Hay que dar a la pasión deportiva su justa medida

10 Oct 2017

Hay frases que afortunadamente son una metáfora, y pocas veces se concretan: “Es de vida o muerte”, “matar o morir”. Eso se escucha con frecuencia ante una situación límite o a un gran desafío. Tal es la pasión de algunas sociedades por un deporte, en este caso, el fútbol, que cuando hay un acontecimiento deportivo, donde está en juego algo importante, se lo vive no sólo con pasión, sino también con dramatismo, sobre todo cuando un resultado puede ser adverso. Eso sucede, por ejemplo, con la última fecha de la Eliminatoria Sudamericana del Mundial Rusia 2018, en la que la Selección nacional deberá jugarse hoy la clasificación enfrentando a Ecuador.

El fervor suscitado es tal que el combinado nacional se ha convertido hasta en tema central de en varios programas políticos. Ocurre que por más que Argentina triunfe hoy, dependerá del resultado de otros partidos para saber si irá a Rusia o si jugará el partido de repechaje con Nueva Zelanda. Una derrota casi lo condenará a ver el Mundial desde casa.

Si no logramos clasificarnos, no sería la primera vez. Como se recordará, México 1970 fue el último Mundial en el que el equipo argentino estuvo ausente. Regresaría a la cancha para disputar la Copa del Mundo en Alemania 1974. En esos años, la dictadura de Onganía había intervenido la AFA en forma sucesiva desde 1966, con administraciones que arrojaron malos resultados deportivos y turbios manejos administrativos. Armando Ruiz, vinculado a Racing, asumió en enero de ese año y designó como entrenador a una vieja gloria de su club, Humberto Maschio, a quien, a pesar de su poca experiencia como técnico, se le encargó la misión de clasificar al equipo para el Mundial. Por las pobres actuaciones, Maschio renunció y fue reemplazado por una figura histórica del fútbol argentino, Adolfo Pedernera. Argentina fue incluida en el grupo 9 junto a dos rivales considerados “accesibles”: Perú y Bolivia. La improvisación, los cambios de técnicos y las carencias futbolísticas hicieron que se transformaran en obstáculos insuperables. Argentina perdió 3 a 1 con Bolivia y luego le ganó 1 a 0. Con Perú fue derrotado en Lima 1 a 0 y en la Bombonera perdió la clasificación al empatar 2 a 2. Los jugadores eran varios de los mejores que había en ese momento: Cejas; Gallo, Perfumo, Albrecht y Marzolini; Rulli, Pachamé y Brindisi; Marcos, Yazalde y Tarabini; ellos fueron los 11 protagonistas de una las jornadas más tristes de la historia del fútbol argentino.

Si se repitiera el episodio, se estima que el país perdería de ganar alrededor de U$S 500 millones. Los más perjudicados serían la Asociación del Fútbol Argentino, el turismo y los fabricantes de televisores. También perderían cifras importantes los grandes medios de comunicación que ya han pautado con tiempo coberturas especiales y publicidad.

Sin embargo, tras la congoja de la derrota por la eliminación ese 31 de agosto de 1969, la vida del país continuó. Nadie murió por esa causa. La Argentina tuvo otras oportunidades. Si se gana hoy habrá una alegría, se sufrirá un poco más si se va al repechaje; si sucede lo contrario, habrá que analizar los errores con sinceridad y aprender de ellos para no volver a cometerlos. Se trata de un partido de fútbol, el mundo no se pierde por una pelota. No están en juego la libertad, la democracia, la dignidad y tampoco la integración latinoamericana.

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