“Me interesaba que los personajes ingresaran en un mundo sin explicación”

El ganador del Premio Sigmar de Novela 2017 habla sobre una obra que circula por géneros muy diversos. De la novela negra a la literatura infantil. Se refiere también a la relación de la cultura japonesa con su vida y sus libros.

16 Jul 2017
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UN MUNDO DE CONTRADICCIONES. Martín Sancia Kawamichi explora aspectos inquietantes y hasta terroríficos de la realidad. Meterphoto

Por Hernán Carbonel - Para LA GACETA - Salto

- Hay una historia muy ligada con la cultura japonesa en tu vida y en tu obra.

- Mi papá es hijo de una argentina, mi abuela Juana, y un japonés, Taru Kawamichi. Taru murió de tuberculosis cuando mi papá tenía un año y medio o dos. Este hombre se dedicaba a la pelea callejera, según contaba mi abuela. Cuando murió, mi abuela se volvió a casar con Juan Sancia, y Sancia adoptó a mi papá como hijo propio, pero legalmente recién a los 18 años. Y así mi papá pasó de ser Alberto Kawamichi a ser Alberto Sancia. Cuando mi abuelo Juan murió, mi papá me contó la historia, el mismo día del velatorio. No aguantó (risas). Yo siempre tuve un rechazo hacia el lado Kawamichi de mi sangre. No lo quería aceptar porque, pobre mi abuelo Juan, no pudo tener hijos. Tuve una relación muy fuerte con él.

- ¿Y siempre llevaste los dos apellidos?

- Mi apellido japonés se reflotó cuando publiqué la novela Hotaru, con la que gané el primer premio del Festival BAN! de novela negra. La novela es una mezcla de geishas con montoneros. Cuenta una historia de amor de un muchacho que pertenece o cree pertenecer a Montoneros, y su novia de la infancia, una chica que a los 12 años se va a vivir a Japón y se hace geisha. Y cuando el editor de Hotaru me preguntó el porqué de los japoneses en la novela, le conté toda esta historia, y él me propuso utilizar el apellido Kawamichi. Fue una especie de negociación. Yo les dije: “no me den el premio, no van a vender la novela porque a mí no me conoce nadie, yo me conformo con que la publiquen”. Y él me dijo: “el jurado ya eligió. Si vos tenés tanta culpa por haber ganado el premio, vamos a hacer una cosa: te damos el primer premio y vos a cambio te ponés el apellido Kawamichi” (risas). “Está bien”, le dije, “pero me dejo el apellido Sancia”.

- Shunga, tu última novela para adultos, que se editó este año, también tiene tópicos orientales. Y un diseño muy particular, con tres tapas diferentes.

- Shunga es un estilo de estampado japonés. Se llaman ukiyo-e, y están especializadas en el sexo. Tuvieron su auge en el período Edo, desde el 1600 hasta mediados del 1800. Japón estuvo aislado del mundo, hasta que volvió a tomar contacto con Occidente, y del contacto con Occidente viene el pudor. Ahí el shunga comienza a ser perseguido, y un montón de costumbres japonesas cambian. Lo que la shunga reflejaba era la manera que tenían los japoneses de vivir la sexualidad en el pasado. No eran escenas eróticas, eran directamente pornográficas. Incluso exageraban los miembros masculinos. Cuando le pasé la novela al editor -Damián Blas Vives, de Evaristo Editorial- me dijo que el ilustrador de la editorial, Japo Yamasato, era japonés, increíblemente, y que le iba a pedir que ilustrara la tapa con ese estilo. Y de ahí las tres tapas: una pornográfica, una erótica y una “normal”.

- Un cambio brusco: pasemos a la literatura infantil (risas). Ya habías publicado, por Sudamericana, Breves historias de animales…, que son relatos muy cortos, o microrrelatos, que juegan con una forma de la ilustración muy particular. Y ahora acabás de editar Todas las sombras son mías.

- Hay una novela mía, anterior, de 2014, que se llama Los poseídos de luna picante, que ganó el segundo premio Sigmar. Si bien era menos terrorífica que esta, era muy delirante.

- En Todas las sombras son mías, Alexis, uno de los personajes principales, es quien se lleva buena parte de la atracción.

- El personaje principal es un psicópata, que tiene poderes especiales. Manipulador, maneja a sus padres: al padre lo pone en penitencia; la mamá lo tiene que tratar de Señor Hijo.

- Para los que somos padres, eso tiene toda una lectura.

- Sí, claro. Pero Alexis, más que dominar a la gente, la humilla. Él es, aparte, un chico brillante, y lindo, lo que le abre la puerta para que los demás lo admiren. Ese es un detalle importante. Es el que tiene el poder. Alexis llega un día a la escuela y los comienza a dominar a todos: maestros, compañeros...

- Y organiza una piyamada, que se da en una especie de casa del terror.

- Lo que me interesaba era que los personajes, en esa piyamada, ingresaran en un mundo sin explicación, donde pudiera pasar literalmente cualquier cosa. Espantosas, terroríficas. Y que esas cosas se pudieran contradecir. Ver que alguien estalla en mil pedazos y al rato se lo vuelve a ver vivo otra vez.

- Tiene algo de David Lynch, esa escena. Algo onírico.

- Puede ser. Yo estudié cine, aunque no tengo muy vista la obra de Lynch, solamente Blue Velvet y Corazón salvaje. Pero ahora que lo decís, sí, esa manera de manejar lo horroroso y lo siniestro. El punto de partida para la novela fue una imagen así: una chica huele una flor, estornuda y se le sale la cara.

© LA GACETA

PERFIL

Martin Sancia Kawamichi nació en 1973. Estudió cine y literatura. Su novela Hotaru obtuvo el Primer Premio en el Concurso de Novela Negra BAN! (Del Nuevo Extremo 2014), y acaba de editar Shunga (Evaristo Editorial). Para el público infantil publicó Breves historias de animales sabrosos, engreídos, enamorados, malditos, venenosos, enlatados, tristes, cobardes, crueles, espinosos… y otras historias (Sudamericana, 2009), Los poseídos de Luna Picante (segundo Premio Sigmar 2014), y Todas las sombras son mías (Premio Sigmar 2017).

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