Primer pequeño diálogo, en este caso a bordo de un taxi en la Terminal de Ómnibus:
- A Juan B. Justo al 1.000, por favor.
- ¿Por dónde quiere que lo lleve?
El anzuelo quedó lanzado a la espera de una respuesta del tipo “no conozco” o “no soy de acá” y es justamente la que recibió el chofer. Acto seguido tomó Brígido Terán-Soldati, subió por San Martín hasta Laprida, al llegar a avenida Sarmiento giró a la izquierda y en Junín retomó a la derecha hasta Uruguay. Por ahí bajó a Juan. B. Justo. El episodio se registró la semana pasada y el itinerario fue reconstruido por amigos de la “víctima”, a quien le había parecido extraño que el taxi diera tantas vueltas. Claro, le habían avisado que el trayecto de la terminal a la dirección indicada era mucho más directo.
Taxistas que llevan de paseo a pasajeros foráneos hay en todo el mundo (tal vez Montevideo sea la excepción si de Sudamérica hablamos). El problema añadido en Tucumán es que la estafa se perpetra en autos dignos del tren fantasma. Como dijo con humor cordobés el protagonista de la anécdota narrada aquí, “si hubiera viajado con aire acondicionado era otra cosa”. Le tocó un Corsa que parecía un sauna.
Cada vez que se instala el debate por la suba de tarifas para el transporte público los argumentos de las patronales se repiten. De lo que nunca se habla es de los derechos de los usuarios. Los ediles sacan el tema cuando la prensa los apura, pero a la hora de levantar la mano meten violín en bolsa. O peor: autorizan los aumentos a cuenta de futuras y fantasiosas mejoras en la calidad del servicio.
El servicio de taxis es pésimo en la capital y en los municipios que conforman el conurbano y se brinda en un contexto de queja universal. Se quejan los propietarios por la presión tributaria y el costo de mantenimiento de las unidades; se quejan los choferes que trabajan en negro y en condiciones de semiexplotación; se quejan los ciudadanos cada vez que tienen que pagar por subirse a autos sucios y destartalados. Los que no se quejan, o al menos no se los escucha en la medida de lo debido, son los funcionarios del Ente de Turismo. Dentro de la ciudad que pretenden vender como producto premium hay una quinta columna que ahuyenta visitantes y desde hace años la Terminal de Ómnibus es un ejemplo en ese sentido.
Segundo pequeño diálogo (registrado en la plazoleta Dorrego hace un par de meses):
- ¿Por favor, podría apagar el cigarrillo? Sufro de los pulmones y me hace mal el humo...
- Mirá que voy a apagar el cigarro para llevarte a vos.
Más allá de la grosería, insólita y censurada por la mayoría de los choferes que conocieron el caso, hay un dato ineludible: en Tucumán cualquiera maneja un taxi. Según los propietarios, los laburantes confiables se cuentan con los dedos de una mano. Dicen que, por lo general, son descuidados, que no respetan los horarios o viven faltando, que les roban parte de la recaudación, que no cuidan los autos. Y que todas esas razones conspiran contra las iniciativas para blanquearlos. Desde la vereda del frente, los taxistas denuncian las condiciones deplorables en las que deben trabajar (¿a quién no le explicaron que circulan con el aire apagado por indicación del dueño?), las jornadas interminables sin descanso, el amarretismo de propietarios que no invierten en repuestos, y todo eso sin aportes jubilatorios ni obra social.
Hay choferes educados, cuidadosos para manejar, correctamente vestidos, preocupados por la limpieza del auto. Hay choferes maltrazados, que mandan whatsapps mientras conducen y siempre redondean la tarifa en beneficio propio. También hay situaciones extremas y a quien las niegue se le recomienda tomar taxis de noche: choferes que trabajan alcoholizados o drogados. Como en todos los órdenes de la vida, hay paja y hay trigo en el universo de trabajadores del transporte público. En este caso, lo imprescindible es que funcionen los controles y ese siempre fue un lunar en la piel de la institucionalidad tucumana, porque se controla poco y mal.
No hay soluciones sencillas para problemas complejos, y en el caso de los taxis es multicausal. Lo más probable es que, a caballo de la inflación, se autorice en un horizonte más o menos cercano otro aumento de la tarifa. ¿Por qué no ir pensando en alguna clase de estrategia para que ese incremento esté atado a una mejora en el servicio? Pero que sea antes de que los concejales voten por el sí; porque una vez que reajustaron los relojes y las fichas empiezan a caer a las promesas se las lleva el viento.
- A Juan B. Justo al 1.000, por favor.
- ¿Por dónde quiere que lo lleve?
El anzuelo quedó lanzado a la espera de una respuesta del tipo “no conozco” o “no soy de acá” y es justamente la que recibió el chofer. Acto seguido tomó Brígido Terán-Soldati, subió por San Martín hasta Laprida, al llegar a avenida Sarmiento giró a la izquierda y en Junín retomó a la derecha hasta Uruguay. Por ahí bajó a Juan. B. Justo. El episodio se registró la semana pasada y el itinerario fue reconstruido por amigos de la “víctima”, a quien le había parecido extraño que el taxi diera tantas vueltas. Claro, le habían avisado que el trayecto de la terminal a la dirección indicada era mucho más directo.
Taxistas que llevan de paseo a pasajeros foráneos hay en todo el mundo (tal vez Montevideo sea la excepción si de Sudamérica hablamos). El problema añadido en Tucumán es que la estafa se perpetra en autos dignos del tren fantasma. Como dijo con humor cordobés el protagonista de la anécdota narrada aquí, “si hubiera viajado con aire acondicionado era otra cosa”. Le tocó un Corsa que parecía un sauna.
Cada vez que se instala el debate por la suba de tarifas para el transporte público los argumentos de las patronales se repiten. De lo que nunca se habla es de los derechos de los usuarios. Los ediles sacan el tema cuando la prensa los apura, pero a la hora de levantar la mano meten violín en bolsa. O peor: autorizan los aumentos a cuenta de futuras y fantasiosas mejoras en la calidad del servicio.
El servicio de taxis es pésimo en la capital y en los municipios que conforman el conurbano y se brinda en un contexto de queja universal. Se quejan los propietarios por la presión tributaria y el costo de mantenimiento de las unidades; se quejan los choferes que trabajan en negro y en condiciones de semiexplotación; se quejan los ciudadanos cada vez que tienen que pagar por subirse a autos sucios y destartalados. Los que no se quejan, o al menos no se los escucha en la medida de lo debido, son los funcionarios del Ente de Turismo. Dentro de la ciudad que pretenden vender como producto premium hay una quinta columna que ahuyenta visitantes y desde hace años la Terminal de Ómnibus es un ejemplo en ese sentido.
Segundo pequeño diálogo (registrado en la plazoleta Dorrego hace un par de meses):
- ¿Por favor, podría apagar el cigarrillo? Sufro de los pulmones y me hace mal el humo...
- Mirá que voy a apagar el cigarro para llevarte a vos.
Más allá de la grosería, insólita y censurada por la mayoría de los choferes que conocieron el caso, hay un dato ineludible: en Tucumán cualquiera maneja un taxi. Según los propietarios, los laburantes confiables se cuentan con los dedos de una mano. Dicen que, por lo general, son descuidados, que no respetan los horarios o viven faltando, que les roban parte de la recaudación, que no cuidan los autos. Y que todas esas razones conspiran contra las iniciativas para blanquearlos. Desde la vereda del frente, los taxistas denuncian las condiciones deplorables en las que deben trabajar (¿a quién no le explicaron que circulan con el aire apagado por indicación del dueño?), las jornadas interminables sin descanso, el amarretismo de propietarios que no invierten en repuestos, y todo eso sin aportes jubilatorios ni obra social.
Hay choferes educados, cuidadosos para manejar, correctamente vestidos, preocupados por la limpieza del auto. Hay choferes maltrazados, que mandan whatsapps mientras conducen y siempre redondean la tarifa en beneficio propio. También hay situaciones extremas y a quien las niegue se le recomienda tomar taxis de noche: choferes que trabajan alcoholizados o drogados. Como en todos los órdenes de la vida, hay paja y hay trigo en el universo de trabajadores del transporte público. En este caso, lo imprescindible es que funcionen los controles y ese siempre fue un lunar en la piel de la institucionalidad tucumana, porque se controla poco y mal.
No hay soluciones sencillas para problemas complejos, y en el caso de los taxis es multicausal. Lo más probable es que, a caballo de la inflación, se autorice en un horizonte más o menos cercano otro aumento de la tarifa. ¿Por qué no ir pensando en alguna clase de estrategia para que ese incremento esté atado a una mejora en el servicio? Pero que sea antes de que los concejales voten por el sí; porque una vez que reajustaron los relojes y las fichas empiezan a caer a las promesas se las lleva el viento.
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