Cuando el mundo queda demasiado lejos

16 Sep 2017 Por Roberto Delgado
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El Quimil, al noreste de Leales, a 90 km de la capital, está más lejos que Buenos Aires. El colectivo de la empresa Agua Dulce demora tres horas en cubrir el trayecto hasta la terminal. Sale a las 5, llega a las 8. Vuelve a las 14.30, llega a las 18. Es que recorre la ruta 9, luego un camino de ripio y después una huella de 15 cm de tierra (o de barro, según la temporada). El Quimil está muy lejos. Mejor dicho, el mundo está muy lejos para los chicos de El Quimil, muchos hijos de hacheros que viven del carbón. Esos chicos, que van a la escuela media El Quimil, cuya alambrada marca el límite con Santiago del Estero, presentaron hace 20 días en la Feria de Ciencias el proyecto “Con el corazón en la mano, denuncia el derecho a la igualdad de oportunidades”.

La igualdad para ellos es una quimera. El horizonte está cerrado por la distancia, los escasos medios económicos y la nadería de la zona de El Mojón (comuna de la que dependen). “Acá la expectativa laboral y de estudios es cero”, dice el profesor Cristian Gramajo, que los apoya en el proyecto. En la escuela hay 76 alumnos y 13 terminan el secundario. Algunos quieren ser policías porque en Leales ese oficio es mirado como una profesión de status y ascenso social; otros, educación física o también quieren ser maestros; y hay algunos con intenciones de estudiar biología, veterinaria o ingeniería. Pero el pasaje cuesta $ 200 ida y vuelta por día, y son seis horas de viaje.

Fuera de todo

El mundo está muy lejos de El Quimil. De acuerdo a la frase del concejal Ricardo Bussi de hace cinco días (dijo que para qué quería estudiar matemática una mujer de La Cocha, si más le convenía aprender a trabajar la tierra), en el noreste de Leales tendrían que estudiar cómo producir y comercializar el carbón o bien cómo cosechar soja. No hay otra cosa. Habría que ver qué hacen los chicos que terminaron el secundario en El Mojón para lograr mejoras y ascenso social con los condicionantes de una realidad dura, que está remarcada en el trabajo de los estudiantes.

También la realidad dura se ve en las posibilidades de inclusión que les da el mismo sistema. En esa zona hay muchos hogares sin luz y los chicos van a cargar los celulares en la escuela. Pero internet es un deseo. Se suben a algunos árboles para tener señal y las notebooks que les dieron hace tres años prácticamente no se pueden usar. El salto tecnológico del que se está hablando en el Congreso Internacional de Educación en Tucumán es la gran quimera.

Contexto y desarrollo

Bussi tiró su frase de sinceridad brutal y desató la polémica. Fue discriminador, superficial y reduccionista al hablar de un problema complejo del cual la sociedad se ha ocupado poco y mal. De esto se plantean dos problemas de una misma realidad: 1) ¿Los estudios y el desarrollo de una comunidad tienen que estar condicionados por su contexto? Esto es lo que dijo Bussi: si alguien es del campo, tiene que estudiar cosas vinculadas al agro. De esto surge la discriminación: con este criterio, del campo tucumano jamás podrá surgir un Einstein, experto en matemáticas o física, ni un Favaloro, experto en medicina, ni un Facundo Manes, estudioso del desarrollo cognitivo. Sólo expertos en trabajar la tierra. 2) ¿Se deben (se pueden) plantear propuestas de desarrollo para mejorar y cambiar una realidad dura? Esto se hizo a medias cuando se plantearon algunas radicaciones de industrias que generaron trabajo (a medias y según los sacudones del mercado, como Alpargatas en Aguilares) y cuando se distribuyeron las 13 escuelas agrotécnicas por el interior (ahora hay escuela media incluso para la gente de alta montaña), algunos centros de estudios terciarios y delegaciones universitarias como la de Aguilares. Pero siempre están condicionados por la realidad dura: hay años que el instituto de kinesiología de Monteros cierra la matricula porque el mercado no requiere tantos kinesiólogos.

Las respuestas educativas a la realidad socioeconómica han sido lentas y de emergencia. En Trancas hay una escuela técnica que les enseña carpintería, albañilería y electricidad. Pero no tiene torno y en realidad en esa zona debería haber escuela agrotécnica para trabajar mejor en el campo. Aunque el mercado lechero es reacio al progreso (desde hace años es sacudido por los vaivenes económicos) y el cultivo de frutas y hortalizas, dominado por los incansables y humildísimos obreros bolivianos, es muy básico. Al que no tiene muchas aspiraciones le alcanza para vivir y para progresar en condiciones humildes. Dicen que la comunidad boliviana en Trancas está creciendo a ritmo geométrico, sobre todo en Benjamín Paz. La mitad de los estudiantes de la escuela técnica son hijos de obreros oriundos de Bolivia. ¿Qué estudiarán esos chicos? Otra escuela de la zona, la parroquial San Joaquín, prepara docentes de Geografía y Matemáticas que tienen escasa salida laboral ahí, y que en la capital están en desventaja por el puntaje. Trancas, aunque está a 60 km de la capital, también queda bastante lejos.

Desenfocados

La primera pregunta (estudiar de acuerdo a la realidad local) ha tenido respuestas con mayor o menor éxito. La ex secretaria de Gestión Educativa Silvia Ojeda dice que es importante la especificación regional y que el Estado se debe focalizar en las necesidades de las comunidades, más allá de las imposiciones del mercado pero sin dejar de tenerlas muy en cuenta. Y en eso tiene que ver la capacitación docente y la relación de las empresas con la educación. “Tiene que haber un vínculo entre producción y escuela”, dice. Ella cuenta que en la zona desde Monteros a La Cocha hay un corredor turístico que se está desarrollando pero con muchísima dificultad. Señala que La Madrid produce 40.000 de los 60.000 cabritos que se venden en Las Termas de Río Hondo. “Podrían venderlos en La Madrid, que también tiene baños termales sin explotar, pero se van a Río Hondo porque ven que nadie para en La Madrid”.

La docente Cristina Leiva, que trabaja en un programa de capacitación para docentes de escuelas rurales, advierte sobre el problema de la distancia, de las distintas situaciones sociales y también del déficit pedagógico de la educación en las zonas rurales. Habla de que hay que considerar al campesino como sujeto de derecho y desde esa mirada plantear cómo va a ser el desarrollo de su entorno. Leiva es de la comunidad originaria de Chuschagasta (zona de Trancas) y relata que una fundación de Buenos Aires ha becado a 90 jóvenes de la Unión Diaguita para estudiar enfermería profesional. Les pagan alojamiento y estadía de lunes a viernes en San Miguel de Tucumán. Este año se reciben los primeros 30. ¿Necesitan esta profesión las comunidades? Leiva dice que el requerimiento de enfermeros es altísimo en el país “y en las comunidades hacen falta cierto tipo de enfermeros. Cuando se reciban van a ejercer un año en sus comunidades antes de entrar de lleno en la vida laboral”. Con respecto a las otras posibilidades en el campo, la docente se pregunta por qué en esta provincia no se han instalado las Escuelas de la Familia Agrícola (EFA) que han funcionado desde 1969 en Salta, Santiago del Estero, Catamarca, Jujuy y Chaco. Y desde su mirada específica advierte que en las escuelas rurales la capacitación es fundamental porque en la mezcla de la vida urbana y rural hay choques culturales que deben ser trabajados, enfrentados y resueltos.

La segunda pregunta (cómo desarrollar las comunidades) es más compleja. Desde los grandes proyectos de Celestino Gelsi en los 60 (electrificación rural, caminos rurales, El Cadillal. la cuenca lechera al noreste y el tabaco al sureste) no ha habido concreciones específicas que signifiquen cambios sustanciales en el interior. ¿La propuesta del fallecido José Ignacio García Hamilton de erigir un centro universitario en el sur hubiera modificado la realidad? Sin proyectos políticos de desarrollo, posiblemente no. Excepto Famaillá, que en forma caótica y kitsch va delineando una tendencia socioturística para el futuro, los cambios en los territorios se deben a las tendencias generales (como ha sido la influencia del cultivo de soja en la última década) y no a políticas de desarrollo. ¿Y qué se deja para poblaciones como Garmendia, Piedrabuena o El Quimil? ¿O la alta montaña? ¿O la misma Trancas, que se va desenvolviendo a su manera, sin proyecto? ¿Qué propuestas a 30 años tienen los políticos de esos lugares, como no sea vivir de sus tierras y de sus dominios políticos?

Derecho al futuro

En su participación en el programa “Panorama Tucumano”, el ministro Juan Pablo Lichtmajer relató que una de las cosas que le plantea su hijo es “que la escuela se parezca a la vida real”. De esto trata también el trabajo de los chicos de la escuela media El Quimil, que reclaman su derecho al futuro, a no desarraigarse ni quedar deambulando después del secundario. Los estudiantes quimileños Emilia Cardozo y Cristian Juárez lo expondrán hoy en el Congreso de Educación. Les dieron 15 minutos. Quizá alguien los escuche.

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