“No creo que uno tenga que escribir para cambiar (la realidad)”

Referente del periodismo narrativo en América latina, Guerriero habla aquí sobre la vocación, el talento y la labor de un editor. También se refiere a Un mundo lleno de futuro (Planeta), libro de crónicas que la tiene como editora. “No se puede confiar solamente en lo que llamamos inspiración”, afirma.

02 Jul 2017
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ENTREVISTA A LEILA GUERRIERO 

- Hace poco en una entrevista dijo que “la escritura se aprende leyendo”. ¿Cuánto de esto hay y cuánto de vocación y talento natural?

- No todo lector se transforma en un escritor. No toda la gente que lee mucho quiere escribir, como no toda la gente que va al cine quiere dedicarse al cine ni toda la gente que va a la ópera quiere cantar ópera. La vocación es algo un poco misterioso, no se sabe cómo surge. Ahora, una vez surgida esa vocación de escribir creo que hay mucho de eso, que vos llamás el talento. Como en todos los oficios y profesiones, hay gente que tiene un talento, predisposición natural o lo que fuere, que destaca por sobre encima de otro montón de gente que tiene esa vocación pero no tiene tanto talento. Pero también creo que el talento no es algo sobre lo que vos te puedas acomodar panchamente y decir: “ah bueno, tengo talento entonces no lo trabajo”. Es como cualquier persona que tenga una profesión o un oficio relacionado con la creatividad, sea músico, sea pintor o sea lo que fuere, sabe que no puede confiar solamente en lo que llamamos la inspiración. Si un pintor solo va a pintar cuando está inspirado, o un escritor solo va a escribir cuando está inspirado, no se logra tener una producción acorde con lo que uno necesita producir. Entonces, la inspiración, como decía aquel escritor, te tiene que agarrar trabajando. Yo creo que lo mismo pasa con el talento, tenés que nutrirlo. Y ahí entra la lectura como entran, para una persona que escribe, tantas otras cosas. Creo que mucha gente que quiere escribir va buscando fórmulas, como la fórmula mágica de que alguien le diga: “para escribir bien tenés que mezclar tantos adjetivos con tantos sustantivos con tantas frases largas, con tantas frases cortas, con tantos puntos aparte y ya. Escribís bien”. No existe eso.

- Para ser periodista, ¿es necesario escribir bien?

- Si sos periodista gráfico, sí.

- Pero algunos dicen que el que sabe escribir, después sabe hablar. ¿Qué pasa con los periodistas de radio y de televisión?

- No necesariamente. Hay gente que escribe bien y hace bien radio y hace bien televisión y hay gente que no, como todo. Cada cosa necesita un saber específico. Hay gente mucho más diversa en su talento. A mí me parece que un buen periodista tiene que estar bien formado a nivel general. Obviamente todos tienen que saber escribir. Un gran periodista de gráfica no tiene por qué ser un gran periodista de televisión, pero me parece que los dos tienen que compartir algo, que es la capacidad de tener una cabeza bien llena de referencias de todo tipo.

- En la misma entrevista mencionada anteriormente dijo que uno empieza a escribir porque quiere hacer lo que hacen otros, ¿cómo se siente que ahora suceda a la inversa? Muchos deben escribir porque ven su obra y se inspiran.

- En las ferias del libro uno se encuentra con gente, por ahí con periodistas jóvenes o gente que está cursando la carrera o gente que abandonó una carrera y que empezó a estudiar periodismo “porque leí tal libro tuyo”. Hay como una lejana referencia de que eso ocurra o de que uno tiene gente que lo lee y lo que uno hace puede llegar a funcionar como disparador para esas personas. Pero la verdad es que no tengo mucho registro de eso. Me parece agradable, pero no lo siento como una responsabilidad.

- Respecto de Un mundo lleno de futuro, que reúne diez crónicas de autores hispanoamericanos, ¿hay algún hilo que las una?

- El tema básico de lo que las une es el hecho de que son todas personas que desarrollaron algún emprendimiento basado en una necesidad o en una carencia que supieron detectar e inventaron, produjeron, o trajeron algo a la realidad para suplir esa carencia con mucha inventiva y también con mucho esfuerzo. Es gente que tuvo una idea y le puso el cuerpo a la idea y le invirtió tiempo, esfuerzo y dinero. Son todas crónicas relacionadas con ciencia, con tecnología, con salud. Además, no se lo puede ver como un libro puramente optimista porque todos los textos que reúne son textos que también cuentan cónicas un poco excepcionales. Son casos excepcionales. Te pongo un ejemplo, hay una crónica en Colombia de un grupo de gente que desarrolló un pozo de agua para unos indígenas wayúu en la Guajira y a la vez en la misma crónica, en espejo, hay otra historia que narra cómo se instalaron unas plantas generadoras de electricidad en el medio de la selva. Era gente que no conocía la electricidad. Pero salvo ese pozo de agua en la Guajira y salvo esa planta de energía en el medio de la selva, todo lo demás que rodea sigue sin agua y todo lo demás que rodea sigue a oscuras. Son crónicas que, de alguna forma, la contracara es que revelan las enormes carencias de la región, de América Latina y también un poco la ausencia del Estado en todo el continente.

- ¿Buscan despertar algún tipo de conciencia por parte de la sociedad o del Estado?

- Visibilizan la solución pero también visibilizan la carencia, las dos cosas. Los efectos que eso produzca están más allá de las crónicas. Yo no creo que uno tenga que escribir para cambiar. Soy bastante escéptica en ese sentido. Los que modifican las situaciones son, precisamente, los protagonistas del libro. Los periodistas las cuentan. De ahí en más, de lo que pase con eso, creo que uno tiene menos control.

- ¿Tuvieron repercusiones?

- Acabo de llegar de una gira por Bogotá y Quito, donde se presentó el libro que está casi recién salido, y lo que pude ver qué pasó con esas presentaciones en las que había uno de los protagonistas de las historias, es que estaban muy conmovidos con el hecho de que su historia hubiera llamado la atención de un periodista durante tanto tiempo y que terminara en un libro. En Quito, que es una crónica que cuenta la historia de una escuela donde se integran personas sordas, había una de las chicas sordas en el público y estaba con uno de los profesores, de los impulsores del proyecto, y había una sensación de que estaban muy emocionados con esto. Pero más allá de eso no he tenido mucha devolución por parte de los protagonistas. Sí de los periodistas, que de repente te cuentan que tal se compró el libro, que leyó la crónica, que está emocionadísimo, que no paran de hablar de eso en el pueblo.

- Como editora, ¿hasta qué punto se juega el estilo de escritura propio y se respeta el del redactor?

- El editor lo que tiene que hacer no es pensar en cómo lo hubiera escrito él. Estas son todas crónicas en las que yo seleccioné a los periodistas porque los conozco, a muchos los he editado antes, me encanta cómo trabajan, son de los mejores periodistas de Latinoamérica y son periodistas además habituados a contar historias relacionadas con temas duros, conflictos, narcos. Los elegí específicamente porque no quería que este libro fuera una recopilación de historias ñoñas, ramplonas, de superación y de historias de vida. Estaba en las antípodas de lo que yo quería hacer. Entonces, cuando vos encargás, contás con que lo que te van a ofrecer te va a parecer muy bueno. Y creo que en ese sentido el editor lo que tiene que hacer es intentar desaparecer detrás de la escritura del otro. No puede sugerir un estilo que no sea el estilo del periodista ni imponer soluciones que sean las que hubiera utilizado el editor. El momento de la edición es el momento de desaparecer detrás del estilo del otro, por supuesto, haciendo una lectura muy incisiva, muy a fondo, buscando lo que funciona, lo que no funciona, marcando, haciendo sugerencias, etc. Pero las soluciones las tiene que encontrar el autor porque sino terminás borrando el estilo del otro detrás del tuyo.

© LA GACETA

PERFIL

Leila Guerriero (1967, Junín) publica en medios como La Nación y Rolling Stone, de Argentina; El Mercurio, de Chile; L’Internazionale, de Italia; y El País, de España. Ha publicado libros de no ficción como Los suicidas del fin del mundo y Una historia sencilla. Ganó el premio CEMEX-FNPI y el González Ruano. Es editora de Gatopardo para América Latina y directora de la colección Mirada crónica, de Tusquets. Dirige la especialización en periodismo de la Fundación Tomás Eloy Martínez.

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