Carteles que agitan al pueblo: el arte bolchevique

Al tomar el poder, los comunistas promovieron una campaña de adoctrinamiento en la vía pública cuya potencia permanece intacta. El 25 de octubre de 1917 del calendario juliano sucedió la gran revolución del siglo XX. LA GACETA repasa este hito mediante una serie de publicaciones elaboradas donde ocurrieron los hechos. En la edición de antes de ayer presentamos reflexiones sobre la corrupción y la educación. Mañana: un recorrido por los subterráneos “soviet” de Moscú

04 Nov 2017

“Hoy hemos pagado nuestra deuda hacia el proletariado mundial, y asestado un golpe terrible a la guerra y a todos los imperialismos”. Lenin habla a sus compañeros bolcheviques luego de tomar el Palacio de Invierno: la Revolución del 25 de Octubre del calendario juliano (7 de noviembre del gregoriano) acaba de ser ejecutada y John Reed, el cronista estadounidense, toma nota de los discursos y las proclamas que aceleran el pulso a Petrogrado. Esa misma noche, la primera de la era comunista, Reed se pregunta: “¿qué camino habían recorrido estos bolcheviques, secta despreciada y perseguida cuatro meses antes, para llegar ahora al poder supremo, al timón de la inmensa Rusia en plena insurrección?”.


El Gobierno Provisional de Alexander Kerensky ya es pasado: tan pasado como el zarismo tricentenario de los Romanov. El cronista apunta en su libro, “10 días que conmovieron al mundo”, que la tarea de propagar el marxismo comienza sin pérdida de tiempo. “Ha triunfado la causa por la cual el pueblo se lanzó a la lucha: proposición inmediata de la paz, abolición de la gran propiedad territorial, control de la producción de los trabajadores y creación de un Gobierno soviético. ¡Viva la revolución de los obreros, soldados y campesinos!”, anuncia el Soviet de Petrogrado en un panfleto publicado ipso facto.


Mientras los ejércitos Rojo (bolchevique) y Blanco (partidario del orden depuesto) se aprestan para la Guerra Civil, los artistas se ponen a dibujar. Entre ellos, Alexander Apsit, Dmitry Moor y Viktor Deni. En paralelo a la contienda bélica, se libra una batalla publicitaria. Serán las imágenes los vehículos más eficaces para llevar -y explicar- al resto del país la semilla comunista injertada en la capital imperial. Los afiches prorrevolución ganan la calle con consignas explícitas. Un cartel propugna la “muerte al imperialismo mundial” al tiempo que otro invita: “proletarios, ¡súbanse al caballo!”.


La exaltación de Lenin y la denigración del estereotipo capitalista son los motivos constantes de estas obras de arte callejeras. El objetivo es el ciudadano desentendido de las pendulaciones del Kremlin, pero también los analfabetos y postergados, a quienes hay que adoctrinar. Como sugiere Reed, nadie nace comunista. Los carteles justifican la violencia, las privaciones y el imperativo de las armas: todo sacrificio será recompensado con el advenimiento del cielo prometido por Karl Marx. Los dibujos pintados de colorado colorean las ciudades con la gama bolchevique. La producción es frenética: alrededor de 3.600 pósteres son fabricados entre 1917 y 1921. La cantidad no va en detrimento de la calidad. Los autores cuidan el detalle, las formas, las proporciones, y se valen del lenguaje popular de las viñetas y las caricaturas.


Después de la Guerra Civil, la cartelería de agitación se convierte en un instrumento permanente de propaganda de la naciente Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La disolución de aquel bloque no disuelve el arte que ha generado. Cien años más tarde, los carteles forjados al calor de utopías inexpertas siguen propalando la mística de la Revolución Rusa.


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