El plan de obras públicas

Tucumán quedó relegada al tercer lugar entre sus pares de la región

16 Febrero 2004
El plan de obras públicas de la Nación para el trienio 2004-2006 relegó a Tucumán al último lugar entre sus pares del NOA. Según un informe de la Secretaría de Política Económica que depende del Ministerio de Economía de la Nación, nuestra provincia recibirá un 1% ( $ 32,7 millones) de los $ 510,7 millones que el Presupuesto nacional destinó para distintos proyectos a desarrollarse en la región. Salta- cuyo gobernador formó parte de la fórmula que enfrentó al actual Presidente - fue la más beneficiada, con $ 167,8 millones. El dato fue minimizado desde las autoridades del Gobierno provincial, quienes valoraron que las previsiones financieras hayan contemplado la realización de obras largamente postergadas, entre las que se incluyen la ruta 38 y la ruta 157. Desde la oposición, en cambio, no dudaron en cuestionar a la actual gestión y en pedir explicaciones públicas por esta situación. En ambas actitudes, sin embargo, habría que buscar el germen de esta repetida postergación. En efecto, el ejercicio de la actividad política se ha transformado en los últimos años en un campo permanente de enfrentamientos y descalificaciones mutuas de los eventuales contendientes, cualquiera que sea el color o la ideología a la que se asegura representar. El debate de ideas ha sido postergado por las conspiraciones; y el ataque -en muchos casos artero y anónimo- es una estrategia constante en la destrucción del enemigo de turno. En ese contexto, resulta imposible pensar en un espacio que permita encontrar los denominadores comunes y definir acciones de Estado. El caso de la ruta 38 es un patético ejemplo. Desde que el camino se transformó en sinónimo de muerte, cada funcionario que pasó por la Provincia se encargó de anunciar el inminente inicio de las obras y los candidatos de turno no dudaron en prometer que el proyecto sería prioritario para su gobierno en caso de alcanzar el poder.
En estos días, cuando se anticipa el llamado a licitación para un nuevo tramo y el comienzo de los trabajos en otra parte de la traza, los actores políticos siguen disputándose la paternidad de un proyecto que hasta aquí no logró movilizar ni una sola máquina vial o contratar a un trabajador. Cuando asumieron los actuales representantes tucumanos en el Congreso de la Nación, prometieron que conformarían un solo bloque para luchar por la Provincia. El receso de enero postergó la concreción de ese compromiso, que podría ser el primer paso hacia el objetivo de mejorar la consideración que el resto del país tiene para con nosotros, a la hora de definir en qué se gastará en dinero aportado por todos los argentinos. Este es otro dato a tener en cuenta en este tema. La imagen que en los últimos años hemos transmitido hacia fuera de nuestras fronteras -incluso al exterior del país- ha sido la de una provincia asolada por el hambre y la corrupción de su clase dirigente. Independientemente de que compartamos o no esta sensación, los diarios y la televisión del mundo mostraron a nuestros chicos muriendo por carecer de alimentos, mientras su clase dirigente se debatía por encontrar culpables sin una sola muestra de autocrítica por su responsabilidad en la cuestión. Nos preguntamos entonces: ¿podrá alguien de buena voluntad estar dispuesto a invertir en ese escenario? ¿Es razonable exigir al resto del país que se preocupe por Tucumán, más allá de la asistencia social, cuando no hemos dado señales como sociedad de tener un objetivo que trascienda nuestras peleas cotidianas? Habrá que responder que no y entonces habrá que entender que no es responsabilidad de los otros que la realidad sea como es. Justo es decir que tampoco es culpa sólo de la política. Los tucumanos hemos hecho del descrédito al otro, una forma de vida. La agresión cotidiana, que se refleja hasta en nuestra forma de humor, es un severo escollo para hallar objetivos comunes.

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