08 Febrero 2004 Seguir en 
BUENOS AIRES.- El ex ministro Domingo Cavallo pasó a la historia del exabrupto cuando mandó a los científicos a lavar los platos. En el mismo palmarés se inscribe el presidente Kirchner, quien increpó a los acreedores bonistas argentinos en default diciéndoles: "los que compraron bonos fueron al casino y apostaron al riesgo".
Y esto para no citar al ministro de Economía, Roberto Lavagna, quien los tildó de idiotas útiles. Ellos supuestamente timbearon, porque quisieron un poco más de rendimiento comprando títulos públicos de un país que en ese momento tenía una convertibilidad y una estabilidad muy sólidas o al menos así lo parecía, y como consecuencia, se quedaron sin nada, como si fueran carneros que pasaron por el esquilador.
Hoy también es el gobierno argentino el que está timbeando en su estrategia confrontacional de alto riesgo en defensa de sus dos porcentajes atrincherados: el 3 % de superávit fiscal para pagar la deuda, y el 75 % de quita de los bonos en default.
Si no les sale bien pueden golpear a las puertas la desconfianza y la fuga de capitales; algo de eso insinuó el cambio de humor bursátil de estos últimos días, poniendo fin al romance del gobierno Kirchner con los inversionistas de corto plazo.
La postura oficial es firme, de ese 3 % y de ese 75 % no se mueven "ni a cañonazos" (por ahí alguien recordó la anécdota de cuando al gobierno venezolano las potencias europeas le mandaron los barcos de guerra ya que se había atrasado en sus pagos de deudas).
Toda la arquitectura social que está tratando de rearmar el Gobierno en un país económica y socialmente destruido se pondría en tela de juicio. De ahí un ejemplo que dio Kirchner, que si el superávit se fuera al 9 % la tasa de desocupación treparía al 40 %.
Advertencia
El secretario de Hacienda, Carlos Mosse, advirtió sólo el 3% es cumplible, "más allá no", y que no hay que generar falsas expectativas en cuanto a una pronta reducción de impuestos ya que el frente fiscal parece consolidado por el momento pero no está garantizado en el largo plazo. Así no se asegura la rebaja del impuesto al cheque ni tampoco que la aprobación de un adicional en el impuesto a los cigarrillos serviría para bajar las alícuotas del impuesto a los débitos bancarios. Un artículo del "Financial Times" -"Hay que decir no a la Argentina"- inesperadamente les dio argumentos a las tesis más duras, ya que en una parte admite que los que prestaron a Argentina se merecen sus pérdidas.
Los bancos que aconsejaron a los ahorristas obtener unos puntos más de tasa comprando bonos argentinos son ahora los malos de la película.
Como también los "fondos buitre" que recompraron esas deudas, ya producido el default, a valores ínfimos.
El juez de Nueva York que abrió los embargos contra Argentina fue objeto de burla tendiendo a desvalorizar la potencialidad de esa arma disuasiva. Se dijo que si se embarga un avión viejo, como el Tango 01 presidencial, o algunas sedes de consulados, no se pierde gran cosa. Pero no se oculta que ese instrumento de los embargos puede generar daños no sólo patrimoniales, sino erosión de los negocios y las inversiones extranjeras en el país. A su vez, el FMI por momentos entra en la demonización, como cuando Anne Krueger se pronuncia a favor de ajustar las clavijas a la Argentina. Pero cuando Horst Köhler habla de apoyar al país todo se suaviza.
Permanentemente se recuerda que el Fondo y los demás organismos internacionales tienen un trato especial al pagárseles el 100 % de la deuda con ellos, por lo que deberían estar agradecidos en lugar de buscar formas de no aprobar los tramos del programa convenido con Argentina. Igualmente, el Grupo de los 7 y John Taylor, el secretario del Tesoro, insisten en un trato justo y un replanteo con los acreedores, pero no hay que olvidar que EE.UU. no es quien para dar consejos. Es un país con un rojo fiscal del 6% del PBI e incluso ha sido retado por el FMI para que tenga cuidado en no seguir abultando el déficit.
Finalmente, tanta tensión no puede menos que desembocar sea en un acuerdo definitivo o en una ruptura terminal, porque no da la impresión de que las postergaciones permanentes puedan perdurar en el tiempo.
Las tarifas
El tema tarifario y los juicios de las empresas privatizadas en tribunales del exterior también pesan como una espada de Damocles. El mes de marzo y el pago de U$S 3.200 millones al Fondo parecen la bisagra definitiva y el hecho de que Lavagna haya viajado de urgencia a Miami a entrevistarse con Köhler da la pauta de hasta qué punto esas tratativas se desarrollan en medio del nerviosismo y la improvisación.
Pero la robustez que reviste la temporada turística junto al repunte de la construcción y a la venta de autos y la concreción de inversiones millonarias en el complejo agro sojero entre otras hablan de que vale la pena insistir en el rumbo de firmeza aunque dejando de lado las confrontaciones o los insultos, que al fin y al cabo son árboles que no dejan ver el bosque.
Y el bosque es que Argentina es un país con un futuro viable y aventajado y un destino plausible para inversiones de arraigo, no "golondrina", sino aquellas que están dispuestas a soportar y a compartir el riesgo de quedarse y construir el país. (DyN)
Y esto para no citar al ministro de Economía, Roberto Lavagna, quien los tildó de idiotas útiles. Ellos supuestamente timbearon, porque quisieron un poco más de rendimiento comprando títulos públicos de un país que en ese momento tenía una convertibilidad y una estabilidad muy sólidas o al menos así lo parecía, y como consecuencia, se quedaron sin nada, como si fueran carneros que pasaron por el esquilador.
Hoy también es el gobierno argentino el que está timbeando en su estrategia confrontacional de alto riesgo en defensa de sus dos porcentajes atrincherados: el 3 % de superávit fiscal para pagar la deuda, y el 75 % de quita de los bonos en default.
Si no les sale bien pueden golpear a las puertas la desconfianza y la fuga de capitales; algo de eso insinuó el cambio de humor bursátil de estos últimos días, poniendo fin al romance del gobierno Kirchner con los inversionistas de corto plazo.
La postura oficial es firme, de ese 3 % y de ese 75 % no se mueven "ni a cañonazos" (por ahí alguien recordó la anécdota de cuando al gobierno venezolano las potencias europeas le mandaron los barcos de guerra ya que se había atrasado en sus pagos de deudas).
Toda la arquitectura social que está tratando de rearmar el Gobierno en un país económica y socialmente destruido se pondría en tela de juicio. De ahí un ejemplo que dio Kirchner, que si el superávit se fuera al 9 % la tasa de desocupación treparía al 40 %.
Advertencia
El secretario de Hacienda, Carlos Mosse, advirtió sólo el 3% es cumplible, "más allá no", y que no hay que generar falsas expectativas en cuanto a una pronta reducción de impuestos ya que el frente fiscal parece consolidado por el momento pero no está garantizado en el largo plazo. Así no se asegura la rebaja del impuesto al cheque ni tampoco que la aprobación de un adicional en el impuesto a los cigarrillos serviría para bajar las alícuotas del impuesto a los débitos bancarios. Un artículo del "Financial Times" -"Hay que decir no a la Argentina"- inesperadamente les dio argumentos a las tesis más duras, ya que en una parte admite que los que prestaron a Argentina se merecen sus pérdidas.
Los bancos que aconsejaron a los ahorristas obtener unos puntos más de tasa comprando bonos argentinos son ahora los malos de la película.
Como también los "fondos buitre" que recompraron esas deudas, ya producido el default, a valores ínfimos.
El juez de Nueva York que abrió los embargos contra Argentina fue objeto de burla tendiendo a desvalorizar la potencialidad de esa arma disuasiva. Se dijo que si se embarga un avión viejo, como el Tango 01 presidencial, o algunas sedes de consulados, no se pierde gran cosa. Pero no se oculta que ese instrumento de los embargos puede generar daños no sólo patrimoniales, sino erosión de los negocios y las inversiones extranjeras en el país. A su vez, el FMI por momentos entra en la demonización, como cuando Anne Krueger se pronuncia a favor de ajustar las clavijas a la Argentina. Pero cuando Horst Köhler habla de apoyar al país todo se suaviza.
Permanentemente se recuerda que el Fondo y los demás organismos internacionales tienen un trato especial al pagárseles el 100 % de la deuda con ellos, por lo que deberían estar agradecidos en lugar de buscar formas de no aprobar los tramos del programa convenido con Argentina. Igualmente, el Grupo de los 7 y John Taylor, el secretario del Tesoro, insisten en un trato justo y un replanteo con los acreedores, pero no hay que olvidar que EE.UU. no es quien para dar consejos. Es un país con un rojo fiscal del 6% del PBI e incluso ha sido retado por el FMI para que tenga cuidado en no seguir abultando el déficit.
Finalmente, tanta tensión no puede menos que desembocar sea en un acuerdo definitivo o en una ruptura terminal, porque no da la impresión de que las postergaciones permanentes puedan perdurar en el tiempo.
Las tarifas
El tema tarifario y los juicios de las empresas privatizadas en tribunales del exterior también pesan como una espada de Damocles. El mes de marzo y el pago de U$S 3.200 millones al Fondo parecen la bisagra definitiva y el hecho de que Lavagna haya viajado de urgencia a Miami a entrevistarse con Köhler da la pauta de hasta qué punto esas tratativas se desarrollan en medio del nerviosismo y la improvisación.
Pero la robustez que reviste la temporada turística junto al repunte de la construcción y a la venta de autos y la concreción de inversiones millonarias en el complejo agro sojero entre otras hablan de que vale la pena insistir en el rumbo de firmeza aunque dejando de lado las confrontaciones o los insultos, que al fin y al cabo son árboles que no dejan ver el bosque.
Y el bosque es que Argentina es un país con un futuro viable y aventajado y un destino plausible para inversiones de arraigo, no "golondrina", sino aquellas que están dispuestas a soportar y a compartir el riesgo de quedarse y construir el país. (DyN)







