Argentina tiene una larga tradición de humor

30 Jul 2017
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Por Roberto Fontanarrosa - Para LA GACETA - Rosario

No creo que el humor pueda modificar la realidad. Podrá mostrarla, exagerarla, minimizarla o comunicarla. A lo sumo permitirá sobrellevarla con menos pesar, cuando la realidad es muy dura. Yo siempre digo que el humor es el sabor-frutilla, sabor-naranja que, agregado a los medicamentos, permite digerirlos mejor.

Pienso que existen límites impuestos por uno mismo, dejando de lado, por obvios, los que devienen de regímenes totalitarios, como fueron los impuestos por la última dictadura. Pero, en mi caso, hay situaciones respecto de las cuales no humorizo, atento a una particular moral o ética propia, que no siempre es coincidente con la ética o moral ajena.

Desaparecidos, torturados, atentado a la AMIA han sido temas que no he tocado, salvo para hacer algo sobre torturadores, desaparecedores, terroristas o funcionarios muy lentos para investigar. Pienso que las épocas de crisis, con su efervescencia, son propicias para hacer humor, ya que brindan muchos temas sobre los cuales opinar y criticar. El humor es siempre en contra de algo; es difícil hacer humor elogiando. El dilema sobreviene cuando esas crisis (a las cuales ya estamos acostumbrados) se agudizan y se convierten en tragedias, como sucede con la desocupación, la miseria, la mortalidad infantil. Allí, entonces, es complicado hallar el “tono” del humor a utilizar, y frecuentemente uno se paraliza.

Argentina tiene una gran tradición de humor satírico y social, posiblemente originado por la fuerte influencia europea. El Mosquito y Caras y caretas son ejemplos de un ejercicio de consumir humor, de un hábito de producirlo y recibirlo. Y de lo que más se ríe uno es de lo que le ocurre a título personal o de lo que lo rodea. Y eso no es sólo acá. Por lo que he visto, el humor que más funciona en cualquier parte del mundo es el que trabaja sobre lo que sucede allí y en ese momento. En general, los personajes que mejor funcionan son aquellos que reflejan la actualidad local. Tomemos el caso de Clemente, por ejemplo. Es casi inexportable, porque opera sobre complicidades argentinas, tornándose críptico para los de afuera. Un caso similar al del humorista Forges, en España, de difícil asimilación para nosotros. No sé si el sentido del humor puede servir para superar nuestro supuesto egocentrismo. Los chistes sobre argentinos son sobre el egocentrismo, precisamente.

El humor y sus contrarios

Yo hago parodias porque la parodia me resulta más fácil. Hay un modelo sobre el cual uno puede inspirarse para modificarlo. Es más difícil encontrar una voz propia. Y en muchos casos he escrito sobre nuestros vicios, que no son tan particulares ni originales, por otra parte. El doble discurso es uno de ellos. Pero la falsedad, la hipocresía, la falacia son rasgos universales, y esto no lo esgrimo como una disculpa sino para no sentirme tan creativo como para detentar defectos que los extranjeros no tengan. Es cierto que suele haber una celebración de la viveza criolla, de la avivada, que suena siempre como premio al ventajista, al que trata de ganar con armas poco limpias. Tal vez (no soy sociólogo) provenga de una falta notoria de ejemplos, o de la presencia de ejemplos que han enaltecido el enriquecimiento veloz, sospechoso o directamente ilícito. Poco tiempo atrás asistimos a la publicación de artículos periodísticos donde todo tipo de funcionarios mostraba orgullosamente el producto de sus robos. Pero, en definitiva, más que de viveza estamos hablando directamente de delincuencia. Pienso que, últimamente, la viveza criolla ha caído en el descrédito y, cuando se la menciona, se lo hace más como un defecto que como una virtud. Con respecto a la seriedad, repito lo que suele decir mi amigo Daniel Samper: lo contrario del humor no es la seriedad. Lo contrario del humor es lo pomposo, lo solemne.

Uno puede ser totalmente serio en su trabajo y ser un gran humorista. Nadie podría decir de Woody Allen que no es serio para sostener su carrera y su imagen profesional. Lo mismo ocurre con Les Luthiers. No por no reírse alguien alcanza mayor eficacia o mejores resultados.

No sé hasta qué punto el humor puede hacer un examen riguroso, a menos que uno escriba en clave de humor un ensayo exhaustivo sobre algún tema. Y, por otro lado, el humor es una manera de enfocar las cosas, pero también es un instrumento, como si fuera un instrumento musical. Dependerá mucho de los intérpretes, entonces, que ese instrumento suene mejor o peor. Tengo para mí que un humorista es una suerte de laboratorio, donde se recibe una información, se la procesa y se la expide con el aditamento del humor. La relación entre el producto obtenido y la información que lo generó será la misma relación que existe entre el vino y las uvas. A tales uvas, tales vinos. Y la excelencia del producto dependerá, lógicamente, de la capacidad analítica del laboratorio.

© LA GACETA

* Este artículo fue publicado originalmente en este suplemento en 2003.

PERFIL

Roberto Fontanarrosa nació en Rosario en 1944 y murió en su ciudad, en julio de 2007. Formó parte del plantel de humoristas de la revista Hortensia y en 1973 comenzó a publicar su viñeta en Clarín. “El Negro” es el creador de personajes inmortales como Inodoro Pereyra y Boogie, el aceitoso. Sus viñetas se recopilaron en diversos volúmenes. También fue un eximio cuentista, plasmados en libros como El mundo ha vivido equivocado (1982), No sé si he sido claro (1986), Nada del otro mundo (1987), Uno nunca sabe (1993), La mesa de los Galanes (1995) y Te digo más... (2001).

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