La realidad municipal

Las disposiciones sobre la calle Congreso significan la valorización de un monumento nacional.

19 Febrero 2004
Las disposiciones municipales sobre la calle Congreso -respecto de las que informamos en detalle en nuestra edición de ayer- significarán, por cierto, la justa valorización de un monumento nacional tan importante como es la Casa Histórica. La transformación de dos cuadras de la calle Congreso en peatonales, la unificación de las calzadas, las "plazas temáticas" que se anuncian, sin duda, habrán de colaborar para ese propósito. Simultáneamente, promoverán una cómoda afluencia de turistas al solar de la Independencia.
No es posible ignorar, al mismo tiempo, que la medida va a aumentar en alto grado las dificultades ya existentes para la circulación de automotores en la zona céntrica de la ciudad, recargando otras arterias tan estrechas como la que se clausura. Son reservas que en esta columna hicimos, tiempo atrás, a la iniciativa. Es de esperar que las ventajas que se obtengan superen tales reparos, cuya existencia no puede ponerse en duda.
Pero, sin que esto signifique menoscabar los citados trabajos, nos interesa hacer notar que hay otras cuestiones cuya atención debiera haberse encarado, por lo menos, con la misma resolución y el mismo entusiasmo que se proclaman para la valorización de la Casa Histórica. No es que sean superiores a esta última, pero sin duda ostentan un carácter de mucha mayor urgencia, para el buen orden de la ciudad.
Para nadie es un secreto -y este comentario lo ha afirmado con reiteración- que en San Miguel de Tucumán el cumplimiento de las ordenanzas municipales es letra muerta. Los ejemplos de lo que decimos podrían multiplicarse. No se respetan las indicaciones de los semáforos, ni las normas sobre estacionamiento, ni las referidas a los terrenos baldíos, ni las que obligan a conservar las veredas. Motociclistas y ciclistas hacen en la calle lo que les da la gana, al igual que los vendedores ambulantes. Carros de tracción a sangre van y vienen por las calles céntricas. No se observan los horarios de carga y descarga, como tampoco parecen regir las normas sobre ruidos molestos. Los taxis y los remises truchos siguen aumentando exponencialmente. El transporte público, en muchas líneas, se presta con muy graves deficiencias.
No se cumple la ley y, además, hay una ausencia total de obras públicas. Más allá del centro, los vecinos siguen circulando por calles de tierra. El alumbrado público suficiente y en buenas condiciones brilla por su ausencia dentro y fuera de las avenidas. Plazas y parques constituyen espacios abandonados por la autoridad. En fin, la lista podría llenar páginas enteras. Además, es alarmante que se haya generado -y no podía ser de otra manera- una auténtica "cultura de la infracción", cuya extirpación demandará mucho tiempo. El vecino transgrede las ordenanzas porque, desde hace muchos años, sabe perfectamente que no recibirá sanción alguna por su inconducta.
No puede sino concluirse que nuestra ciudad presenta una realidad de desorden, de ilegalidad y de abandono, como tampoco que semejante cuadro prácticamente no ha sufrido cambios -salvo el de empeorar- desde hace varios años. Frente a ello, no es exagerado sostener la necesidad de que la Municipalidad replantee, desde las raíces, el rol que debe jugar en una urbe de más de medio millón de habitantes. En otras palabras, que pase a ser un organismo con verdadero peso en esta capital por cuyos "intereses morales y materiales", de acuerdo con la Constitución, está obligada a velar.
Toda esa gran tarea, repetimos, tiene un carácter esencialmente premioso. Sería conveniente que, sin pérdida de tiempo, se encare la modificación de lo mucho que debe modificarse en la acción municipal, con el mismo afán puesto para valorizar la Casa Histórica.

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