03 Marzo 2004 Seguir en 
El mensaje del Presidente de la Nación ante la Asamblea Legislativa del Congreso para inaugurar el 122° período de sesiones, más que un informe sobre lo realizado por el Poder Ejecutivo durante el lapso precedente de gobierno y las medidas que se propone concretar en el nuevo ejercicio anual, ha constituido fundamentalmente una reafirmación de principios, cuya orientación ha venido expresando el primer magistrado desde su asunción. El propio doctor Kirchner se encargó de advertirlo cuando, al comenzar su exposición, manifestó que no se trataría de un acto y mensaje de protocolo, aludiendo con ello al abandono del sentido tradicional del informe anual al Parlamento y a la ciudadanía. Consecuentemente, las cuestiones abordadas en el discurso lo fueron en gran mayoría para tratar de explicar las posiciones adoptadas, procurando justificarlas mediante razones muy generales que no pueden dejar de compartirse. El caso más notorio fue el de la deuda pública, con alusión recurrente en casi todo el discurso, del que no puede discreparse cuando se afirma que no debe satisfacerse mediante el hambre y la miseria de la sociedad. En tal sentido, hubo más espacio para la crítica descalificadora de quienes la asumieron o toleraron que para las alternativas a las que podría recurrirse con el fin de evitar que el país quede fuera de su inserción en el mundo, al mismo tiempo proclamada.
La alusión a un futuro "proyecto nacional" tampoco tuvo precisiones mayores, como no fuese la insistente imputación, contrario sensu, de los modelos preexistentes. En ese punto, el Presidente no escatimó severas alusiones a quienes lo precedieron en el gobierno y en el Congreso desde la restauración constitucional, quienes en muy buena parte lo aplaudieron desde las bancas en 23 ocasiones. El estilo personal y directo del doctor Kirchner se hizo más ostensible en esos momentos, matizándose con la ausencia absoluta de recurrencias a su militancia partidaria así como a los hábitos y menciones tradicionales del peronismo. Con ese marco conceptual, el discurso asumió un rumbo marcadamente apartidario para tratar de llegar a una sociedad desencantada de sus dirigencias representativas, posicionamiento acertado que deberá ser acompañado a la brevedad posible por decisiones concretas ya mencionadas en diversas oportunidades por el Presidente o sus ministros y que no han sido parte del mensaje.
Poco o ningún espacio ha tenido en esta ocasión la necesidad de que el Poder Ejecutivo someta a la consideración del Congreso la renegociación de la deuda, un mandato constitucional invariablemente incumplido por administraciones precedentes. Lo mismo puede decirse de la apremiante ley pendiente, desde hace siete años, sobre coparticipación federal de impuestos, o el proyecto de reforma política que debería contribuir al fin de los fracasos denunciados por el primer mandatario. Habría sido muy estimulante para una sociedad que espera transparencia y eficacia de la gestión pública que el discurso ante el Congreso hubiera puntualizado en esos compromisos tantas veces frustrados. También estuvo ausente la reforma del sistema financiero, fuertemente afectado por la crisis y con innegables repercusiones sobre la economía general, así como la situación del sistema previsional de capitalización, sometido a una perturbadora incertidumbre, amén de otros temas de carácter estructural sin los cuales es muy difícil imaginar el aludido "proyecto nacional". Esas omisiones del mensaje presidencial al Congreso no son, por cierto, motivo para dejar de advertir un sentimiento particularmente firme del Presidente que, más allá de su personalidad crítica, asegura las libertades y los derechos fundamentales de la democracia que tanto costó recuperar.
La alusión a un futuro "proyecto nacional" tampoco tuvo precisiones mayores, como no fuese la insistente imputación, contrario sensu, de los modelos preexistentes. En ese punto, el Presidente no escatimó severas alusiones a quienes lo precedieron en el gobierno y en el Congreso desde la restauración constitucional, quienes en muy buena parte lo aplaudieron desde las bancas en 23 ocasiones. El estilo personal y directo del doctor Kirchner se hizo más ostensible en esos momentos, matizándose con la ausencia absoluta de recurrencias a su militancia partidaria así como a los hábitos y menciones tradicionales del peronismo. Con ese marco conceptual, el discurso asumió un rumbo marcadamente apartidario para tratar de llegar a una sociedad desencantada de sus dirigencias representativas, posicionamiento acertado que deberá ser acompañado a la brevedad posible por decisiones concretas ya mencionadas en diversas oportunidades por el Presidente o sus ministros y que no han sido parte del mensaje.
Poco o ningún espacio ha tenido en esta ocasión la necesidad de que el Poder Ejecutivo someta a la consideración del Congreso la renegociación de la deuda, un mandato constitucional invariablemente incumplido por administraciones precedentes. Lo mismo puede decirse de la apremiante ley pendiente, desde hace siete años, sobre coparticipación federal de impuestos, o el proyecto de reforma política que debería contribuir al fin de los fracasos denunciados por el primer mandatario. Habría sido muy estimulante para una sociedad que espera transparencia y eficacia de la gestión pública que el discurso ante el Congreso hubiera puntualizado en esos compromisos tantas veces frustrados. También estuvo ausente la reforma del sistema financiero, fuertemente afectado por la crisis y con innegables repercusiones sobre la economía general, así como la situación del sistema previsional de capitalización, sometido a una perturbadora incertidumbre, amén de otros temas de carácter estructural sin los cuales es muy difícil imaginar el aludido "proyecto nacional". Esas omisiones del mensaje presidencial al Congreso no son, por cierto, motivo para dejar de advertir un sentimiento particularmente firme del Presidente que, más allá de su personalidad crítica, asegura las libertades y los derechos fundamentales de la democracia que tanto costó recuperar.







