Los olvidados

La falta de apoyo de los gobernantes a la cultura.

08 Febrero 2004
Tenía un cáncer terminal. La democracia había regresado luego de una larga noche trágica. Volvió al país para impregnar los ojos de la muerte ya olfateada con los amigos, los personajes, las calles, los olores, los ruidos de Buenos Aires. Quiso saludar personalmente al presidente Alfonsín, pero no fue recibido. La tristeza lo envolvió. A los pocos meses, el 12 de febrero de 1984, el corazón de Julio Cortázar se apagó en París. En el cementerio se reunieron amigos, músicos, poetas, sociólogos, el ministro francés de Cultura, embajadores latinoamericanos y dos representantes diplomáticos argentinos. A último momento, llegó un telegrama con las condolencias presidenciales. El 29 de julio de 2000, acorralado por la debacle financiera de su fundación, luego de mendigar ayuda por los sordos despachos oficiales y de sentir la indiferencia de la sociedad, el cardiocirujano René Favaloro se baleaba el corazón. Durante años -y aún lo sigue siendo-, un artista argentino debía ser reconocido primero en el exterior, para que en nuestro país se aceptara su talento. Los libros de Atahualpa Yupanqui son utilizados en las escuelas francesas y japonesas como textos didácticos; sin embargo, en la Argentina y en Tucumán, al cual le dedicó casi un centenar de zambas, son ignorados.
La falta de reconocimiento hacia nuestros artistas, creadores y científicos ha sido una constante en las últimas décadas y una de las razones por la cual se produjo el éxodo de talentos. En nuestro pago chico, la realidad no es diferente. El menosprecio de los gobernantes por la cultura y por la ciencia es de alguna manera un reflejo de su pobre calidad espiritual, de su miopía y de la debacle esta provincia, cuya sociedad -en una buena parte- ha hecho un culto de la transgresión.
Si un especialista en algún arte es invitado a dar una conferencia y se le ocurre preguntar cuánto le van a pagar, no sólo es mirado como un marciano, sino que es maltratado por plantear tamaña ridiculez, como si el conocimiento no valiera nada. Con frecuencia, los músicos locales que son invitados -si tienen suerte- a festivales u otras audiciones son contratados por cachets indignos. "Por dos mangos tocan. Qué mejor paga que subirse al escenario y que los aplaudan", es la expresión más común.
Excepto alguna extraña excepción, en los últimos años, el Estado no fue capaz de editar, por ejemplo, CDs con nuestros valiosos músicos y difundirlos a nivel provincial y nacional, como hizo la provincia de Santa Fe, que reunió en un registro a los consagrados con los más pichones.
Tampoco hubo una política editorial. Los escritores son ignotos desconocidos en su propia tierra. Sus libros -la mayoría publicados a pulmón o con la ayuda de amigos- no circulan por las escuelas, colegios y universidades como lectura obligatoria o, por lo menos, optativa. El destino tampoco fue más benigno con los artistas plásticos. Sólo se levanta una incipiente polvareda cuando algunos de estos productores de cultura recibe un halago importante a nivel nacional o internacional. Luego sobreviene el olvido. En la amnesia de los gobernantes quedaron las becas que otorgaba el Estado provincial para estudiar, para perfeccionarse. La muletilla "no hay plata" se hizo carne en los funcionarios de turno.
Durante su campaña proselitista y a lo largo de cien días de gestión, fue escaso el énfasis que puso José Alperovich en la palabra cultura, probablemente porque fue ministro de un gobierno que sólo aportaba al área un presupuesto operativo de $ 90.000 mensuales (no incluía salarios) o porque tal vez considera que producir cultura es un pasatiempo ocurrente, carente de valor.
Nadie puede amar lo que no conoce. Si desde el Estado no se apoya y se difunde la cultura en todos los niveles sociales; si destruimos diariamente el patrimonio histórico, perderemos definitivamente nuestra identidad. Tucumán sigue siendo una tierra fértil de talentos. Son justamente sus creadores y científicos los que lo han prestigiado, no las clases gobernantes. "Este país está enemistado con la cultura. Un político debe pensar primero en la patria y luego en la política. Si no, estamos liquidados", afirmaba el "Cuchi" Leguizamón.

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