22 Febrero 2004 Seguir en 
En uno de los últimos conciertos nocturnos de la Banda Sinfónica en la plaza Independencia se distinguía, a un costado de la platea, a un joven que presenciaba el espectáculo apoyado en su bicicleta. Uno de los músicos, que desde hace años es el presentador de la banda, estaba contando al público una breve historia del autor de la pieza que se iba a escuchar a continuación. Lo hacía, como de costumbre, en forma amena, con voz clara y sin estridencias. "Habla bien el vago", murmuró el ciclista para sí mismo, mientras toda la concurrencia atendía en silencio el relato.
El "vago" se refería a un episodio de la vida de Mariano Mores, el autor del tango sinfónico que interpretó luego la banda, que terminó en medio de sonoros aplausos, incluidos los del espectador-ciclista y los de una anciana que gritaba "¡bravo, bravo!" con notable energía. La pieza de cierre de aquel programa, que abarcaba autores de distintos países, fue un malambo sinfónico.
Con gran despliegue
Días después, no lejos de ahí, en las escalinatas de la Casa de Gobierno, se desarrolló un festival de folclore y tango con gran despliegue de luces y de equipos de sonido. Por supuesto, allí sí había un animador de verdad, distinto del músico de la banda, que amenizaba la presentación con cuentos, relatos y glosas bien preparadas para la ocasión.
En general, el objetivo principal de los presentadores de festivales es mantener la atención del público de cualquier manera. Estos usan frases como "¡con ustedes, este gran cultor de nuestra querida música de la tierra!" o "¡recibamos con un fuerte aplauso a estos extraordinarios intérpretes de la música ciudadana!". Con un poco de suerte suelen tener respuesta del público, que por otra parte divide su atención entre lo que pasa en el escenario y en la calle, y en medio del bullicio de choripaneros y vendedores de cuanta cosa sea posible.En los escenarios aparecen otros animadores: los mismos artistas. Estos utilizan diversas técnicas para atraer la atención del público. En los encuentros folclóricos, la más común es la de levantar el ánimo con frases como "¡a ver esas palmitas!" cuando arrancan con una chacarera. También esgrimen gritos como los conocidos "¡ay, ay, ay!" o los "¡meta, meta, vamos, vamos!", que tienen que ir acompasados para poder reforzar el ritmo de la pieza que está sonando.
Los alardes
Otros, los rockeros, apelan a los gestos de violencia, en un intento por mostrar un espíritu de rebeldía que, por supuesto, desaparece en cuanto bajan del escenario o a la hora de cobrar el cachet. También están en esta categoría de artistas-animadores los "cuarteteros", que sólo necesitan de un presentador al comienzo de la función, porque después se la baten solos durante horas, cantando y bailando en el escenario y haciendo bailar y cantar al público. Y por último, los intérpretes que sólo entregan su arte con un manejo exquisito de silencios y de sutiles gestos físicos en el escenario. No hace mucho, el brasileño Joao Gilberto dio una clase de esta forma de expresión durante una presentación en Buenos Aires.
Algo para decir
Como se ve, hay presentadores y animadores para todos los gustos. No es fácil evaluar la eficacia de cada uno de ellos, ni situarlos en una escala de jerarquías. Pero sí es posible buscar en el mismo público una valoración del trabajo del animador de espectáculos públicos. En todo caso, queda claro que el que sube a un escenario lo hace para comunicarse con la gente. Por lo tanto, debe tener algo para decir, y debe estar preparado para ello antes de plantarse frente al público. El ciclista que murmuró "habla bien el vago" en aquel concierto de la banda ya lo sabe muy bien.
El "vago" se refería a un episodio de la vida de Mariano Mores, el autor del tango sinfónico que interpretó luego la banda, que terminó en medio de sonoros aplausos, incluidos los del espectador-ciclista y los de una anciana que gritaba "¡bravo, bravo!" con notable energía. La pieza de cierre de aquel programa, que abarcaba autores de distintos países, fue un malambo sinfónico.
Con gran despliegue
Días después, no lejos de ahí, en las escalinatas de la Casa de Gobierno, se desarrolló un festival de folclore y tango con gran despliegue de luces y de equipos de sonido. Por supuesto, allí sí había un animador de verdad, distinto del músico de la banda, que amenizaba la presentación con cuentos, relatos y glosas bien preparadas para la ocasión.
En general, el objetivo principal de los presentadores de festivales es mantener la atención del público de cualquier manera. Estos usan frases como "¡con ustedes, este gran cultor de nuestra querida música de la tierra!" o "¡recibamos con un fuerte aplauso a estos extraordinarios intérpretes de la música ciudadana!". Con un poco de suerte suelen tener respuesta del público, que por otra parte divide su atención entre lo que pasa en el escenario y en la calle, y en medio del bullicio de choripaneros y vendedores de cuanta cosa sea posible.En los escenarios aparecen otros animadores: los mismos artistas. Estos utilizan diversas técnicas para atraer la atención del público. En los encuentros folclóricos, la más común es la de levantar el ánimo con frases como "¡a ver esas palmitas!" cuando arrancan con una chacarera. También esgrimen gritos como los conocidos "¡ay, ay, ay!" o los "¡meta, meta, vamos, vamos!", que tienen que ir acompasados para poder reforzar el ritmo de la pieza que está sonando.
Los alardes
Otros, los rockeros, apelan a los gestos de violencia, en un intento por mostrar un espíritu de rebeldía que, por supuesto, desaparece en cuanto bajan del escenario o a la hora de cobrar el cachet. También están en esta categoría de artistas-animadores los "cuarteteros", que sólo necesitan de un presentador al comienzo de la función, porque después se la baten solos durante horas, cantando y bailando en el escenario y haciendo bailar y cantar al público. Y por último, los intérpretes que sólo entregan su arte con un manejo exquisito de silencios y de sutiles gestos físicos en el escenario. No hace mucho, el brasileño Joao Gilberto dio una clase de esta forma de expresión durante una presentación en Buenos Aires.
Algo para decir
Como se ve, hay presentadores y animadores para todos los gustos. No es fácil evaluar la eficacia de cada uno de ellos, ni situarlos en una escala de jerarquías. Pero sí es posible buscar en el mismo público una valoración del trabajo del animador de espectáculos públicos. En todo caso, queda claro que el que sube a un escenario lo hace para comunicarse con la gente. Por lo tanto, debe tener algo para decir, y debe estar preparado para ello antes de plantarse frente al público. El ciclista que murmuró "habla bien el vago" en aquel concierto de la banda ya lo sabe muy bien.







