02 Marzo 2004 Seguir en 
Hace pocos días dedicamos una extensa nota, que incluía opiniones de especialistas, a la necesidad de definir el perfil urbano de San Miguel de Tucumán. Se trata de algo que requiere ser encarado con urgencia. Está a la vista de todos que nuestra capital sufre, simultáneamente, un proceso de crecimiento anárquico y de constante degradación, sin que las administraciones municipales parezcan encontrar el momento de establecer una planificación definida y coherente sobre esos temas. Es evidente que esta degradación debe detenerse.
Nuestra ciudad debe respetar el escaso patrimonio artístico e histórico que le queda, y que le otorga identidad. Debe revalorizar y aumentar sus espacios verdes, y adoptar definiciones sobre una serie de temas vinculados a ellos, que están planteados desde hace muchos años y que carecen de una salida. Debe planificar sus circuitos históricos y ser capaz no solamente de atraer al turismo, sino de interesarlo en lo que la ciudad contiene y en su significado. Debe terminar con todas las situaciones que cooperan a la desnaturalización urbana: desde la invasión de vendedores ambulantes en sus calles, hasta las plagas del transporte trucho o del estacionamiento a capricho.
Debe, además, como lo advirtió uno de los especialistas consultados, prestar atención a su entorno, es decir al Gran San Miguel de Tucumán (Yerba Buena, Banda del Río Salí, Tafí Viejo, Villa Carmela), y a ese soberbio y vital conjunto paisajístico que es el cerro de San Javier, donde la acción negativa del hombre opera constantemente. Se corre el riesgo de tener, un día, instaladas allí favelas como las existentes en otras ciudades latinoamericanas.
En todos estos asuntos, se hace necesario por cierto dictar normas. Alguna vez deben tratarse los proyectos existentes en la Legislatura: sabemos que hay uno, desde hace más de un año, de protección integral del patrimonio arquitectónico, artístico y cultural, y otro, reciente, que busca implementar un sistema de mecenazgo, por ejemplo; ello sin perjuicio de otros nuevos que pudieran confeccionarse con el concurso de especialistas. No son temas menores y merecen consideración detenida.
No es sencillo planificar una ciudad. Se trata de un conjunto heterogéneo que se halla en constante movimiento y en constante cambio, y donde influyen intereses dispares y en muchas ocasiones contrapuestos. Pero sí es posible establecer ciertas pautas (como lo han hecho muchas grandes urbes del mundo), para que ese cambio no termine destrozando todo y generando un caos donde no solamente se esfume la identidad, sino también las posibilidades de una razonable calidad de vida para los habitantes. En este, como en todos los casos, la inacción es lo peor. San Miguel de Tucumán tiene ya más de tres siglos y medio de existencia, y merece que alguna vez se encare un proyecto serio sobre su futuro.
Pero también es preciso establecer una coherencia, de manera que lo que planifique una administración no sea modificado arbitrariamente por la que la suceda. También es preciso crear una conciencia en el habitante, porque es un hecho que el de San Miguel de Tucumán constituye uno de los vecindarios más indiferentes acerca de la marcha de la urbe en que habita.
En suma, debe resolverse cómo queremos que sea esta ciudad. Lo que equivale a tomar una posición sobre si estamos de acuerdo con el caos actual o si aspiramos a remontarlo efectivamente. Tal es la tarea que corresponde enfrentar. Como decimos arriba, es difícil, pero de ninguna manera se la puede considerar imposible. Lo que ocurre es que, hasta la fecha, no se ha planificado nada; o, cuando se lo ha hecho, las acciones respectivas carecieron de continuidad.
Nuestra ciudad debe respetar el escaso patrimonio artístico e histórico que le queda, y que le otorga identidad. Debe revalorizar y aumentar sus espacios verdes, y adoptar definiciones sobre una serie de temas vinculados a ellos, que están planteados desde hace muchos años y que carecen de una salida. Debe planificar sus circuitos históricos y ser capaz no solamente de atraer al turismo, sino de interesarlo en lo que la ciudad contiene y en su significado. Debe terminar con todas las situaciones que cooperan a la desnaturalización urbana: desde la invasión de vendedores ambulantes en sus calles, hasta las plagas del transporte trucho o del estacionamiento a capricho.
Debe, además, como lo advirtió uno de los especialistas consultados, prestar atención a su entorno, es decir al Gran San Miguel de Tucumán (Yerba Buena, Banda del Río Salí, Tafí Viejo, Villa Carmela), y a ese soberbio y vital conjunto paisajístico que es el cerro de San Javier, donde la acción negativa del hombre opera constantemente. Se corre el riesgo de tener, un día, instaladas allí favelas como las existentes en otras ciudades latinoamericanas.
En todos estos asuntos, se hace necesario por cierto dictar normas. Alguna vez deben tratarse los proyectos existentes en la Legislatura: sabemos que hay uno, desde hace más de un año, de protección integral del patrimonio arquitectónico, artístico y cultural, y otro, reciente, que busca implementar un sistema de mecenazgo, por ejemplo; ello sin perjuicio de otros nuevos que pudieran confeccionarse con el concurso de especialistas. No son temas menores y merecen consideración detenida.
No es sencillo planificar una ciudad. Se trata de un conjunto heterogéneo que se halla en constante movimiento y en constante cambio, y donde influyen intereses dispares y en muchas ocasiones contrapuestos. Pero sí es posible establecer ciertas pautas (como lo han hecho muchas grandes urbes del mundo), para que ese cambio no termine destrozando todo y generando un caos donde no solamente se esfume la identidad, sino también las posibilidades de una razonable calidad de vida para los habitantes. En este, como en todos los casos, la inacción es lo peor. San Miguel de Tucumán tiene ya más de tres siglos y medio de existencia, y merece que alguna vez se encare un proyecto serio sobre su futuro.
Pero también es preciso establecer una coherencia, de manera que lo que planifique una administración no sea modificado arbitrariamente por la que la suceda. También es preciso crear una conciencia en el habitante, porque es un hecho que el de San Miguel de Tucumán constituye uno de los vecindarios más indiferentes acerca de la marcha de la urbe en que habita.
En suma, debe resolverse cómo queremos que sea esta ciudad. Lo que equivale a tomar una posición sobre si estamos de acuerdo con el caos actual o si aspiramos a remontarlo efectivamente. Tal es la tarea que corresponde enfrentar. Como decimos arriba, es difícil, pero de ninguna manera se la puede considerar imposible. Lo que ocurre es que, hasta la fecha, no se ha planificado nada; o, cuando se lo ha hecho, las acciones respectivas carecieron de continuidad.







