El rock de los que corren, nadan y pedalean

Deportistas que se mueven en la frontera de lo humano

17 Dic 2017
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CRÓNICA

CUERPOS AL LÍMITE

FEDERICO BIANCHINI

(Aguilar - Buenos Aires)

Federico Bianchini lo hizo de nuevo. Tras Desafiar al cuerpo (Aguilar, 2015), este periodista que ganó el Premio Don Quijote y muestra un talento indeclinable dentro del periodismo narrativo volvió a escribir en Cuerpos al límite sobre el deporte extremo y dejó inaugurado así un nuevo género: el que faltaba, el que pedía pista. Como bien expresa su colega Nicolás Cassese en un prólogo tan exquisito como necesario, “al rock de mujeres ajenas, de mujeres que nunca existieron, se suma ahora el rock de Bianchini, el rock de los que corren, nadan y pedalean”.

Los personajes que pincela en cada uno de los capítulos son al mismo tiempo sabios y soberbios y extraordinarios y marginales y modestos y justos; y buscan con una voluntad freudiana conseguir lo que no se puede, o mejor dicho, lo que el común de la gente no podría concebir.

¿Es posible dominar la mente?

Con una especie de hipnosis, en la que son ellos quienes hacen balancear el péndulo, estos seres ordinarios que nada tienen de tales empujan por fuera del límite, como el adicto que sabe que ya es tiempo de terminar pero que se vuelve a decir “uno más y listo”.

Sufrimiento y goce

Los protagonistas de Bianchini son hombres y mujeres que atentan contra sus cuerpos, sufren, padecen y por eso sienten, disfrutan. Que buscan ser más que la naturaleza, que corren para escapar de los ataques de epilepsia, de la anemia, de la vergüenza de la guerra, de la miseria del hombre, del mundo.

¿Por qué hacen lo que hacen?

La respuesta está pero se inmiscuye, es el agua mojada en la piel de la joven que bate el récord de apnea, el sudor en la frente del cirujano que corre, la transpiración nívea del maratonista en la Antártida, esa lágrima salada que marca la mejilla de un padre ausente.

Lo de Bianchini también es sobresaliente. El autor puso el cuerpo para hablar y lograr la maestría del que sabe. Su escritura es delicada y segura y sencilla y eso la hace elegante, noble, puntual. “Lleva el cuello relajado. El collar no molesta, sumergida no siente los más de dos kilos, pero sí los balines de plomo rozándole la nuca. Brazada, patada. No levanta la cabeza. El agua estira el placer del sufrimiento”, dice sobre una nadadora argentina. Su escritura se desliza con una soltura grácil que convence, que atrapa y que obliga a más porque Bianchini maneja con inteligencia el ritmo, los tiempos, los cortes, la respiración.

Como un deportista nato.

© LA GACETA

Dolores Caviglia


La belleza de un cuerpo en movimiento

Prólogo de Cuerpos al límite 

Por Nicolás Cassese

Los cuerpos en movimiento tienen algo hermoso, atractivo, irresistible. Hombres y mujeres con la sangre caliente cautivan nuestra atención en la televisión, en el parque y hasta en el semáforo que nos detiene mientras alguien, que podríamos ser nosotros pero no lo somos, pasa pedaleando, esquivando la masa amorfa de autos asándose sobre el pavimento.

Sedentarios, anclados a empleos bajo techo y con temperatura controlada, consumimos las aventuras de aquellos otros que sí están libres. Sin embargo, la literatura se ha mantenido más o menos ajena al llamado de las piernas. Hay historias de guerra, de adulterio, de amor, de intrigas palaciegas, de traiciones, de asesinatos y de muchas otras acciones que son intrínsecas a nuestra especie, pero son muy pocas las que tratan sobre aquello que ocurre cuando encendemos los músculos. Los libros de Bianchini llegan para remediar este faltante. Al rock de mujeres ajenas, de mujeres que nunca existieron, se suma ahora el rock de Bianchini, el rock de los que corren, nadan y pedalean.

En Federer como una experiencia religiosa, el más brillante de los artículos escritos sobre el tenista suizo, David Foster Wallace habla de la belleza del cuerpo humano en actividad. Dice que la crítica de deportes de hombres por lo general se centra en los aspectos confrontativos, o bélicos, de la contienda: el esfuerzo, la resistencia, la sumisión del oponente. La tesis del texto es que Federer y su tenis —la potencia de su derecha, la elegancia con que responde a un servicio angulado con un revés paralelo que cae pesado, besando el ángulo donde se cruzan las líneas de fondo— nos permiten asomarnos a algo superior, reconciliarnos con el hecho de que los seres humanos tenemos un cuerpo cuyos movimientos pueden ser gráciles, armoniosos. Foster Wallace fue un tenista serio y aplicado en su primera juventud, e intuyo que su canto a Federer es también una manera de encontrar la salida al laberinto en que estaba volviendo su atribulada mente de escritor. Un laberinto que años después lo llevaría a suicidarse. Prender el cuerpo también sirve para apagar el cerebro.

En los textos de Bianchini hay algo de esa búsqueda. La mujer que nada aguantando la respiración porque alguna vez fue obesa y en otro tiempo anémica, y el veterano de Malvinas que corre la distancia de una maratón para llegar al almuerzo de ñoquis con su madre y, luego de la siesta, corre otra maratón para volver a su casa buscan algo más que entrenar los músculos y la resistencia. ¿Qué buscan, entonces? Como en toda la buena literatura, ésa es la pregunta que tensa el hilo de los relatos de Bianchini. ¿Por qué un hombre corre en la Antártida? ¿Por qué otro nada en el Paraná? ¿Por qué un sobreviviente de una operación de bypass se resiste a abandonar las carreras de aventura? ¿Cuáles son los demonios que empujan a esta gente a salir a cansarse, a exigirse a niveles que rozan la autodestrucción? ¿Logran algún tipo de redención? ¿Qué obtienen luego de todo ese sacrificio?

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