La Navidad que les canto no tiene luz, se va tiznando en la noche de Juan Laguna. Juanito de la inocencia canta en dormido Laguna así por dentro del sueño pasa llorando la luna....”, escribió el poeta salteño Manuel Castilla.

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